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  Firmas Invitadas - Edición Nº 195
Semana del 11/25/2005
El rol del progresismo


Miguel Ángel Loma
L OS cuestionados juegos de rol no siempre dan disgustos, a veces su práctica resulta muy gratificante. Cuando entré en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, años puros y duros de la hoy idolatrada Transición, lo primero que me sorprendió fue que estaba literalmente empapelada por una profusa propaganda política de organizaciones de la izquierda más extrema, partidos y grupos hace tiempo desaparecidos. Lo más moderadito que recuerdo era la propaganda del PCE, bastante inteligente, y alguna, mínima, del PSOE.
Una parte importante de mi profesorado estaba compuesta por apóstoles (sumamente proselitistas en las aulas) de don Carlos Marx, que habían accedido a la docencia, bien porque el catedrático de la materia que impartían era un correligionario, o bien porque se trataba de un democristiano de generoso corazón hacia todo aquel que se declarase verbalmente beligerante contra Franco; sorprendente fenómeno dado que nos encontrábamos en un momento histórico inmediatamente posterior a la muerte del general, lo que me hace suponer que muchos de aquellos doctos defensores de la lucha de clases se habían hecho profesores en plena dictadura, y una de dos: o las autoridades del régimen miraban para otro lado y hacían la vista gorda a la hora de contratar docentes universitarios, o la dictadura era muy diferente a lo que nos han ido vendiendo hasta el presente. Los actos universitarios que entonces se solían celebrar, con la anuencia de las autoridades universitarias, estaban promovidos y dirigidos mayoritariamente por y hacia la izquierda más cerril, siendo frecuente la conferencia-mitin de tinte cuasi incendiario que se desarrollaba habitualmente sin ningún problema ni traba. Desde luego eran otros tiempos, y la vida universitaria tenía eso, mucha vida, a pesar de que no contábamos con las actuales ayudas institucionales lúdico festivas que han ido convirtiendo a la juventud universitaria en una auténtica avanzadilla de la inteligencia más creativa, contestataria y rebelde (adviértase la ironía).

En aquella Facultad, cuando los progres más significados se enteraban de que no sólo no eras de su cuerda, sino que ideológicamente estabas bastante opuesto a sus «comprometidísimas» posiciones, te miraban de soslayo y presos de una náusea existencialista, que apenas les dejaba sobrevivir entre tanto universitario burgués, te vomitaban una mirada de desprecio como si fueses un traidor a la sagrada causa de los pueblos oprimidos o el hijo de un acaudalado gerifalte franquista, cosa curiosa porque gran parte de aquella indolente progresía sí que eran hijos de militares y de cualificados funcionarios del régimen.

Hoy todo ha cambiado, y muchos de aquellos progres de antaño ocupan los despachos "toenmoquetaos" de hogaño, perciben sustanciosas nóminas de los diferentes organismos municipales, estatales y autonómicos, se asientan firmemente en los altos puestos de la administración de las grandes empresas públicas, van vestiditos de Loewe, de Adolfo Domínguez o de la marca más exclusiva del mercado, se han convertido en expertos catadores vinícolas y habituales usuarios de los mejores restaurantes de cada lugar, y se encuentran progresivamente reciclados en la ética y estética más selectivamente burguesa, que tanta repugnancia les producía entonces. (Ni son todos los que están ni están todos los que son, por supuesto.

En justicia debo decir que los verdaderamente idealistas y combativos no se encuentran entre los antes retratados: se perdieron en los exterminadores efectos colaterales del cambio trilero del 82, y se apartaron, o fueron apartados, de toda militancia activa, engrosando las filas del desencanto). Pero como el progresismo imprime carácter, aquellos progres de salón se siguen considerando muy progres, e invocan sin pudor el fantasma de un fascismo que ni conocieron ni sufrieron, ni mucho menos combatieron, y ¡mucho ojito con cuestionar su inocuo pasado de luchadores por la libertad!

Cuando con esto de los treinta años de la muerte de Franco, en alguna entrevista o programa de la tele, desde la atalayita de sus cargos oficiales les oigo relatar sus pasos por la Universidad, sus encarnizadas luchas por la democracia y sus imaginadas batallitas de abuelos prematuros, que a fuerza de repetírselas han acabado por creérselas, me doy cuenta de que debí ser víctima de una extraña abducción que me mantuvo ignorante de aquella sufrida realidad que se fraguaba, tan arriesgada como silenciosamente, en los pasillos y seminarios de mi Facultad. (Abducción bastante inexplicable, porque no era yo, precisamente, el ejemplo del aséptico alumno universitario que se limitaba a estudiar y no meterse en líos). Debió de existir un mundo paralelo, oculto y ajeno, en el que aquellos jóvenes, «puretones» hoy, luchaban de modo infatigable por la defensa de las libertades; especialmente, por la libertad de circulación en coche oficial a cargo de los dineros públicos, que al precio que el Gobierno nos está poniendo la gasolina es, desde luego, una libertad que bien mereció todos aquellos padecimientos virtuales.

Lo dicho: no todos los juegos de rol acaban mal, algunos jugadores son premiados con la conversión de sus viejos roles en flamantes Rólex.
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