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ES escribo, queridos reincidentes, de madrugada. Una pesadilla acaba de sacarme de mis sueños y, tras vanos intentos de conciliarlos de nuevo, aquí me tienen desvelado, a las cuatro de la madrugada, frente al monitor, intentando escribir el artículo con el que cada semana me reencuentro con todos ustedes.
Estaba este que le escribe caminando entre el bullicio por el centro del bario antiguo, por una de esas zonas de las consideradas más bohemias (o más degradadas según el punto de vista de cada cual) al atardecer, cuando observó a una pareja de jóvenes de estética punk liándose un cigarrillo de marihuana e instruyendo a un crío, de unos nueve o diez años, sobre cómo llevar a cabo tan artesanal tarea, mientras que otros críos, de la quinta del anterior, daban soberbias chupadas a otros tantos porros a la vez que los punks les instaban a retener más tiempo el aire en los pulmones con el fin de conseguir un colocón más intenso.
Como el discurso moral apelando al sentido común -pese a la insistencia con que quien les escribe sermoneaba a los jóvenes- no surtía efecto , un servidor pasó a recordarles a la pareja de la cresta la legislación vigente que prohíbe el consumo de drogas en la vía pública así como la que pena el hecho de promover entre menores e incapaces el consumo de sustancias estupefacientes, la cual cosa no debió de gustar a la concurrencia, pues de inmediato este que les escribe se vio rodeado de un magma de gente de todas las tribus urbanas, incluso las reñidas estética y políticamente con los anteriores, abucheándolo y lanzándole los más diversos objetos. Incluso los de Manos Unidas, los de Greenpeace y el colectivo de Lesbianas apedreaban a un servidor que, como podía, esquivaba las pedradas y buscaba con la vista y con sus ya renqueantes pasos una vía de escape. El cielo abierto percibió uno cuando un grupo de diez o doce mozalbetes, altísimos, de aspecto eslavo y vistiendo –se lo prometo- el característico gorro y la vistosa casaca azul de botones dorados del Séptimo de Caballería se abrió paso, sables y fusiles en ristre, hasta el centro del tumulto.
-¿Que pasa aquí? –masculló con acento cordobés el sargento de aquella patrulla que guardaba un desconcertante parecido con Búfalo Bill.
- El tío metomentodo éste, que pretende decirnos cómo educar a nuestros hijos.
- ¡Es un fascista intolerante! ¡A por él!
Y perseguido por todos –Búfalo Bill a la cabeza- desoyendo mis gritos de que intolerante quizás pero que fascista jamás en la vida, uno se da cuenta de que es incapaz de despegar los pies del suelo y avanzar lo más mínimo, mientras que la multitud, a la que se han añadido los skinheads, el movimiento SOS Racismo y Joaquín Sabina con su bombín, ávida de violencia y blandiendo ahora bates de béisbol, cadenas y fusiles ametralladores AK-47 Kalashnikov con bayoneta, se aproximaba cada vez más dispuesta a darle a un servidor su merecido.
Y fue en ese punto cuando el fusible que tenemos instalado en el cerebro y que nos protege de disturbios oníricos no deseados desconectó el ensueño y devolvió a quien les escribe a la realidad, trayéndole a la memoria la noticia aparecida días atrás en prensa, en la cual se informaba sobre la presentación en Austria de una terapia capaz de conseguir que una persona que sueña, pueda dirigir a su voluntad la pesadilla para llevarla al final deseado.
Y es que los señores del Instituto de Investigación de la Conciencia y el Sueño del Hospital General de Viena, en el marco de la celebración del 150 aniversario del nacimiento de Freud, han presentado un estudio en el que desarrollan técnicas del padre del psicoanálisis y de otros expertos como William Dement (uno de los descubridores de las fases del sueño y quien definió la fase REM como aquélla de sueño más profundo especialmente importante en la creación de fantasías oníricas) que permiten al paciente ser el protagonista de lo que ellos llaman “sueño lúcido” en el que el soñante es consciente, en todo momento, de que lo que vive no es realidad sino un sueño, por lo que es capaz de conducir el ensueño por aquellos senderos que más le convengan.
Aseguran que aplicando esta terapia la típica pesadilla consistente en caer al vacío se soluciona, naturalmente, echando a volar. Sencillo, ¿no? Y digo yo que la no menos tópica pesadilla de ser perseguido por un toro se solventaría apareciendo vestido de El Cordobés, en el incomparable marco de la Maestranza, con impecable traje de grana y oro, dando excelsos capotazos y verónicas al astado bajo la aclamación de los aficionados de la sombra (a los del sol les da el ídem de Sevilla en la cara y se han perdido el espectáculo) quienes corean vítores dedicados a la madre del torero y piden las dos orejas y el rabo (del toro) a la presidencia.
No me negarán ustedes, queridos reincidentes, que no es sumamente atractiva esta terapia. Que eso de poder soñar uno lo que le dé la real gana no se paga con dinero. Zapatero soñaría con micrófonos que no le jugasen malas pasadas y se vería ante la ONU, disertando en perfectísimo inglés, presentándonos el enorme éxito de la nueva alianza de civilizaciones. Rajoy soñaría con tener un mando a distancia que conectara y desconectara a voluntad los micrófonos de Zapatero a ver si lo pillaba así en nuevo y peor renuncio. Desde la COPE soñarían la compra de la Cadena SER para colocar a Urdazi de Director de Informativos y desde la SER la compra de la COPE para poner de patitas en la calle a unos cuantos. Laporta soñaría con Casillas vestido de azulgrana y Florentino Pérez con vender las camisetas merengues de Ronaldinho, Eto’0 y Messi.
Siguiendo esa terapia, sin duda, todos seríamos mucho más felices, pues podríamos llevar a cabo por la noche todo aquello que no pudimos hacer durante el día y nos levantaríamos cada mañana con la satisfacción de haber hecho lo que realmente deseásemos.
Un servidor, por su parte, regresaría a su sueño de la pasada madrugada acompañado de unos cuantos pieles rojas que corriesen a collejas al Séptimo de Caballería. Además se llevaría todos sus discos de Sabina, que son muchos, para quemarlos delante de él. Que eso, querido Joaquín, no se le hace a un fan. Ni siquiera en sueños.