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L obispo de San Sebastián, Juan María Uriarte, resulta, sin duda, menos polémico que su antecesor, el famoso obispo Setién. Esto resulta así porque apenas hace declaraciones, algo a lo que tan aficionado era Setién, siempre con manifestaciones de cariz político que provocaban la consiguiente crispación de unos y satisfacción de otros. Dividía a la feligresía católica. Los nacionalistas lo adoraban y los no nacionalistas lo odiaban. Finalmente, tuvo que dimitir, cuando la situación se hizo insostenible.
El actual obispo sigue la estela nacionalista del anterior, pero con mucha menor estridencia, permaneciendo en silencio la mayor parte del año, por lo menos para el público en general. Se supone que su labor ha de ser predominantemente burocrática y que muchos documentos han de llevar su firma. El trabajo burocrático es tan digno como cualquier otro e igualmente necesario. Sin embargo, el trabajo pastoral se presenta, por lo menos teóricamente, como preeminente en un obispo; y es ahí donde podría hablarse de déficit en Uriarte, dado su silencio cuasi permanente. Se dirá que hay bastantes obispos que siguen esa misma discreta línea de conducta. Efectivamente, a veces da la impresión de que en la Iglesia son los Papas los únicos que trabajan pastoralmente.
Sin embargo, ocasionalmente Uriarte rompe su silencio, y esto ocurre las más de las veces en oportunidades tales que confirman la afirmación arriba mencionada de que sigue la estela nacionalista de su antecesor. Casi siempre que se ha pronunciado con alguna energía y énfasis ha sido con motivo de alguna disposición estatal adversa para el sector nacionalista, el radical con preferencia. Recordemos el documento que publicó, junto con el resto de los obispos vascos, en contra de la ilegalización de Batasuna, atisbando “sombrías perspectivas” si tal se hacía (con lo que demostró sus pobres dotes proféticas, dicho sea de paso). Se ha manifestado también, y en sentido inequívoco, en algunas otras ocasiones menos importantes pero de idéntico cariz. Y, ahora, con motivo de la prohibición del acto de Batasuna en Baracaldo, ha expresado su desasosiego, reclamando que no se pongan “nuevos obstáculos” para la paz. Esto lo ha hecho durante la tradicional misa mayor, ofrecida con motivo de la fiesta patronal de San Sebastián. “Los principales actores de los que depende primordialmente la paz, tienen que ofrecernos motivos para seguir esperando”, añadió en su homilía.
Hay que tener en cuenta que el terrorismo vasco nació en ámbitos eclesiásticos (consúltese a Ricardo de la Cierva y otros, si se tienen dudas), por lo que es explicable que por parte de los clérigos haya habido, y siga habiendo, un cierto afecto hacia estos hijos descarriados. A veces, hasta algo más que afecto, si los curas son marxistas. Y, como contrapartida, las declaraciones más polémicas del obispo Setién y las más escasas y prudentes de su sucesor, han encontrado siempre su mejor acogida en las filas del nacionalismo radical. Tampoco es ocioso recordar que ningún cura ha sido asesinado por los terroristas.
Una actitud del clero que nos muestra a las claras su deformación moral, lo constituye su reiteración en el llamado a la reconciliación. Estos llamamientos no los hacen a los terroristas, como podría algún ingenuo esperar, sino al pueblo en general. Es decir, al pueblo que pone los muertos, aguantando sin responder (sin responder, esto es muy importante) a los ataques criminales, le dicen estos apóstoles de la paz: “Debéis perdonar. Debéis reconciliaros”. Si esto no es degeneración moral, que venga Dios y lo vea. En la homilía citada, el obispo exhorta a convertir “el ansia de revancha en voluntad de concordia”.
Aparte de todo, los llamamientos al perdón suelen ser, desde un punto de vista estrictamente intelectual, bastante estúpidos. En primer lugar, la sociedad no tiene derecho a perdonar la injuria causada a ninguno de sus miembros. Su obligación es ofrecer a las víctimas la reparación posible, lo que implica necesariamente el castigo de los culpables. Y si no lo hace así, será por motivos espúreos, ofreciendo el espectáculo de una Justicia prostituída. En cuanto a los particulares, podrán perdonar el mal que les han causado a ellos, nunca el causado a un tercero. La viuda de un asesinado podrá perdonar al asesino el dolor que le ha causado, y los demás perjuicios. Lo que no está en su mano es perdonar la muerte de su marido. Esto sólo podría hacerlo el interesado, lo cual es imposible. Por esto, el criminal siempre se quedará sin el perdón que más podría interesarle. El único que, en realidad, tendría auténtico valor para él.
Los llamamientos al perdón, si bien estúpidos, parten siempre de aquellos que sienten una inclinación afectiva hacia los criminales. En consecuencia, estas monsergas humanitaristas, adobadas con un cristianismo desnaturalizado, están bien para los presuntos borregos a quienes se quiere debilitar, pero no para el hombre alerta, que observa la realidad fríamente y sin prejuicios.