Q
UIÉN le iba a decir a Alfonso Guerra en los albores de la transición política que terminaría su vitriólica existencia como aguijón del socialismo militante replegado en el inocuo papel de “reina madre” al frente de la comisión constitucional del Congreso de los Diputados. Un pertinente recorrido biográfico por los escenarios de su compulsiva visceralidad, puesta al servicio de un insaciable apetito iconoclasta, le sitúa en las antípodas de esa moderación institucional que gusta de ejercer –ahora— como experimentado politólogo de la razón dialéctica y como adalid imperecedero del diálogo profético en la órbita de los valores constituyentes. Quizás porque cuando se permitió calificar como “tahúr del Missisipi” al presidente del Gobierno que favorecía el transito constitucional o cuando le acusaba de entrar en el Parlamento “a lomos del caballo de Pavía”, estaba lejos de adivinar los pormenores ocupacionales de un futuro presidente socialista, capaz de mantenerse durante dos años marcando las cartas en el garito de su indigencia parlamentaria y, menos aún, que lograría recuperar para el colectivo las mieles del triunfo electoral, mediante una estrategia publicitaria asentada en la masacre terrorista de ciento ochenta victimas inocentes.
Puede resultar igualmente pertinente el recordatorio de la anunciada muerte de Montesquieu, en aras de aquel proyecto ejecutor del cambio –irreconocible, incluso, para la “madre que la parió”—, cuando tenemos en el tablero de los desatinos la pertinaz intervención del Ejecutivo por distorsionar el papel de jueces y fiscales en el ejercicio de sus competencias específicas, al servicio de la ley como garantía en la lucha anti-terrorista. Puede resultar de obligada recuperación histórica –también– aquel pasaje sobre el referéndum de la OTAN con el que los socialistas trataron de neutralizar la legitimidad aplicada por el Gobierno Calvo Sotelo en la integración de la política exterior española ante el órgano defensivo de la comunidad atlántica. Y algo debe recordar Alfonso Guerra para calibrar las invectivas populares sobre la utilización partidista de la Fiscalía del Estado y del propio Tribunal Constitucional, rememorando su experiencia vivida durante el proceso de expropiación del holding RUMASA, a partir del inaudito papel que los socialistas hicieron desempeñar a los señores Buron Barba y García Pelayo, a la sazón titulares de ambos organismos.
El problema real al que debe enfrentarse nuestro venerable, sosegado y ecuánime presidente de la Comisión constitucional del Congreso no será la mayor o menor contundencia que utilice el principal partido de la Oposición para reconducir el dictamen hacía las verdes praderas del consenso en sede parlamentaria: es el de conciliar las secuelas erráticas de su magisterio sobre el núcleo dirigente de la actual minoría socialista, profundamente marcada por la inefable expresión del “quien se mueve, no sale en la foto”. Fórmula expresiva de una concepción hierática del mando que tiene subyugada a la garrulería inquisitorial de los Rubalcaba, López Garrido y Pepiño Blanco de turno; pero que puede serle aplicable al mismo progenitor de la criatura, a poco que ensaye el mas ligero ejercicio de solista en el coro sumiso de los estómagos agradecidos. Véase, si no, la experiencia adquirida en estos meses por las voces disonantes de Cristina Alberdi, Joaquín Leguina, Francisco Vázquez, Victorino Mayoral, Gotzone Mora, Rosa Diez, Nicolás Redondo…; y tantas y tantos como han tenido que embridar sus emociones, replegar sus argumentos o, simplemente, buscar la puerta de salida, aunque sea bajo la ventajosa fórmula de una embajada en el Vaticano. Pero lo que se dice libertad interior para ejercer la crítica –si que “constructiva”— o mantener un discurso mínimamente coherente respecto a la foto fija revelada en los laboratorios de la calle de Ferraz, es un menester inalcanzable cuando el interprete máximo del dogma establecido se llama Rodríguez Zapatero, que no perderá el rictus melifluo de su mejor sonrisa para sacar a colación aquello de la “Nación de naciones” con el que Alfonso Guerra puso una de sus guindas histriónicas en los debates del 78.
No es fácil adivinar cual pueda ser el recorrido parlamentario del Estatuto, desde su actual fase de dictamen hasta el debate de totalidad en el plenario, pero si resulta verosímil interpretar los gestos del presidente de la Comisión en clave de equidistancia anecdótica; siempre y cuando no corran demasiados riesgos los intereses familiares en el horizonte electoral de la legislatura. Aquel mordaz predador que saltaba a la yugular del adversario ha devenido en manso felino domestico, sobre el que no dejará de gravitar el conocimiento adquirido como cocinero de todos los platos y manipulador de todas las salsas, puestos al servicio del indiscutido “chef” del establecimiento: él, mejor que nadie, sabe el papel reservado a los camareros en el banquete.
|