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N 1973, en Estocolmo hubo un atraco a un banco. Los delincuentes tuvieron a los empleados como rehenes durante varios días. En el momento de la liberación, una de las rehenes y uno de sus captores se besaban. Este hecho bautizó como “Síndrome de Estocolmo” conductas que demuestran efecto entre los captores y sus rehenes.
Algo similar sucede con una buena parte de la ciudadanía vasca. Está secuestrada y padece un síndrome de Estocolmo colectivo.
Ese miedo generalizado en los ciudadanos comunes se extiende a sus familiares y allegados, paulatinamente les lleva a comportarse como sus secuestradores esperan de ellos, estableciéndose un sometimiento voluntario, primero, para transformarse en un sentimiento de agradecimiento y hasta de afecto por sus secuestradores, algo inconsciente que genera esta empatía por el hecho de que las víctimas llegan a creer que no les han dañado y, por tanto, son “buenos”.
Las víctimas del secuestro son afectadas emocionalmente en este proceso, ya que el secuestro es una muerte suspendida.
Dada la frecuencia y la duración de la anómala situación del País Vasco, donde los secuestradores de personas, ideas y libertades recuerdan periódicamente su capacidad de dañar con el asesinato de un ciudadano o varios, bien en la Comunidad Autónoma Vasca, bien fuera de ésta, el síndrome aumenta, coadyuvado por los constantes y sutiles mensajes de políticos nacionalistas, sobre el terrible destino que correrían los vascos en el caso de no gobernar ellos, amigos de los secuestradores físicos y ejecutores de sentencias, convenciendo a la ciudadanía de que es bueno estar con ellos para contar con un seguro de vida.
Y cuídese el ciudadano de volver la vista hacia el enemigo, en el que convierten precisamente a quienes pueden librar del miedo, del secuestro y a muchos de la muerte: los demócratas que se oponen al régimen de terror.
El demócrata se convierte en el enemigo imaginario que toma cuerpo cuando los secuestrados se convencen de que todo el que se oponga a las exigencias nacionalistas, al pago del rescate, ponen sus vidas y haciendas en peligro.
Por eso tantos ciudadanos abogan por el “diálogo”, como la panacea que solucionará el “conflicto”. Un conflicto que siendo inexistente, prefabricado, soslaya el auténtico: el secuestro de las libertades de los que se oponen a someterse a los secuestradores, quienes no son presa del síndrome de Estocolmo porque sus ideas están claramente diferenciadas de las de quienes pretenden sojuzgarlos; y son conscientes de que ceder al chantaje, a pagar el rescate para terminar con el terror: legalizar el secuestro masivo, por encima de leyes y derechos humanos. Es la demolición de la democracia.
Son los ciudadanos que se enfrentan cívica y activamente a la mafia organizada; con la rebelión, la resistencia y la palabra. Con la denuncia de actuaciones caciquiles y segregacionistas de unos partidos que forman un gobierno que debería gobernar teniendo en cuenta a todos los ciudadanos, no sólo, como hasta la fecha, a sus adeptos nacionalistas, por lo que queda deslegitimado.
En varios frentes, con diversas estrategias que aplica según el momento coyuntural, el Movimiento Liberticida Nacionalista Vasco unas veces actúa recurriendo a la mal llamada “kale borroka” — terrorismo indiscriminado que toma pueblos y ciudades para repetir la “noche de cristales rotos” de los nazis.
Otras muchas, el terror elige selectivamente a la víctima, los asesina para sembrar el miedo y la inseguridad en determinados colectivos (Judicatura, Guardia Civil, Ertzaintza, concejales y cargos públicos no nacionalistas, empresarios, ciudadanos de a pie…).
Ante esta barbarie, ¿qué clase de paz nos ofrecen algunos? ¿Qué clase de conferencia de paz ofrece, por ejemplo, Elkarri, pretendiendo mediar con ETA, conculcadora de los más elementales derechos humanos? ¿Cuándo entenderán que la equidistancia no es la justicia, y que pretender dar parte de razón a los fanáticos deriva en la complicidad con sus medios perversos y fines contaminados?
MIENTRAS, en nuestros pueblos y ciudades, doliendo en unos o sin que se duelan las conciencias, se celebran actos multitudinarios con la parafernalia consabida. Multitudes al aire libre escuchan por megafonía las arengas de los especialistas en la perversión del lenguaje. Miles de ikurriñas flamean y suenan himnos y cánticos enardecedores. La conocida táctica napoleónica de arengar a los soldados, cuyo destino era la muerte: “Cada soldado lleva en su mochila el bastón de un mariscal”.
Se emula, elevando poco menos que a la supremacía humana y social el hecho de ser “verdaderos vascos patriotas, gudaris que luchan por la libertad del pueblo vasco oprimido por las potencias colonizadoras, Francia y, sobre todo, España”.
Llega a tal extremo la perversión que las víctimas acaban aliándose a sus victimarios, asumiendo el “deber” de luchar, apoyar y defender a sus secuestradores. Y se afilian a los partidos nacionalistas o les entregan su voto como una carta blanca.
A fuerza de ejercer el victimismo, todos quedan convertidos en “víctimas del Estado opresor”.
Los órganos de propaganda no descuidan un solo detalle para seguir alimentando el status quo que han creado, premiando, como demostración de la bondad del régimen nacionalista, a sus adeptos: la legalización de corruptelas y el nepotismo, ingredientes básicos de toda dictadura.
Los otros, los “vascos domesticados”, como llaman a quienes no se venden al nacionalismo, a quienes luchan por las libertades como personas y ciudadanos, son demonizados, vascos traidores o, como mínimo, extranjeros, maketos (supongo que Arana quiso decir metecos, extranjeros en la antigua Grecia, con derecho a vivir y comerciar en territorio griego, pero no a votar ni a participar en política).
En la Declaración Universal de los Derechos Humanos, los artículos 1, 3, 5 y 9 señalan que el secuestro constituye una violación de los derechos humanos, que atenta contra la libertad, integridad y tranquilidad de las personas víctimas del delito.
Pero es que no sólo se trata de un secuestro colectivo, con intereses en unos casos, síndrome de Estocolmo en muchos y consciente de la dictadura media población vasca; se trata, mediante el secuestro de las libertades, amparándose en leyes que ellos mismos transgreden y aprovechan según su conveniencia, de derrocar el Estado de Derecho para implantar una dictadura golpista, exigiendo, con el chantaje y el secuestro colectivo de buena parte de la ciudadanía, que la ley se adecue a sus pretensiones (una independencia que venden como idílica), o a saltársela una vez más sin que haya consecuencias prácticas en la aplicación de las leyes que nos hemos dados los españoles, incluidos los vascos, aunque lo nieguen farisaicamente los burukides de turno.
Sociólogos y psicólogos deberían analizar, en el caso de la CAV, el inquietante comportamiento colectivo, reflejado en mediciones de opinión, de una población que de forma reiterada en los últimos años cuenta con ciudadanos que se declaran abiertamente seguidores de opciones políticas marcadas por el caudillismo, el autoritarismo, la amenaza, el terror y el asesinato.
POR otra parte, una mayoría estimada en torno al 50% que no ha reaccionado (hasta hace poco) de forma organizada, o es indiferente a los desmanes, atropellos, vicios y errores de la clase política gobernante, producto por una parte, del miedo a los secuestradores (la Mafia Nacionalista Liberticida Vasca), de no sentirse representados ni defendidos por el gobierno vasco, identificado exclusivamente con los nacionalistas, excluyendo a quienes no lo son, y no sólo eso: se infunde el odio más atroz desde el entramado nacionalista, a todo lo que sea o suene a español, tal es así, que se ha erradicado el nombre de España y cualquiera de sus derivados para convertirlos en insultos o motivo de vergüenza ante los dominadores, si no de segregación.
Quienes estamos comprometidos con la Libertad, con la erradicación del estado de e
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