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  Firmas Invitadas - Edición Nº 248
Semana del 30/11/2006
Sombras del Kremlin


Ignacio San Miguel
P OCOS lugares están más ligados a la sangre y el crimen que el Kremlin de Moscú. Y no es necesario remontarse a Pedro I el Grande, ni siquiera a José Stalin, sino referirse al actual inquilino, Vladimir Putin, admirador confeso de los dos primeros. Los asesinatos de la periodista Anna Politkovskaya y del ex espía Alexander Litvinenko están relacionados con vastos crímenes impunes.

Recordemos un poco. En 1998 Putin es nombrado jefe del FSB, servicio secreto ruso, sucesor del KGB, del que también había sido miembro en la Alemania comunista. En Agosto del año siguiente es elegido primer ministro por el presidente Boris Yeltsin, a quien el problema del separatismo chechenio lo tiene desarbolado. Apenas pasa un mes y unas explosiones provocan el desplome de casas de pisos en Moscú y Rostov causando la muerte de unas trescientas personas. Se acusa inmediatamente a los terroristas chechenios, y Putin consigue el favor popular al desencadenar la llamada “segunda guerra de Chechenia”, en la que se destruye la capital, Grozny, y se devasta la región, cometiendo mil tropelías. La popularidad de Putin aumenta de forma imparable en Rusia. Yeltsin se retira al finalizar el año, 1999, y nombra a Putin presidente interino. En las elecciones presidenciales de marzo de 2000, Putin sale ganador con holgura. No hay duda de que las explosiones de Moscú y Rostov fueron providenciales para él. Un pretexto incomparable para lucirse.

Sin embargo, hay gente que sospecha de esas explosiones. El general Alexander Lebed, una figura muy popular en Rusia, y que entonces era gobernador de Krasnoyarsk, no dudó en declarar que detrás de las explosiones estaban los servicios secretos rusos. Siempre había sido un personaje rebelde y controvertido. Murió tres años escasos después en un accidente de helicóptero que levantó algunas sospechas.

Pero hubo alguien, Alexander Litvinenko, con más conocimiento de causa que el general, que afirmó lo mismo que éste en un libro publicado en Londres, en 2001, titulado “El FSB dinamita Rusia”. Quizás el ex agente del FSB, asilado en Londres, firmó su sentencia de muerte con este libro. Además, últimamente estaba investigando la muerte de la Politkovskaya.

También ésta había firmado su sentencia de muerte con sus denuncias sobre la barbarie y genocidio en Chechenia por parte de los rusos. Intentaron envenenarla, pero fallaron. Acabaron matándola a tiros a la puerta de su casa el pasado 7 de Octubre. Una más de las centenares de personas asesinadas por motivos políticos desde que Putin accedió al Poder.

Tuvieron éxito al envenenar a Litvinenko con una sustancia radiactiva, el polonio-210. Murió el pasado 23 de Noviembre. Antes de morir escribió una declaración en la que acusa a Putin de su muerte y entre otras cosas le dice que “es tan brutal y despiadado como han denunciado sus críticos más feroces.”

Esta extrema brutalidad y falta de piedad forma parte de la tradición de los dirigentes rusos. Pero, para limitarnos al régimen de Putin, podemos recordar el asalto en 2002 de un teatro de Moscú por 59 terroristas chechenios. Tomaron como rehenes a unas 800 personas. A la autoridad rusa no se le ocurrió mejor método de liberación que gasear el interior del teatro con un gas que mató a 129 rehenes. En cuanto a los terroristas, la policía remató a los que todavía vivían, menos a media docena.

Otro acto de gran brutalidad fue el asalto de la escuela de Beslán, donde un grupo de terroristas chechenios mantenía como rehenes a mil personas, entre padres, maestros y niños. El resultado de la operación de rescate fue de 335 muertos y (extrañamente) 200 desaparecidos. Sin duda, hay que achacar los muertos ante todo a los secuestradores. Sin embargo, la intervención fue de extrema violencia y brutalidad. No se dejó a ningún secuestrador vivo, salvo uno de ellos. Hay un dato bastante significativo. Ya al final de la lucha, encontraron en el sótano a tres chechenios que mantenían presos a varios rehenes. Los mataron a todos, a secuestradores y rehenes.

También son significativas las declaraciones de Putin sobre los últimos asesinatos. Respecto de Politkovskaya dijo que “tenía muy escaso relieve en Rusia”. De estas palabras se podría quizás deducir que no había por qué dar trascendencia a la muerte de persona de tan escaso relieve; o bien, que no era lógico suponer que el Gobierno ruso se ocupase de asesinar a una persona sin importancia. Sobre la muerte de Litvinenko se limitó a decir que no había pruebas de que en su muerte se hubiese “ejercido violencia”. Palabras de oscuro significado.

Ante los líderes de la UE, en una reunión en Finlandia, Putin también se defendió con frases que implican falta de sentido moral. A las acusaciones de corrupción y crimen estatal, Putin contestó que en la “UE los asesinatos son frecuentes y que la mafia mata a policías, periodistas y jueces. Es un problema común”. Recordó que la palabra “mafia” la inventaron los italianos y aludió a la corrupción de los ayuntamientos españoles. En conclusión: en todas partes se cometen crímenes y no hay por qué tramarla con Rusia. Una burda y vulgar defensa, acorde con la naturaleza zafia de este mandatario.

En Rusia le quieren. Pero es que en Rusia siempre han querido a los gobernantes brutales. Deben de tener muy mal concepto de sí mismos y piensan que es justo que los tiranicen. Por eso son tan pasivos y resignados. Es un pueblo que, por otra parte, va disminuyendo en habitantes todos los años. De tres embarazos, dos acaban en aborto. El alcoholismo en la población está generalizado y su vida media es de diez a quince años inferior a la que se disfruta en Occidente. Es difícil ser muy normal en ese país. Setenta años de marxismo han devastado sus reservas morales y la conducta de los rusos resulta poco comprensible.

Por ejemplo, Putin hace compatible su oscura actividad política, de la que he dado unos ejemplos, con prácticas religiosas de cristiano ortodoxo. ¡Vaya! todavía dirán algunas personas piadosas, por lo menos va a Misa y comulga. Pues sí, parece que así es. Quizás encuentre en ello, como Jorge Videla, otro extravagante, alguna clase de compensación.
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