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E dispongo a escribir este artículo y lo primero que me viene a la memoria, mientras veo por televisión el triste apretón de manos que se dan Maragall y Carod Rovira, es la profunda amistad que viví con mi viejo, entrañable e inolvidable amigo Joan Bonet Gelabert. Joan Bonet era el subdirector del diario “Baleares”, cuando yo entre a formar parte de ese rotativo mallorquín, en diciembre de 1975, después de mis fragorosas corresponsalías de “Pueblo” en el Magreb y en la revolución de las flores de Portugal. Joan Bonet era un hombre de una singularidad incuestionable. Los mercachifles del tópico y de la mentira le colgaron a Bonet el sambenito de fascista, porque escribió siempre en un periódico del Movimiento y porque, siendo falangista, hizo la guerra en el bando nacional, aunque se la pasó en el frente de Guadarrama montando emisiones de radio y hablando del tiempo y de las flores, esto es, de pura literatura con los habitantes de la trinchera enemiga. Yo diría que el progenitor de María del Mar Bonet, la formidable y muy progresista cantautora, aquel que siempre me llamó “compañerito”, no era, políticamente hablando, ni azul, ni rojo, sino todo lo contrario.
Necesito más que nunca, igual que en los primeros años de la transición democrática y de mi convivencia con los veteranos del “Baleares”, Jiménez, Gafim, Caldentey, Feijó, Ramis, Cor, Llull y otros, la opinión y el consejo de Joan Bonet acerca de las personas que, para la concordia o para la polémica, más resonancia han aportado a mi trabajo de cada día en estos últimos años. Vivos y muertos perduran en mi corazón y a todos les profeso mi gratitud, incluso a aquellos cuya ideología y ética son diametralmente opuestas a lo que yo siento, pienso y vivo. Ya digo, necesito su estímulo y su palabra buena de siempre, para seguir remando en solitario, ahora que casi el ochenta por ciento de mis amigos y familiares íntimos, han pasado ya a mejor vida.
Me lo dijo Celso Arango, el psiquiatra paisano y condiscípulo de Fraga, ese nórdico astur-gallego que se dedica a curar las mentes de los mallorquines y que escribe libros cortos y muy interesantes, me lo dijo un día, en la calle, a los pocos meses de su muerte. Me dijo que le había estado visitando en sus últimos dias, no porque Bonet necesitase a un psiquiatra, sino porque era su amigo y me dijo que su mayor dolor, en la recta final de su vida, había sido el de la soledad. Me dijo que iba muy poca gente a verle, que se sentía mal, más por el olvido de tantos y tantos que habían recibido el beneficio de sus escrituras de cada día y de sus libros que por el zarpazo inmisericorde de su enfermedad irremediable. Añadió, en su calidad de médico de la mente humana, que no hay dolor más grande que el de la pérdida de los amigos en esta vida. Su noticia, tan veraz y descarnada, me dejó consternado, entre otras razones, porque yo tampoco fui a visitarle, cuando se estaba muriendo. Llamé a Mercedes, eso sí, al instante de conocer su fallecimiento y abracé a Joan Ramón y a María del Mar en el funeral en el que estuvimos todos presentes. Somos animalitos de solemnidad y de actos públicos. También escribí y publiqué una nota sincera y emocionada y le dediqué un dibujo con su retrato y angelotes en llanto, con las mismas lágrimas de alegría y de esperanza con que escribo de él ahora, puesto que siempre fue, para mí, un motivo profundo de alegría y de esperanza, en las duras y en las maduras de nuestro quehacer diario.
Me había contado – como ya he dicho- sus peripecias de suprema imparcialidad en el frente, cuando montaba programas radiofónicos de comunicación fraterna entre los dos bandos, desde las trincheras de la sierra de Madrid. El detalle me pareció genial. Ignoro el nombre de sus jefes militares y todavía me hago cruces de que no le fusilasen, por traidor, cada vez que saludaba al enemigo con toda la bondad de su corazón, todo humor y todo amor. Después, mientras nos mandábamos al pecho, un coñac caliente en el Café Gijón, me confesó Joan Bonet su debilidad por los pezones azules de determinadas mujeres y la pasión que le inspiraban esos pelos sueltos y voladores que algunas tienen en la parte posterior del cuello y que se llaman "abuelos". Aseguraba que donde había "abuelos" existía la capacidad de un gran amor. Dimos un repaso a la vejentud de nuestros colegas escritores y periodistas y me señaló la estupidez de algunos que habían ganado mucho dinero por arrimar su sardina al ascua del poder, pero nunca dejó de reconocer y de admirar sus valores, al margen de su espíritu mercader y oportunista. Para Bonet, los escritores, los periodistas y los pintores - de los tres oficios en los que fue maestro -no eran mejores o peores según la banda política en la que estuviesen adscritos o según el color de la empresa que les pagase su jornal. Una vez, en 1971, estuve a punto de llegar a las manos con un compañero del diario "Pueblo", porque, al decir yo que J.B. era un escritor muy divertido y muy interesante, saltó él y dijo que nunca podía ser bueno aquel que se había vestido con la camisa azul de Falange y que seguía escribiendo en un periódico del Movimiento. Repliqué con furia, pero lo único que hice fue parar al energúmeno que se disponía a pegarle un puñetazo en la boca, como era de esperar en aquel periódico que, sin ser de Falange, no dejaba de ser la sede capital de los Sindicatos verticales de Franco y del gordo García Carrés.
Eran tiempos convulsos en los que su paso por Madrid significaba para mí una inyección de moral y de buena salud profesional. Siempre aspiré a trabajar en los periódicos donde había humanidad en el ambiente o, mejor dicho, ganas de hacer las cosas bien y, de hecho, una de las razones que me impulsó a cambiar el cargo y el sueldo de Madrid por el rincón y la calderilla de provincias fue la de poder compartir penas y alegrías del oficio con él y con los que ya he mencionado, es decir, con Gabriel Fuster, alias Gafim, con Eliseo Feijóo, que convivió con Concha Alós antes que Baltasar Porcel, con Quinito Caldentey, que fue más torero que periodista, con Javier y con Jaime Jiménez, abuelo y padre del tercer Javier Jiménez que lleva hoy la crónica de sucesos en uno de los diarios del rico editor Pedro Serra, con Pablo Llull, con Antonio Pizá, con Lorenzo Ripoll y con Jesús Cor, que acaba de morir hace unos días, amén de diez o doce jóvenes que empezaban su periodismo un mes después de la muerte de Franco. Pasar del tumulto que había en “Pueblo”, con 700 personas en plantilla, donde el más tonto hacía relojes de madera, a la sosegada humildad de la pequeña tirada provinciana supuso, aunque suene a resignación de gilipollas, la recuperación de mis raíces más auténticas. Después, bien lo saben los que están en la eternidad, vinieron las vacas resabiadas y flacas de la política y aquel director toledano, asesorado por un meapilas del periodismo local y votado al pesebre del PSOE, decidió hacerme una cura de humildad, ordenándome que cortase los teletipos y ejerciese de auxiliar de Redacción, sin escribir y sin dibujar, para que se me bajasen los humos de haber sido director de un periódico en Madrid.
Ahora recuerdo que la sola presencia de Joan Bonet, cuando nos veíamos en su casa y me regalaba una de sus pinturas, me ayudaba a superar los quebrantos. Bonet había dicho que yo escribía a puñetazos y que no debía bajar la guardia, que había que meter caña a todo cristo. Y yo recordaba aquella noche en Madrid, nuestra larga conversación hasta el amanecer, cuando nos paseábamos por la Plaza Mayor y él, ya cincuentón y bien zurrado, lloraba de emoción, evocando aventuras, un minuto antes de tomarnos aquel chocolate con churros en San Ginés.
Casi todos sus libros y gran parte de sus artículos son todavía fuente de inspiración de mi trabajo diario.
Tengo su "Entrevistario" como libro de consulta. Lo suyo fueron entrevistas imaginarias con Ramon Llull, con Chopin, con Kafka, con Machado, con Unamuno, con García Lorca. L