“
¿A quien le doy la suerte?” dice una y otra vez, gritándoles, a quienes pasan. Alguien nos ofrece en la calle, con urgencia -”para mañana”- la suerte que, en apariencia, no tiene, al menos, en la abundancia que pregona. ¿Será la suerte algo tan milagroso que se pueda dar sin tenerla?
Aprendimos que la caridad no consiste en dar de lo que sobra, sino en compartir lo preciso. Pero dar de lo que no se tiene es caridad sublimada. Hay quienes dan u ofrecen la suerte sin tenerla. Son intermediarios que negocian con mercancía ajena. De alguien tiene que ser la mercancía, digo yo.
Si no sonara a despropósito, yo diría, y con aquella condición ya lo digo, que la suerte es de Dios, por lo menos, para los toreros, que tanto saben de suertes. De andar entre la muerte, los toreros tienen algo de teólogos, que van de hotel en hotel, de plaza en plaza, con sus altares portátiles.
Los toreros han inventado la más popular de las invocaciones a la Divina Providencia: “Que Dios reparta suerte”. A lo mejor, sin saberlo, los toreros están predicando la doctrina de la gracia y esta es la última razón de que a los afortunados con la Lotería se les llame también “agraciados”.
Las señoritas siempre han sido agraciadas por antonomasia. Y las que excepcionalmente no lo son, porque no hay regla sin excepción, se consuelan con el dicho de que “La suerte de la fea la guapa la desea”, que es la gracia de la gracia o la suerte de la desgracia o la suerte del “siempre toca”.
El “siempre toca” es el providencialismo práctico: no hay mal que por bien no venga y, por tanto, todo es para bien. En el bombo de la Providencia, todas las suertes, incluso las fallidas, tienen premio, aunque no siempre acertemos a verlo. Pero todos, hijos de la gracia, somos agraciados.
ES el gran misterio: la gracia, como ciertas suertes de Navidad, está muy repartida. Por eso la Lotería es la gran metáfora, por encima de los cálculos, propios de las hormigas tuneleras -”Trabajo y economía son la mejor Lotería”- e impropios de las providencialistas cigarras del ancho campo.
En el ancho campo crecen los lirios que no tejen y visten túnicas que las hubiera querido el rey Salomón (Mateo, 6.28-29). Y mientras Marta teje, su hermana Maria unge los pies de Jesús con una libra de perfume de nardo puro, que se podría haber vendido por trescientos denarios (Juan, 12.3).
Con este providencialismo de la suerte no estoy predicando el abandono o el despilfarro. Sortear no es sólo fiar al azar , sino también eludir una dificultad. Si, en el primer caso, se juega con la pasividad; en el segundo, se ejercita la voluntad : “A Dios rogando la suerte; y con el mazo dando”
Hay que ser autores de la propia suerte, como el torero es autor de las suyas, hasta “la suerte suprema”. Hay que entrar en el laberinto de la suerte sorteada, de la suerte evitada, para que, sin dejar de ser suerte, sea suerte elaborada en la Providencia, no solo por la fe, sino también por la caridad.
En el Fuero Juzgo, “suerte” es la tierra de labor separada de otras por sus lindes. ¿Hay más signo del trabajo que la tierra de labor? Pues, bien; la tierra se llamó así por evolución de un antecedente que llamaba “suerte” a la “porción de tierra que ha correspondido por sorteo en un reparto”.
La trabazón de trabajo y azar es una divertida paradoja que, a veces, resolvemos con una frase: “Al saber le llaman suerte”. Todo es suerte porque todo es gracia; pero, verdaderamente, y esto es lo que nos evita muchos aburrimientos, llamamos suerte a la consecuencia lógica de las causas.
A nadie se le deben caer los anillos por este discurso, entre lo obvio y lo mágico, que no están fuera de lugar, tratándose de la suerte y sabiendo que la palabra sortija viene de suerte pequeña o “sorticula”, por la tradicional atribución de poderes y virtudes a los anillos legendarios.
Se dice, sí, que “la suerte fatal todo lo guía, guisa y compone”; pero esa es la opinión de “los que no tienen lumbre de la verdadera fe”, explica don Miguel , en el capítulo XXIII de la primera parte del Quijote, cuando el de la Mancha y su escudero se adentraron, a su suerte, en Sierra Morena .
De la fe y de la caridad, algo ya he apuntado, como factores de Providencia. Cumple, pues, aunque solo sea una palabra, una palabra sobre la esperanza, que es lo último que se pierde y porque, al decir de don Quijote a Sancho, “vale más buena esperanza que ruin posesión” (I, capítulo VII)
Esperar en la esperanza. Esta es la lección final de la suerte sorteada (y que cada cual se aplique la acepción que le convenga). El pueblo ha compuesto un cantar, mitad surrealista, mitad pragmático, que aprendí de mozo y que, como un perro , me ha ido acompañando en todos los sorteos:
Tiré un limón al aire,
por ver si coloreaba.
Subió verde, bajó verde.
Verde quedó mi esperanza.
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