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ACE seis o siete años que no estoy orgullosa de ser periodista. Antes lo llevaba a gala, feliz de saber que aplicaba de forma correcta lo que muy concienzudamente me habían enseñado grandes profesionales del Periodismo; satisfecha de entender lo que supone escribir en un periódico, hablar por una emisora o dejarte ver en una tele; sabedora de que sólo hay una forma de ser periodista: siendo objetiva, no casándote ni con tu padre y contrastando siempre las fuentes.
Seguramente entonces estaba equivocada, o engañada, pero mi única defensa es la ingenuidad que me invadía cuando empecé en esto y que me duró hasta cuando he dicho, hace seis, siete u ocho años.
Si alguien me preguntara ahora qué quiero ser de mayor, le contestaría con una seguridad pasmosa: “Quiero ser ferretera”. Me parece un oficio admirable, en el que nunca se termina de aprender, con don de gentes, en el que se desarrolla una capacidad de comprensión increíble y un trabajo en el que, sobre todo, un tornillo del cinco seguirá siendo un tornillo del cinco pasen los años que pasen. Piensen en los ferreteros para entender lo que quiero decir: son profesionales a quienes se les pide “una cosa que se pone en la pared... que tiene una forma como retorcida... y que sirve para sujetar un cable a la altura del rodapié”. Y resulta que, sin preguntar nada, los tíos se dan la vuelta, sacan una caja cuadrada de color marrón que localizan a la primera, la abren y ¡ahí está lo que has pedido! ¿Son o no son admirables?
Lo son. Mucho más que la masa general de los periodistas de ahora, que se creen muy listos, no se enteran de nada, hablan de todo sentando cátedra, destrozan el lenguaje cuando hablan o escriben y encima se creen con un asiento a la diestra de Dios Padre.
A estas alturas ya habrán notado que tengo un enfado monumental con mi oficio periodístico. Explico la razón que me dio pie a tal cabreo.
El pasado domingo leí en “La Vanguardia” una carta de un grupo de estudiantes de Periodismo (¡pobres!) al Defensor del Lector. En ella pedían que les contestase a las siguientes preguntas: “¿Se puede considerar periodista alguien que no ha cursado los estudios correspondientes en un centro universitario? En caso de que eso fuese legal, ¿es legítimo que esta gente ocupe puestos que teóricamente deberían estar destinados a licenciados en Periodismo?”
Entiendo la inquietud, la desazón y el desánimo que llevó a 26 personas a firmar tales cuestiones, pero, sinceramente, las preguntas son simplonas a más no poder para alguien que esté en este mundo. Son algo así como preguntar ¿Por qué hay hambre en el mundo? Pero más simplona fue la respuesta del Defensor: “¿Qué significa ahora ejercer el Periodismo? La fórmula más escueta y actual es aquella que define el Periodismo como el ejercicio ético de explicar la realidad presente de interés general. El acento en la ética como rasgo para identificar al periodista es determinante hoy en un universo mediático en el que actúan dos factores que trastocan las antiguas definiciones de este oficio. Segundo factor: la confusión de géneros audiovisuales, caracterizada por la proliferación de variantes del llamado ‘reality-show’, pone en crisis que pueda considerarse periodista a quien actúa en estos productos, aunque esté titulado o colegiado. En todos estos supuestos, es el compromiso ético con el rigor, la realidad, la investigación de la verdad y el interés general aquello que califica el acto profesional periodístico”.
Pues vale. Como palabrería puede valer, pero no sé yo qué clase de respuesta es esa cuando los firmantes de la carta esperaban que alguien les explicara por qué hay tanto sinvergüenza instalado en este oficio.
Como servidora no tiene detrás grupo mediático alguno con capacidad de censura, ni jefe que me obligue a escribir sobre determinadas cuestiones que le beneficien económica y socialmente, voy a decir a las claras lo que es ser periodista:
Periodista es la ingente cantidad de jóvenes de entre 25 y 30 años contratados en grandes medios de comunicación en calidad de becarios que llevan dos años cobrando ¡nada! Ni 80.000, ni 60.000, ni 40.000 pesetas al mes. ¡Nada! Aguantan porque ya se lo han dicho en los departamentos de personal: si quieres, bien; y si no, a la calle, que hay cien como tú esperando para entrar.
Periodista es el puñado de plastas que copan todas las tertulias radiofónicas, las columnas de Prensa y los debates televisivos a razón de cuarenta o cincuenta mil por intervención, hablando de lo que sea, defendiendo cualquier cosa y poniéndose del lado de quien le diga el director con tal de no perder el chollo. Que nadie se espante, porque en la tele es de lo más normal. Antes de salir a plató se les dice: “Tú a favor, tú en contra, tú a favor, tú en contra, tú a favor...” y allí no rechista ni Dios, porque aquí opina todo el mundo de toda cuestión. Ahora te puedes encontrar debatiendo en el programa de la plagiadora Quintana a una actriz en paro, una política, un homosexual (a quien se le note mucho, porque, si no, no vale), a un convicto y a un paparazzi chantajista de, por ejemplo, la revisión de penas en el maltrato a mujeres o de las razones macroeconómicas del incremento del precio del suelo. Da igual. Lo peor no es que todos ellos se crean periodistas a la cuarta o quinta tertulia; lo peor es que la Quintana y su equipo directivo, “fashion” a más no poder, también se creen periodistas
Periodistas son esos dos o tres críticos gastronómicos requeteconocidos en Madrid por escribir bien de un restaurante si se les asegura de forma tácita que tendrán comidas y cenas gratis para ellos y sus amigos tantas veces como sean necesarias. Periodistas gastronómicos de periódicos veteranos e independientes que se toman justa venganza cuando no se les da de comer, no bien, sino gratis.
Periodista es también la enorme cantidad de profesionales pésimamente preparados que, en cuanto pisan un medio de comunicación con responsables peor cualificados que ellos, se permiten amenazar a sus interlocutores con un “o me contesta o pongo tal cosa...” Periodistas son, a su vez, los que no fueron a clase el día que explicaron aquello de hablar con las dos o tres partes afectadas de un mismo asunto.
Periodista es también esa panda de indocumentados que se leen los periódicos por la mañana, y por la tarde te cuentan el suceso de turno como si lo hubieran investigado ellos, aprovechando que la audiencia de la tele no es la misma que lee periódicos.
Periodistas son, por ejemplo, los concursantes de Gran Hermano, que monopolizan la tele y que se permiten el lujo de soltarte filípicas sobre los distintos comportamientos humanos desde las tertulias televisivas.
Periodista es Rocío Jurado, que negocia presentar un programa de televisión y que sólo sabe decir tres frases seguidas cuando las dice cantando (de forma impresionante, por cierto); y periodista es su ex yerno, el ex guardia civil Antonio David, que también es tertuliano; y periodista es un tal Enrique del Pozo, aquel que cantaba el “Cocoguagua”; y la hermana de Jesulín de Ubrique, y Rociíto, y Alaska, y Lola Herrera, y Natalia Dicenta, y Belén Esteban, y Patricia, e Ismael, y Sardá, e Iván, y Óscar, y Raquel, y Kiko, y Ángel, y Jorge, y Noemí, y Marta, y Sabrina, y Sonia (¿que no les suenan todos estos últimos? pues son los de “Gran Hermano”), y Ana Rosa, y Terelu, y Jesús Vázquez, y tantos y tantos que no tengo ahora mismo en la cabeza.
Pero, por encima de todo, periodistas son aquellos a quienes ya se les ha acabado hasta el subsidio de desempleo, al que llegaron por negarse a contar verdades a medias, por no querer crear opinión con asuntos políticos a cambio de sustanciosas recompensas, por no escribir bien de amiguetes del director, por no querer llevar a un programa a delincuentes condenados que aseguran tres puntos más de audiencia, por no haber perdido el sentido de la realidad, por diferenciar entre la verdad y la verdad pagada, por plantar cara a un redactor jefe que no sabe dónde ti
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