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Época II - Año XIV Edición Nº 4189
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 viernes, 31 de octubre de 2014 ESPAÑA
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Ricardo Navas-Ruiz
A primera vista este título pudiera parecer el de un cuento fantástico o de ciencia –ficción. ¿Nuestro egregio poeta perdido en los vericuetos de un complicado organismo internacional? ¿Qué podría estar haciendo por allí el cantor de Leonor y las galerías oscuras del alma? No menos sorpresivo resulta, sin embargo, ver incluido Juan de Mairena en una colección de las cien mejores novelas en castellano del siglo XX, editadas por El Mundo. ¿Juan de Mairena una novela? No sé, no sé. Quizá se trate de esos juegos literarios, a que tan aficionado era Borges, de suponer, por ejemplo, que Don Quijote es un tratado filosófico y la Crítica de la razøn pura de Kant una novela. ¡Qué conclusiones tan interesantes no cabe deducir de ello! En fin, digresiones e ironías aparte, la reedición de tan notable creación machadiana nos brindó a muchos hace pocos meses la oportunidad de releerla y admirar una vez más la ponderada cordura del autor.
Y sí, en Juan de Mairena aparece la Sociedad de Naciones. Antonio Machado, muy atento siempre a su circunstancia, agudo intérprete de la España eterna y profunda, tuvo que enfrentarse al final de su vida , -murió, recuérdese, en 1939 -, a terribles sucesos: la guerra civil española, la ascensión de Hitler al poder, la política neutralista de algunas democracias ante conflictos de enormes consecuencias, la carrera armamentista. Todo ello le llevó a intensificar su interés por la política, como se refleja en la mencionada obra. Tiempos revueltos y bélicos también los nuestros, quizá podamos aprender un poco de sus meditaciones sobre la paz y la guerra en cuyo contexto la Sociedad de Naciones debía haber jugado un papel crítico.

LA Sociedad de Naciones, conocida en inglés como League of Nations, fue creada en Paris en 1919 al acabar la Primera Guerra Mundial para promover la causa de la paz. Su sede se estableció en Ginebra. Originalmente formaron parte las naciones aliadas y algunas neutrales. A pesar de que el presidente Wilson tuvo un papel esencial en la redacción de la carta fundacional , no ingresaron en ella los Estados Unidos porque su Senado no ratificó el Tratado de Versailles. Hubo logros en el campo de la cooperación internacional en salud y economía; pero no se consiguió el objetivo fundamental, la paz : impedir conflictos entre potencias, ataques a países débiles o anexiones territoriales, que eventualmente llevaron a la Segunda Guerra. Desapareció en 1946, dejando su herencia moral y física a la nueva Organización de las Naciones Unidas, fundada en 1945.
Las expectativas sobre la misma fueron tan grandes como las decepciones. Antonio Machado es un testimonio de las segundas. Distinguía el poeta y pensador dos tipos de paz. Una es el equilibrio concertado entre malvados para convivir mejor o peor según los intereses del momento; la otra, de acuerdo con san Agustín, consiste en la justicia, el sosiego, la firmeza en el buen orden. No puede haber paz sin justicia. La Sociedad de Naciones, en su opinión, favorecía la primera. Era una añagaza de los poderosos, con ejércitos imbatibles, para no molestarse unos a otros y, de este modo, repartirse el mundo, garantizar su dominio, perpetuar la injusticia, controlar y debilitar aún más a los débiles. Lo terrible era el carácter de engaño: se promete la paz y se fomenta la guerra.
Poco cabía pues, esperar de ella. Por el bien de la paz los pacifistas, -declara el poeta -, deberían luchar por su desaparición. Por lo menos, sin ella, nadie viviría en la ilusión de que un organismo, al parecer respetable, puede evitar las guerras. ¿A dónde volverse? ¿Cómo garantizar la paz justa? Ello requiere aceptar como primer supuesto, -así lo hace Machado-, que el estado natural del hombre es la guerra, que el darwiniano lucha por la vida no es otra cosa que vida para la guerra. Las naciones asumen a nivel colectivo tal hipótesis. Refiriéndose a las europeas de su tiempo habla Juan de Mairena, el otro yo del escritor, de “entidades polémicas, como si dijéramos, gallos con espolones afilados cuya misión es pelear.” Aunque tiene duras palabras para la Alemania prusiana de Hitler, carga sobre Inglaterra la responsabilidad histórica de haber creado en el mundo occidental su característica tensión belicista actual. Inglaterra es para él el pueblo pirata y dominador por excelencia, obligado a ello por su condición geográfica y escasez de recursos, si bien ha disimulado su instinto depredador bajo la prédica de ideales bíblicos. No deja de resultar curioso que, a pesar de este diagnóstico, Machado admire a los ingleses por esa mezcla de fuerza y buenos sentimientos. ¿O será ironía?

PARTIENDO de ahí, prosigue que las cosas no tienen por que ser así, que cabe formar al hombre en ideales distintos, venciendo sus tendencias primarias a la violencia. Los maestros de la paz serán educadores, muy dentro del ideal krausista, que enseñen a contemplar la naturaleza, a renunciar a lo innecesario, a no ambicionar la riqueza y la propiedad, a trabajar honradamente, a conocer los filósofos, a amar al prójimo y a renunciar a la guerra: “si quieres paz, prepárate a vivir en paz con todo el mundo.” La única cosa por la que se puede guerrear es el amor y la justicia. Todo lo demás es retórica belicista, sin valor, por más que se la invoque a cada instancia: la libertad, la cultura, la defensa del débil
Setenta años han pasado desde que un extraordinario poeta andaluz, perdido entre conflictos que habían alterado su vivir, se planteaba estas cuestiones. ¡Setenta años! Y aquí sigue el mundo con una Organización de las Naciones Unidas dominada por los poderosos e impotente para garantizar el orden justo y la paz. Y aquí siguen los débiles machacados inmisericordemente, mientras se vuelve la vista a otro lado. Y aquí sigue la raza inglesa, prolongada en su cachorro americano, como diría Rubén Darío, predicando la guerra a ultranza por un lado y arrojando alimentos y biblias por otro. ¡La paz debe de ser una fantasía de poetas!.
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