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Época II - Año XIII
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 228
Semana del 7/13/2006
El gran engaño


José Meléndez
M ARIANO RAJOY afirmó que José Luis Rodríguez Zapatero está negociando con ETA-Batasuna en su nombre, en el de su partido o en el del gobierno que preside, pero no en nombre del Estado, porque un Estado de Derecho no admite los engaños, las mentiras y las cesiones que se están produciendo en esa negociación. Y se ganó el calificativo de insumiso de boca de la vicepresidenta de pasarela Maria Teresa Fernández de la Vega. El nombre está bien puesto, aunque no era esa la intención de la “modelo” vicepresidenta, porque una oposición puede ser acertada o no, pero nunca sometida a los mandatos, caprichosos o falaces, de un gobierno al que tiene el deber de controlar.

Y ante los derroteros que está tomando ese falso “proceso de paz”, cabe hacer una pregunta que, seguramente, se están formulando ya muchos millones de españoles: ¿Está legitimado para gobernar a la nación un gobierno que usa y abusa de la mentira, que no cumple sus promesas en muchos aspectos, pero sobre todo en temas de estado, y que engaña a los electores, los que lo eligieron y los que no, ocultando el vergonzante desarrollo de los contactos que precedieron a la tregua indefinida de ETA y los compromisos mutuos que la hicieron posible?. En una democracia consolidada y moderna, eso es inadmisible y el gobierno que tome tal rumbo está inevitablemente abocado al pleno rechazo en las urnas en la cita electoral más próxima.

En esa vorágine renovadora –más bien revolucionaria- en que se ha metido Zapatero para construir la España confederal y republicana con la que sueña, no ha calculado bien los riesgos y ahora se ve atrapado en sus propios errores de cálculo, cuyas consecuencias podemos pagar 44 millones de españoles. El principal ha sido conceder carácter de interlocutor al terrorismo, sin tener en cuenta que el principal objetivo del terrorismo, allí donde se produzca y deje su marca sangrienta es el de reventar el sistema, meta que preside todos sus actos, desde los tiros en la nuca, las bombas y los asesinatos en masa hasta las inaceptables ofertas de negociación.

El PSOE de Zapatero lleva cuatro años, desde que estaba en la oposición, desmintiendo sus contactos con ETA-Batasuna. Pero esos contactos han existido y se han sabido porque la propia ETA se ha encargado de contarlos. Es la forma de actuar de la banda terrorista. Lo hizo en el pacto de Anoeta con el PNV, poniendo en evidencia a los nacionalistas vascos y lo ha hecho ahora con el PSOE. El PNV acató los acuerdos de Anoeta y ahora el PSOE acata igualmente los actuales. La última información del diario “Gara”, portavoz oficial de la banda terrorista, lo revela elocuentemente. Y esta vez, a pesar de lo gravísimo de las revelaciones, no ha habido un desmentido oficial, rotundo y convincente por parte del gobierno de Zapatero, al menos hasta que escribo este artículo, porque las declaraciones de Alfonso Perales son de menor cuantía por su contenido y la escasa talla del personaje.

El terrorismo es implacable. Coincidiendo con la tensa y dislocada situación que vivimos en España, se ha producido la monstruosa matanza de Bombay, como una prueba más de la determinación del terrorismo islamista para acabar con los valores democráticos del mundo occidental. No importa que la masacre se haya producido en la India, porque este país –la democracia más grande del mundo con sus mil millones de habitantes- es una nación emergente, con una pujanza que nace de las raíces democráticas que plantaron Ghandi, el Pandit Neru e Indira Ghandi y que trata de canalizar su inmensa demografía, con un 80 por ciento de hindúes y un 20 por ciento de musulmanes y numerosas creencias religiosas y tribales que han estado luchando durante siglos, por los cauces de la libertad y el respeto a las leyes y los derechos. Es sintomática la similitud del atentado de Bombay con el que sufrimos en nuestras propias carnes el 11M y habrá que analizar este hecho y sacar las posibles conclusiones. Hasta ahora nadie ha reivindicado el salvaje atentado, pero se sabrá, como acabará sabiéndose quien estuvo detrás del 11M, porque, está demostrado, el terrorismo, además de brutal, es parlanchín, como prueba de que los asesinos se regodean con su vileza.

Volviendo a España, es de esperar que esta vez la masacre de Bombay no desencadena la oleada de pánico que produjo el 11M y se acoja el “proceso de paz” como el posible fin de una pesadilla, aun a costa del precio que sea. Que todo puede suceder, porque en mi larga experiencia de corresponsal por distintas democracias europeas, no deja de inquietarme el que, a pesar de la política incierta y engañosa del gobierno, la oposición no acaba de despegar en las encuestas, cuando en Gran Bretaña, Francia o Alemania estarían volcadas contra el gobierno. Parece que le da resultado a Zapatero su habilidad semántica para esconder la realidad con eufemismos y presentar sus reveses con un azucarado léxico destinado a tranquilizar al personal. Así juega con términos como violencia en vez de terrorismo, proceso de paz en vez de negociación, realidad nacional en vez de ruptura anticonstitucional del concepto de nación, respeto a la decisión del pueblo vasco y esa descarada excusa que esgrimió ante el Papa de “respeto a los derechos de los homosexuales”, rematada por la irreverente definición que hizo su mujer Sonsoles del rosario que le regaló el Pontífice como “un collar de perlas con una cruz”.

Precisamente el Papa Ratzinger –que ha desarmado a los que le consideraban un inquisidor con su formidable personalidad de pensador de altura y sencillez pastoral- tiene una frase en su libro “Mi vida”, publicado en España con motivo de su reciente visita, en la que dice refiriéndose a la debilidad y dudas del presidente Hindenburg que propiciaron el acceso al poder de Hitler: “La sola garantía institucional no sirve para nada si no hay personas que la sostengan con sus propias convicciones personales”.
¿Tiene Zapatero esas convicciones? Si las tiene, no concuerdan en absoluto con los parámetros de libertad, moral y dignidad que rigen la vida de una sociedad democrática, porque en la historia todo está escrito y a fin de cuentas no valen las lecturas tendenciosas, como ahora pretende la memoria histórica, y si sus convicciones tienen como símbolo la II República, tan exaltada por él, no hay más que fijarse como terminó esa caótica y nefasta época española, sin olvidar que antes del golpe de Estado del 36, había habido otro en el 34, auspiciado por los socialistas ante el triunfo electoral de la derecha de Gil Robles, y que ese golpe fue sofocado precisamente por un joven general que defendió al poder constituido y que se llamaba Francisco Franco. Que dos años después Franco se rebelase contra el poder que había defendido antes es materia que todavía investigan los historiadores imparciales.

Precisamente la nefasta influencia de Franco en la derecha española es el miedo de los políticos conservadores a que los tachen de franquistas y de eso se aprovechan los Zapatero, Llamazares y su gente. Eso es lo que anima a Zapatero a continuar con su gran engaño, en busca de unas metas para las que no fue elegido, porque las había escondido cuidadosamente. Cuando el Partido Popular pierda ese miedo y le hable claro al electorado, podrá convencer a los españoles de la importancia que tiene su voto porque de él depende no solo la unidad de España como nación, sino la libertad de todos, no solamente del cuarenta y tantos por ciento de los vascos que llevan muchos años con su miedo a cuestas y muchos de ellos con escoltas, y de los catalanes, y de los gallegos, los andaluces, de las familias y los más de 30 millones de católicos que se sienten ofendidos por las políticas discriminatorias del gobierno actual.
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