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ASÓ con el “Mar Egeo”, pasó con el “Erika” y ha pasado con el “Prestige”. No seamos cínicos y nos rasguemos las vestiduras, porque esto, salvo para quienes diariamente lo sufrirán durante años, va a durar lo que dure, y en dos meses, olvidado. Todos los gobiernos lo saben, todas las autoridades portuarias están al tanto, pero los superpetroleros siguen campando por sus respetos marítimos sin que quienes tienen algo que hacer al respecto lo hagan.
Me sabe tan amargo oír a políticos y ecologistas de todo signo desgañitarse con cosas como “la culpa es tuya”, “pues tuya más”, “Gibraltar es responsable”, “no se han puesto medidas de contención”, “pues sí que se han puesto”, “lo estáis haciendo fatal”, “de eso nada, que somos los mejores”...
Los datos objetivos hablan por sí mismos: más de un centenar de playas contaminadas y pérdidas de 42 millones de euros, mientras el fuel flota en 6,5 millones de metros cuadrados de un mar del que viven 119.000 gallegos.
El petrolero comenzó a derramar crudo el miércoles 13 -mala fecha-, y con toda celeridad, el ministro de Medio Ambiente, Jaume Matas, se traslada a la zona una semana después. Rajoy fue un poquito antes, sólo cinco días después de la catástrofe.
Cuentan los periódicos y las teles, así lo recalco porque no he estado allí, que los vecinos de las zonas afectadas se quejaban de la parafernalia que acompañó las presencias ministeriales. Muchas unidades móviles, mucho fotógrafo y mucha llegada de material para limpieza que apenas horas antes no existía. Al parecer ha habido una carencia total de palas, brazos, barreras de contención y camiones para que el trabajo de 150 soldados y 500 peones (¿sólo?) fuera efectivo; cuestiones tan estúpidas como que militares y voluntarios se dejaban los riñones en trasladar el crudo de la arena al cubo, pero luego no había camiones donde vaciar estos últimos.
Sirva un caso: un voluntario propietario de un camión cisterna puso a disposición de las autoridades competentes su vehículo para trasladar el fuel recogido en las playas, pero cuando llegó la hora de decidir dónde debía depositar el contenido, nadie le dio respuesta. Parece que el buen samaritano tuvo que devolver el crudo al mar porque corría peligro de solidificarse dentro de la cisterna, corroerla y destrozarla. Por la caridad, ya se sabe, entra la peste.
La coordinación ha sido de chiste, si a todo ello añadimos que nuestro país no cuenta con buque anti-contaminación alguno y que los cuatro que están operando son prestados por otros países. Y hablando de países, Alemania, Reino Unido e Italia estaban sorprendidos de que ocho días después de la catástrofe consentida, España todavía no hubiera respondido al ofrecimiento de ayuda. Francia, Holanda, Dinamarca y Portugal habían enviado ya los suyos. Supongo que cuando alguno de estos siete países pasen por un trance similar, nosotros no podremos echar un cable, porque no tenemos con qué.
Y esto no acaba aquí. Los pescadores no tienen qué pescar, los restaurantes no tienen qué vender, los consumidores no tienen dinero para pagar las desorbitantes cantidades que se pedirá a partir de ahora por el pescado y marisco, los hoteles sufrirán la escasez de turismo...
Pero si me apuran, todo esto me parece anecdótico.
Vaya ahora mi deseo utópico e inalcanzable: yo quiero ver, arremangados y hasta las cejas de fuel, a los responsables mundiales encargados de dictar y votar, encorbatados y desde sillones de cuero, leyes inútiles. Me revuelve el estómago ver a Aznar echarle la culpa a Gibraltar; me lo revuelve Zapatero echándosela a Aznar; me lo revuelve la Unión Europea, me lo revuelve Blair diciendo “pío, pío que yo no he sido”. La UE pide explicaciones al Reino Unido, Aznar a la UE y Zapatero al Gobierno, y resulta que todos sabían que esto iba a pasar.
Harta estoy de oír periódicamente que si los barcos navegan bajo bandera de conveniencia de Bahamas, que si el armador es griego, que si los puertos de origen y destino son Letonia y Gibraltar, que si el fuel pertenece a otro país, que si el seguro de la carga depende de otro, que si la compañía que asegura el barco es de otro, que si Estados Unidos autoriza a transitar por aguas internacionales, que si la tripulación es filipina... Como dice una muy buena amiga mía ¡¡¡Qué clase de farsa es ésta!!!
Se trata de un galimatías consentido por unos y por otros, porque sale más barato destrozar las costas y luego aflojar las perras para pagar indemnizaciones que dejar de trasladar crudo en barcos que no cumplen la inútil normativa. Es un riesgo asumido.
El cinismo llega a extremos como que el “Prestige” tenía monocasco, y la Unión Europea ha dado hasta el 2015 para retirar este tipo de barcos, lo que quiere decir que hasta ese año se pueden seguir hundiendo sin problemas. La Directiva de la Comisión Europea establece que estos barcos están obligados a una revisión anual, pero el “Prestige” no la pasaba desde 1999. ¿Quién o quiénes de los encorbatados es responsable de la falta de inspecciones?
Deseo con todo fervor que estas Navidades, a todos y cada uno de ellos les arree una intoxicación en forma de sarpullido insoportable después de ponerse ciegos del marisco que, con toda seguridad, no va a faltar en sus mesas.
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