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veces le desconcierta a uno el grado de cerrilismo a que puede llevar una posición sectaria. A un grado tal que la lógica brilla por su ausencia y, por tanto, la razón desbarra. Me ha desconcertado, en efecto, un artículo de Javier Ortiz publicado en “El Mundo”. A este periodista le ha molestado que el obispo de Bilbao, don Ricardo Blázquez, solicitara de los terroristas que pidieran perdón. No se molestó, por el contrario, cuando este mismo obispo pidió no hace muchas fechas a las víctimas del terrorismo que perdonaran a los verdugos aunque éstos no pidiesen perdón. Quienes se molestaron entonces fueron las víctimas, y con razón. Por eso, para equilibrar las cosas, el obispo ahora se dirige a los terroristas. Y el que se molesta es Javier Ortiz. Y sus palabras no pueden ser más caóticas y absurdas.
Pregunta: “Pero don Ricardo, hombre de Dios: ¿cuándo su Iglesia ha pedido perdón por haberse sumado al alzamiento criminal de 1936, por poner sólo un ejemplo no demasiado lejano?” Se queda uno transpuesto. Pero ¿es que este Ortiz desconoce que en el régimen del Frente Popular se quemaban conventos, iglesias, colegios, y se asesinaba un día sí y otro también? ¿Ignora el acoso criminal a que estaba sometida la Iglesia? Acoso que ya comenzó antes, pues con la proclamación de la República en 1931 se inició la quema de iglesias y conventos. ¿Cómo no iba a estar del lado del alzamiento (criminal, según Ortiz), cuando los alzados eran defensores a ultranza de la religión y la Iglesia? ¿Desconoce Ortiz que en el campo del Frente Popular se asesinaron a 7.000 sacerdotes y religiosos, la matanza más grande de católicos de la Historia? ¿Con quiénes debía estar la Iglesia, con quienes la perseguían a sangre y fuego, o con quienes la defendían? Pero ¿qué le pasa a este señor Ortiz? ¿Ha olvidado, o bien ha decidido despreciar, el más elemental ejercicio de la razón?
Personalmente, creo que las peticiones de perdón de Juan Pablo II fueron innecesarias y contraproducentes. Por la sencilla razón de que ninguna otra entidad o institución le ha imitado. En la mente de mucha gente simple puede quedar la idea de que la Iglesia es la única institución que tiene un pasado tenebroso por el que tiene que pedir perdón, a diferencia del resto, cuya historia resulta más aceptable. Y esto es una falsedad enorme.
Además, puestos a pedir perdón ¿por qué no hacerlo por la a todas luces errónea “ostpolitik” de Juan XXIII y Pablo VI? Este quererse llevar bien a toda costa con el marxismo, trajo mucho sufrimiento a los católicos de los países comunistas, que no encontraron la debida defensa por parte de la Iglesia contra los abusos de las autoridades. Para no mencionar lo que supuso pasar por alto la naturaleza de aquellos regímenes criminales, el monstruoso GULAG y sus incesantes asesinatos. De esto sabe mucho el disidente cubano Armando Valladares, autor del libro “Contra toda esperanza”. Juan Pablo II se olvidó de esta petición de perdón. Y, refiriéndonos a Ricardo Blázquez, no hubiera estado de más que se hubiera decidido a pedir perdón por el distanciamiento y frialdad de la Iglesia vasca con las víctimas del terrorismo, y su falta de condena del mismo en los púlpitos, y hasta su responsabilidad en el nacimiento del mismo. Pero estas cuestiones nos llevarían muy lejos. Lo que para mí está claro es que si de algo no tiene que pedir perdón la Iglesia es de su adhesión al alzamiento llamado criminal por el señor Ortiz. Si me parecen inconvenientes y limitadas las peticiones de perdón que se han hecho, esta petición nueva la consideraría absurda, cobarde y lamentable.
Recuerdo unas declaraciones por radio de Gabino Díaz Merchán, cuando era Presidente de la Conferencia Episcopal Española, y le preguntaron por la adhesión de la Iglesia al Movimiento Nacional. Con un cierto deje de irritación contestó prácticamente en los términos que he expuesto. Y añadió algo interesante. No recuerdo, naturalmente, las palabras exactas, pero sí su significado: “Otra cosas es el silencio que la Iglesia mantuvo durante los años del 36 al 45 en que se efectuó una represión sin duda criticable.” Y digo que me resulta interesante porque me lleva a considerar otro motivo de sorpresa que he tenido en los últimos días. Hay que ser muy ingenuo para pensar que aquellos consejos de guerra fueran justos y equitativos. Estos juicios militares sumarios carecen de las garantías procesales de los juicios civiles. Por tanto, no es lícito suponer que no se cometieran abusos. La cifra más fiable sobre el número de ajusticiamientos se eleva a 28.000. Son muchos muertos, muchísimos. Se trata de la parte más sombría de la dictadura de Franco. Pues bien, parece que los responsables de la Ley de la Memoria Histórica han decidido no tratar este tema. ¿Y no es esto sorprendente? Existe una campaña masiva de desprestigio del régimen anterior, en la que participan cine, televisión, libros, etc.; se exalta a la II República; se ocultan sus crímenes y se resaltan los de los nacionales; se compara a Franco con Hitler y Stalin; al parecer, Franco no hizo nada bueno. Y cuando llegamos al punto más auténticamente negro de aquel régimen, del cual se podría sacar un provecho propagandístico enorme, he aquí que se decide silenciarlo. Es muy curioso.
Una explicación que se me ocurre es que teman que el Ejército se soliviante. Sin embargo, no me resulta explicación del todo convincente. Este Ejército tiene vocación democrática y está haciendo méritos en ese sentido. No, no acaba de convencerme esta explicación. Y todavía menos, que la izquierda quiera hacer borrón y cuenta nueva, pues esto es precisamente lo que no quiere hacer.
Más convincente me resulta pensar que los de la Memoria Histórica se han encontrado con que al remover aquellos procesos, al investigar las posibles injusticias cometidas en ellos, iba a agitarse tal basura de crímenes y atrocidades cometidas por sus correligionarios, que la hediondez nos iba a resultar a todos insoportable. Sumamente perjudicial, por tanto, para sus intereses. Por tanto, mejor olvidarse de tema tan vidrioso. A mí esta interpretación me parece bastante plausible; pero si alguien, por ejemplo Javier Ortiz, me provee de otra mejor, la aceptaré buenamente.
También está la realidad de los indultos. Franco indultó a un número de condenados aún mayor que el de los que fueron ejecutados, pasándolos a trabajos forzados. Y a la izquierda española, tan poco amante de la verdad y tan sectaria, le tiene que resultar muy cuesta arriba admitir que Franco indultaba.