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  Firmas Invitadas - Edición Nº 265
Semana del 29/03/2007
A vueltas con el cambio horario y con el fin de la crispación
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Miguel Martínez
A UN a riesgo de desoír una de las leyes no escritas del periodismo actual, que suele ser seguida a pies juntillas por multitud de periodistas y/o columnistas -ésa que reza que jamás debe rectificarse una información u opinión por mucho que haya quedado claro y patente que en su día el periodista y/o columnista mintió como un bellaco o metió una de sus extremidades inferiores, con o sin intención, hasta niveles muy por encima del corvejón-, quien les escribe, desafiando las posibles demandas del Colegio de Columnistas, Opinadores y Tertulianos, va a rectificar muchas de las afirmaciones vertidas en esta columna la semana anterior, en la que despotriqué y puse como un trapo la medida del reajuste horario por la que todos, durante la madrugada del sábado al domingo, entramos en el horario de verano adelantando una hora nuestros relojes.

Aquellos periodistas, columnistas u opinadores, instigadores de la teoría de la conspiración, pueden estar tranquilos. Este atrevimiento rectificador de un servidor no es contagioso, con lo que, a menos que su conciencia se lo impida, podrán seguir a la greña con sus rocambolescas y bóricas elucubraciones, y con sus interesadas acusaciones, por mucho que el juicio que se sigue por el 11-M ponga las cosas en su sitio y confirme lo que todos –incluyendo los teóricos anteriormente citados- ya tenían claro.

Y es que un servidor venía a expresarles en su anterior columna que esto de adelantar una hora los relojes no era más que una inútil patraña que no servía sino para pasarnos un buen rato peleándonos con numerosos aparatitos domésticos con reloj incorporado, para robarnos una hora de sueño la noche de marras y para tenernos todo el domingo con nuestro reloj biológico hecho un guiñapo, habida cuenta de la ausencia de datos empíricos que refrendaran que realmente la medida consiguiera lo que a priori pretendía, que no es sino el ahorro de energía basado en la premisa de que a más horas de luz solar, menos necesidad de luz eléctrica. Y siendo así, y desdeñando el hecho de que esta mañana un servidor ha tenido que encender las luces para preparar el desayuno, cosa que no era necesaria antes del cambio horario por asomar entonces unos preciosos rayos de sol a través de la ventana de la cocina de casa, me van a permitir que les explique el porqué de esta rectificación, al tiempo que les pido disculpas por haber tratado tan frívolamente el tema del cambio horario ahora que sé que el simple hecho de adelantar una hora el reloj va a conseguir terminar con uno de los más desagradables fenómenos que últimamente domina la vida política y social del país, que no es otro que el de la crispación. La puñetera y jodida crispación de las narices –o cualquier otro apéndice peor sonante- , que diría un crispado.

Porque resulta que un servidor, cuando se documentaba para el artículo sobre el cambio horario, cumplió escrupulosamente otra de las normas no escritas del periodismo actual, ésa que establece que no es necesario un seguimiento exhaustivo del tema a tratar, sino que bastan tres o cuatro referencias de Google que respondan a la frase o palabra con la que vamos a titular el artículo, que por supuesto tampoco necesitarían ser contrastadas, siendo éste el motivo por el que quien les escribe obvió ciertas informaciones que nos ilustraban sobre otros beneficios, menos palpables y más etéreos si ustedes quieren que el ahorro energético, pero harto más beneficiosos para nuestra convivencia y nuestras relaciones con el prójimo y con la prójima.

Así, un servidor no tuvo en cuenta que existen datos científicos que demuestran que el cambio horario, al hacer coincidir más horas de nuestra actividad con las horas de irradiación solar, propicia una serie de comportamientos que generan en nuestro organismo neurotransmisores del tipo de la dopamina, que influyen en nuestro cerebro aumentando nuestros niveles de bienestar y placer.

Al alargarse el día, tenemos más ocasión de interrelacionarnos fuera del trabajo con amigos y compañeros y es más apetecible la cervecita en una terraza disfrutando de un primaveral y luminoso día que en el interior de un local iluminado con la blancuzca y mortecina luminiscencia de dos fluorescentes, en el que, además, ni siquiera dejarán fumar a los fumadores -tampoco a los no fumadores pero a éstos no suele importarles-.

Y rebuscando términos relacionados, le empiezan a llover a un servidor cientos de documentos médico-científicos en los que aparece la ausencia de dopamina como sinónimo de crispación, y aquí tenemos ya preparada la premisa mágica:

Si el cambio horario aumenta los niveles de dopamina y ésta disminuye los niveles de crispación, bienvenido y bienhallado sea el cambio horario y bienvenida y bienhallada la dopamina, a la que necesitábamos como agua de mayo -o agua de cualquier otro mes tal y como se está poniendo el tema de la desertización-.

Ya es cuestión de días –sucederá en cuanto su dopamina empiece a fluir a causa del cambio horario- que Rajoy se relaje y lo tengamos, en menos que canta un gallo, de nuevo en La Moncloa para reunirse con un Zapatero aún más sonriente, que rebosará dopamina por doquier, quienes, tras fundirse en un efusivo abrazo -mucho menos acartonado que los que propinó Rajoy en su última manifestación al familiar de una víctima, que una publicación digital asegura obedecían a las precisas señas de un asesor agazapado tras el escenario que avisaba a quién y cuándo debía abrazar-, convengan, distendidos y amigables, pactos de Estado que nos lleven a solucionar los grandes problemas que nos inquietan.

Acebes, hasta las trancas de dopamina, se dejará el pelo largo y abandonará la política. Con sus amigos Pepiño Blanco y Zaplana –también dopaminizados hasta la médula- formarán “El verdadero Trío Calavera”, y se dedicarán a recorrer Europa a bordo una furgoneta Volkswagen del 73 cantando canciones de Joan Baez y Bob Dylan, y le dirán al del picardías rojo que deje ya de buscar más aforismos bóricos. Le cantarán lo de “the answer, my friend, is blowing in the wind”, o, lo que es lo mismo, escucha la radio o pon la tele, tío, que el viento lleva en sus ondas las verdaderas respuestas. Éstas sin ácido bórico, y sin acritud, que diría aquél.

Aunque hay que obrar con cautela, que la dopamina tampoco es el elixir de la vida y su exceso puede acarrear ciertos problemas como la tartamudez ocasional, que aparece en algunas personas de forma puntual cuando los niveles de dopamina los ponen de los nervios, o la gilipollez neuro-intestinal como la de Vendrell, número 3 de Esquerra Republicana, que, en un exceso de dopamina propiciado por el cambio horario y aumentado por una dosis insana de “calçots” con vino del Priorato, acabó diciendo gilipolleces, entre ellas la de ofrecer a Mas la presidencia de la Generalitat a cambio de un plebiscito sobre la independencia. Una de dos, o iba en efecto el hombre todo puesto de dopamina, o es que así cree hacer un guiño a aquel sector de las bases de Esquerra que no ve con buenos ojos que las “Conselleríes” ocupadas por miembros de Esquerra tengan en sus sedes un pedazo de bandera española del quince que Montilla no permite quitar. En cualquier caso al Vendrell éste le vamos a dar permiso para que ignore el cambio horario y atrase una hora el reloj dejándolo como antes, que está visto que con tanta dopamina se le va la olla y se olvida de que la opción independentista que él defiende sólo está respaldada por una minoría de votantes. ¿Qué le hará pensar que ganaría ese referéndum cuando en Cataluña el ochenta y pico por cien de los votantes apoya opciones no independentistas? La dopamina, mis queridos reincidentes, la dopamina.

Así que ya lo saben. No se preocupen ustedes por nada. Nuestros problemas tienen los días contados, No es sino cuestión de esperar que el aumento del nivel de dopamina a causa del nuevo horario disminuya nuestra crispación, predisponiéndonos a todos, especialmente a los políticos, a la res
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