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NA crítica desfavorable de “La rabia y el orgullo”, de Oriana Fallaci, vertida por una periodista que ahora se ha pasado a la política activa, me ha obligado a reflexionar de nuevo sobre la trampa de las palabras. Porque la crítica se refería fundamentalmente a una pretendida falta de moderación de Fallaci. A la periodista le parece que el discurso de la italiana es de trazo grueso y de carácter maniqueo y le llega a resultar repelente. Se deduce que lo que a ella le gusta es el lenguaje modoso y que la verdad expresada de forma cruda y dura le horroriza. Está en un grave error al primar la moderación formal sobre la moderación de fondo.
Fallaci emplea palabras hirientes y hasta feroces. Es tremendamente apasionada. Pero su apasionamiento no le aparte ni un milímetro de la verdad. Los datos que aporta son objetivamente ciertos, y su diagnóstico sobre la decadencia de Occidente, también exacto. En consecuencia, su mensaje, al atenerse a la verdad con fidelidad, es moderado en esencia. La verdad, expresada con exactitud, siquiera con palabras duras, supone moderación. Echar agua al vino podrá suponer una ventaja para el paladar y la salud de un hipotético bebedor, pero resulta inmoderado respecto de la pureza del vino. G. K. Chesterton, empleaba esta metáfora para referirse a los cristianos que con la intención de adaptar la doctrina a los tiempos modernos, iban suprimiendo todo aquello que fuera difícil de aceptar para las mentes actuales. El resultado era un “cristianismo aguado”, como él decía. No lo juzgaba moderado, sino desnaturalizado. Es decir, muy poco moderado. Extremadamente blando y sin sustancia. ¡Y qué diría en los tiempos que corren!
La auténtica moderación no tiene nada que ver con la blandura, sino con la precisión con que se expresa la verdad. Hay mucha confusión sobre este punto. Confusión interesada, producto de la manipulación del lenguaje. Se ha introducido el concepto de centrismo como sinónimo de moderación y como ideal a seguir. Se preconiza el término medio como la suprema virtud. Pero se aplica este término medio de manera indiscriminada. No se repara en que es acertado si en los extremos se colocan dos defectos contrapuestos. Por ejemplo, entre la cobardía y la temeridad, dos defectos opuestos, el término medio, el valor prudente, sería lo correcto. Pero si los dos polos son una virtud y un defecto, el término medio, el centrismo, supondría la más completa mediocridad. Entre la limpieza y la suciedad, el término medio nos abocaría a una suciedad moderada, lo que no nos haría atractivos para nadie. Seríamos moderadamente repugnantes.
En política, la moderación falsa, el centrismo falso, se utiliza constantemente. Se ha establecido como dogma incontrovertible que en cualquier conflicto las dos partes tienen una parcela de razón, por lo que ambas deben ceder para llegar a un acuerdo que traiga la paz. Es una falsedad flagrante. Si se aplicase a los pleitos judiciales, nadie ganaría nunca un pleito plenamente, ni sería derrotado por completo con la añadidura, a veces, de tener que pagar las costas del juicio. Esto es lo que ocurre en la realidad.
En el conflicto con el terrorismo se tiende a obrar con esta falsedad, sobre todo cuando hay obispos como Setién y Uriarte muy convencidos de que hay que hacer concesiones, y un presidente Rodríguez muy dispuesto a hacerlas.
Oriana Fallaci conocía muy bien estas debilidades, y las consideraba como lo que son: esto es, debilidades. A Fallaci no le gustaba la debilidad, sino la fuerza y la justicia. ¿Hay que criticarla por esto? Ella escribía a las claras lo que muchos piensan y no se atreven a decir. Y era moderada, porque expresaba la verdad. Comprendía que todo Occidente está sumido en una falsa moderación, que no es sino la cobertura de la cobardía. Esto la encolerizaba porque preveía que íbamos al suicidio colectivo.
¿Es acaso moderación que nos dediquemos a criticar las moderadas palabras del Papa en mayor medida que las brutales reacciones de los musulmanes ante ellas? ¿Es moderación referirnos a las Cruzadas como la maldad suprema, sin hacer mención a la gigantesca expansión a sangre y fuego de los musulmanes por territorios cristianos? ¿Es moderación acoger amorosamente a los musulmanes en nuestras tierras y dejar que los cristianos vivan malamente en guetos en las suyas? ¿Es moderación permitirles levantar sus mezquitas (mil ya en Alemania, ochocientas en Francia), ofreciéndoles en España terrenos para la construcción de la mayor mezquita de Europa, mientras los cristianos no podemos abrir una iglesia en sus naciones? Y así se podría seguir indefinidamente… No. Esto no es moderación alguna. Es extremismo de la peor calidad. Porque es el extremismo del masoquismo, de la humillación, de la cobardía, y del deseo perruno de conciliación. Denunciar esta situación tan descomedida, tan falta de equidad, tan desorbitada, es signo de moderación.
No es, pues, Oriana Fallaci ninguna extremista. Por el contrario, es moderada. Es exacta y veraz en sus apreciaciones. Es Occidente el que se ha apartado, al parecer, definitivamente de la moderación que representan la firmeza y la justicia, cayendo en el extremismo de la decadencia. La periodista que ha criticado a Fallaci se ha equivocado de medio a medio. No ha sabido distinguir entre el fondo y la forma. No ha comprendido que si las palabras de la italiana son duras, no por ello dejan de ser exactas.