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Época II - Año XIV
Edición Nº 4189
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 280
Semana del 12/07/2007
Las pobres gentes
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Ignacio San Miguel
N O me refiero a la delicada e intimista historia de la obra primeriza de F. Dostoyevsky, sino a las grandes masas de gente que al ser juguete de la demagogia política no pueden ser definidas de mejor manera; las que, ofuscadas por la ilusión de una vida mejor, ponen sus esperanzas en políticos que sacan de ellas su mejor provecho. En la mayoría de los países del mundo hay multitudes deseosas de ser arrastradas por la seducción de un líder benefactor, de un gobernante genial, de una especie de superhombre. Iberoamérica es una parte del globo propicia a esta clase de exaltaciones. Y Argentina, que es su país más culto, no es una excepción.

Tampoco es una excepción en echar la culpa de todos sus males a los Estados Unidos. Y no hay por qué pensar que esta nación se halle exenta de culpa, pero hay algo que acaba sonando a falso en la argumentación de los iberoamericanos. Porque acostumbran a decir: “Vienen a robarnos. Se quedan con nuestras riquezas. Al final, los teléfonos, la electricidad, los ferrocarriles, la minas, las grandes empresas, son suyos.” Y, como coletilla, añaden: “Claro que tenemos una Administración, unos políticos, unos empresarios corruptos, dispuestos a vender nuestros bienes nacionales a precio de saldo, al recibir pingües comisiones.” El corolario de este razonamiento es que si los Estados Unidos no fueran tan corruptores, las cosas irían bien, porque los países iberoamericanos no serían corrompidos. Pero cualquiera puede preguntarse: ¿por qué no invertir los términos? Razonemos a la inversa: “Somos unos corruptos, somos poco patriotas, estamos dispuestos a vender nuestros bienes nacionales a buen precio siempre que nos den buenas comisiones. Y, claro está, las moscas acuden a la miel. Los yanquis corruptores se dejan seducir por nuestra disponibilidad flagrante.”

Este argumento a la inversa, esta vuelta a la tortilla, tendría buenos efectos si se llevara a cabo seriamente. Porque si ponemos en primer lugar los defectos propios, nos fijaremos en ellos ante todo y trataremos de corregirlos. Pero si únicamente nos dedicamos a despotricar de los demás, en este caso de los yanquis corruptores, dejando en muy segundo lugar nuestra fragilidad, nos inclinaremos a esperar pacientemente a que los yanquis dejen de ser corruptores y se decidan a ser buenos, para que se remedie la situación. Es decir, tiempo perdido.

Los países iberoamericanos tienen las más altas cotas de corrupción del globo. El pueblo está tan acostumbrado a que los políticos roben, que ya ni se altera. No se sabe, por ejemplo, que nadie le pida cuentas a Néstor Kirchner de su gestión como gobernador en Patagonia, Me refiero a sus gestiones personales que le han valido un mote que le equipara a un conocido ladrón español. Comoquiera que parecen haber remontado la espantosa crisis económica del 2001, los argentinos hasta puede que le estén agradecidos. Tanto es así que, basándose quizás en el ejemplo de la pareja Clinton en Estados Unidos, ha presentado a su esposa Cristina Fernández como candidata a las próximas elecciones presidenciales. El motivo no está claro, aunque los escándalos de corrupción oficial parecen tener su parte en esta operación política inédita en una democracia normal. Porque el parecido con los Clinton sólo se refiere a que ambos son matrimonio, no al procedimiento de designación, impecable en el caso estadounidense y anómalo en el argentino. En otro aspecto coinciden, en el ideológico, pues inclinados ambos decididamente por el progresismo, sus posiciones pro-aborto son notorias.

Pero los argentinos pasan por alto estas minucias. Les gusta el estilo bronco y rudo de su presidente, cómo riñó a los empresarios españoles que “iban a Argentina a robar”, cómo le pasó la mano por el hombro al Rey Juan Carlos llamándole Juanito. Estas actitudes osadas y dominadoras encantan al pueblo. Como también encanta la modestia cursilona de Cristina Fernández de Kirchner cuando rechazó que se le llamara “primera dama”, asegurando que ella era en todo caso la “primera ciudadana”. Estos simpáticos detalles populistas hacen olvidar a las pobres gentes las cuentas en Suiza, el Rolex de oro y brillantes de 17.000 euros, chaquetas alemanas de 1.900 euros y anillos y pendientes de oro. Tanto ella como su marido saben bien lo que hacen, como lo sabía Eva Perón cuando llamaba a las pobres gentes “mis descamisados”, o cuando Juan Perón se proclamaba “el primer trabajador”. A eso se llama conocer la psicología de las masas, que no es tan difícil por otra parte. Se trata de halagar un poco el ego de la gente, pretendiendo que se coloca uno a su nivel con falsas palabras de sencillez y humildad. Palabras, nada más que palabras. Ridícula palabrería que, sin embargo, posee un gran poder de seducción. El pueblo no necesita más. Adora a cualquier persona que aparente modestia, aunque únicamente sea en el reino de lo verbal. Y si a los peronistas se les confronta con la realidad de esas riquezas de sus mandatarios, no será raro que argumenten: “¿Y qué? ¿Es que sólo la derecha puede tener dinero?”. El radicalismo del tiempo presente muy bien puede deberse a la sabiduría del gran capital, que ha comprobado que apostando por este izquierdismo puramente verbalista que mayormente ataca a los fundamentos morales tradicionales, es inofensivo, inocuo para sus intereses, por lo que conviene mimarlo. Y así comprobamos la cantidad de multimillonarios alineados en el campo de la izquierda, como Bill Gates, George Soros, Ted Turner y el ínclito Carlos Slim, íntimo del socialista Felipe González, que se está haciendo de oro con esta buena amistad. Hombres de izquierda que amasan fortunas fabulosas. No se trata, pues de la Argentina, a la que si he traído a colación ha sido por la noticia de la insólita nominación de Cristina Fernández de Kirchner para candidata a la Presidencia en las próximas elecciones. Y también por lo sangrante de la inepcia de esas pobres gentes peronistas que están dispuestas a tragar todo lo que se les eche, aún lo más desvergonzado, a poco que esté adobado con la consiguiente demagogia. Pero así es la izquierda en general. Así son esas pobres gentes, que han puesto sus ilusiones en políticos que halagan sus oídos y embotan sus mentes.
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