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Época II - Año XIII
Edición Nº 3919
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 40
Semana del 13/12/2002
Hipocresía ciudadana


Nieves Concostrina
V OY a intentar explicar, de la forma más gráfica posible, lo que vimos el que me sufre y servidora a las siete y media de la tarde del miércoles 11 de diciembre.
Sitúense, primero, en la escena de los hechos: Puerta del Sol de Madrid. La zona, atestada de compradores compulsivos. El tráfico, diabólico.
Vimos, digo, que en la dársena donde finalizan sus trayectos muchas líneas de autobuses había una concentración inusual de suramericanos, todos muy bajitos, y de africanos, todos muy altos. Los blancos les mirábamos a ellos, y ellos, todos ellos, miraban hacia un lugar determinado del principio de la calle de la Montera. Allí había un coche de la Policía Municipal. De la mano de africanos y suramericanos colgaban grandes trapos sujetos por sus cuatro puntas. Alguno de ellos, además, llevaba unos veinte bolsos de señora colgados hasta de las orejas.
Desapareció, de repente, el vehículo policial, y aquella concentración inmigrante de unas treinta personas atravesó a la carrera la calzada que separa la dársena de autobuses hacia la acera donde nace la calle de Alcalá. Tomaron posiciones alineándose unos frente a otros, dejando un pasillo entre ellos y abriendo mucho las piernas para delimitar el espacio en donde luego extenderían su manta. Ya habrán deducido que el espacio que abarcaban las piernecillas de los suramericanos era la mitad del de los africanos. En esa postura se mantuvieron dos o tres minutos. Expectantes. Con las piernas abiertas y la manta agarrada.
No tuvieron tiempo de extender sus productos piratas. Aquellos treinta humanos rompieron filas y se reagruparon, todos muy pegaditos, en un lugar de la acera. Dos policías municipales estaban plantados (nadie vimos de dónde salieron) a escasos metros de los inmigrantes. Y cuando digo a escasos metros estoy hablando de no más de diez. Aquí empezó una de las situaciones más cómicas y absurdas de la escena matritense.
Los policías miraban hacia cualquier sitio menos hacia la treintena de personas con mantas. Los inmigrantes miraban fijamente a los polis. Los blancos mirábamos a los polis y a los inmigrantes sin perder ripio, como en un partido de tenis.
Los dos agentes iniciaron un caminar lento, muy lento, hacia donde estaban africanos y suramericanos, y estos, a su vez, comenzaron a moverse, con la misma lentitud, hacia donde antes estaba la Policía, rodeando una cabina telefónica y manteniendo siempre los diez metros de separación. Todos volvieron a pararse. La única diferencia estaba en que intercambiaron posiciones.
El proceso se repitió a la inversa. Los policías volvieron a donde antes estaban y los inmigrantes a su rincón, repitiendo el rodeo a la cabina telefónica. Cuando la escena se reprodujo cinco veces más, la concentración de curiosos era ya notable. Todos, por supuesto, muertos de la risa y esperando un desenlace. Sólo en una ocasión los polis apretaron el paso, y la misma impronta aplicaron los inmigrantes sin perder como punto de referencia la cabina. Faltó un “¡¡¡Uyyyyyyyyyyyyyyy!!!” de la concurrencia, como cuando Raúl roza la cepa del poste sin llegar a meter gol.
La única persona que por allí se paseaba ajena a todo era una mujer china con una corona de lucecitas intermitentes en la cabeza, tres bolsas de plástico colgadas del brazo y ocho o nueve sonajeros luminosos en una mano. Los chinos, ya se sabe, nunca extienden la manta. Siempre están caminando con sus productos encima, y por eso te encuentras al mismo siete veces en una noche, aunque cambies siete veces de bar.
No esperen un final de esta historia, porque 25 minutos después decidimos largarnos de allí tras dar el combate nulo. Todo era tan absurdo que hubiera sido más fácil que los mirones acabáramos detenidos, por hacer burla de la autoridad, que registrado alguno de los inmigrantes.
Me levanté a la mañana siguiente con la sonrisa puesta porque no había olvidado el episodio del día anterior. Y me encontré la noticia: “21 ‘manteros’ detenidos en una redada en el centro de la capital”.
¿Serían los nuestros?, me pregunté. Pues no, eran otros, apresados en Embajadores y Atocha y a quienes se decomisaron 4.500 copias piratas. La redada había comenzado a las cuatro de la tarde y continuó hasta las nueve y media de la noche. Sin embargo, lo que más me llamó la atención de la noticia leída en “El País” es que algunos transeúntes recriminaban a los agentes la forma de detenerlos, corriendo tras ellos para agarrarlos.
Quiero entender ese sentimiento solidario, porque todos sabemos en el fondo que los inmigrantes del “top-manta” no buscan más que ganarse un euro para sobrevivir, pero también entiendo que la Policía está para asegurar cierto orden ciudadano que les exigen quienes a su vez les recriminan su actuación.
Jamás he comprado productos piratas. Nunca he adquirido un bolso o un echarpe extendidos sobre la manta de una acera ni ropa de marca pirateada, y sé, como sabe todo el mundo, que la piratería acabará en el momento en que los ciudadanos dejen de adquirirla. Quienes comprando productos piratas crean que castigan a la industria discográfica, sólo consiguen alimentar a mafias explotadoras de inmigrantes. Más la castigarían no comprando los discos en las tiendas autorizadas. Que yo sepa, un CD o un DVD no es un producto de primera necesidad.
La Policía sabe que la solución al problema está más arriba de unos simples inmigrantes vendiendo en la calle, pero no creo que por el hecho de saber que lo que hay que atacar sea la producción masiva se deba dejar de prohibir la venta callejera.
La ciudad se hace cada vez más intransitable; las carreras y los empujones por abrirse paso en la huida se lleva por delante lo que sea menester, y los ciudadanos que compran productos piratas deberían ser conscientes de que contribuyen a una actividad ilícita. Bastaría con que cada uno mirara su oficio y pensara en lo fácil que sería piratearlo en cuanto alguien se lo propusiera.
Tengo un amigo periodista, él cree que de cierto prestigio, que hace alardes de comprar CD’s piratas allá por donde va, pero supongo que no ha caído en la cuenta de que todo, absolutamente todo en este mundo, puede ser objeto de piratería. Hasta su trabajo. Lo que él hace también podría hacerlo un “periodista pirata” que cobrara la cuarta parte que él, sin preparación alguna y, evidentemente, con peor calidad. Pero en eso consiste la piratería: menor precio, menor inversión, menor calidad.
Conozco también al propietario de un bar que también compra CD’s piratas, y lo justifica diciendo que están muy caros los originales. Yo le amenazo con que, usando el mismo razonamiento, en vez de comprarle a él un bocadillo de jamón y una cerveza, me voy al chino ambulante de la esquina que, encima de una mesa plegable, me ofrece lo mismo a la mitad de precio. El pan y el jamón serán peores, pero la cerveza está igual de fría. También el disco pirata que él adquiere en un “top-manta” es de peor calidad, y no por ello deja de comprarlo.
Por poner otro ejemplo extremo, imaginemos que algunos ferreteros (oficio por el que tengo auténtica pasión) también sean consumidores de productos piratas. Si así fuera, supongo que no han caído en la cuenta de lo fácil que es vender tornillos en la calle. Y quien dice tornillos dice martillos, pegamentos, clavos, tuercas, bisagras, cables, enchufes, perchas, destornilladores, masilla, cerraduras, alcayatas, alicates, punzones, alambre...
Las compras de Navidad nos tienen a todos de cabeza y las ofertas de los “top-manta” pueden parecer una buena opción para espabilar unos cuantos regalos a precios tirados y de calidad lamentable. Aprovecho este foro para lanzar un aviso a navegantes: si algún amigo o conocido pretende contentarme estas fiestas con algún producto pirateado, que estudie meticulosamente la huida antes de dármelo.
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