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Época II - Año XIV
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 297
Semana del 08/11/2007
Rojas con telarañas negras
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Carmen Planchuelo
Q UIZÁS cuando termines de leer lo que hoy te voy a contar, pienses que no es más que el producto de mis muchas horas robadas al sueño. Me dirás que eso me pasa por doblar turnos uno tras otro, que la noche hace ver las cosas de otra forma, que uno ve donde no hay y que soy un tipo raro. Bueno eso ya lo sé. Estoy acostumbrado; por eso soy poco dado a confidencias, por eso casi no tengo amigos y prefiero pasar mis horas libres corriendo por la orilla del mar, mirando la luna por las noches o enfrascándome en esos cuentos en los que no sé por qué siempre hay algo de mi... pero como tú eres especial a tí sí te lo voy a contar y también porque si no saco de mi lo que ví, lo que pienso y lo que siento se me va a enquistar dentro y no sé por donde me saldrá. A veces pienso que éste miedo mío a los demás no es mas que timidez, que sólo en escasas ocasiones consigo vencer y que sólo con gente que tampoco es como el resto, puedo dejarme llevar y abrir mi atormentado corazón.

Cuando salí de mi último turno pensé que lo mejor era coger el coche, ir a casa lo mas rápidamente posible y dormir. Había perdido la cuenta de las horas que llevaba despierto. Desde hace años duermo poco, aunque esté en casa y tenga toda una noche por delante sin nada más que hacer que descansar, me cuesta conciliar el sueño, da lo mismo si estoy cansado o no, me meto en la cama y mi mente empieza a moverse por otros caminos que nada tienen que ver con la rutina del día. Mi mente se puebla de recuerdos de infancia, unos felices otros no; pienso en lo que pude ser y no soy, me vuelven las dudas, los viejos dolores, las alegrías marchitas, las decepciones pero sobre todo siento que por algún lugar de este mundo o de otro alguien me espera, alguien que al que sí puedo contar lo que a nadie más, alguien que con pocas palabras sabe qué quiero decir, que con solo mirarnos nos vamos a entender... a ése alguien cuando estoy solo, cuando en la casa tan solo se oye el suave respirar de mi hijo que duerme, le escribo desde mi rincón preferido todo lo que surge de mi corazón y de mi cabeza. A veces me da la madrugada escribiéndole versos que no sé por qué escribo en rojo... salen de mi sin mucho pensar, es como si tuvieran vida propia y cuando ya no pueden más, me dicen que les deje salir, que alguien les espera y yo les abro la puerta y les dejo irse.

Como te decía, esa era mi idea: ir a casa pero me sentía cansado, también tenia hambre y sed y pensé que seguro en casa no había nadie y a mi ponerme a guisar, aunque sea una tortilla, no es algo que me guste y menos después de tantas y tantas horas despierto, así que deje el coche donde estaba y me encamine a uno de los baretos cercanos al hotel, por supuesto me podía haber quedado en la cafetería del hotel pero necesitaba salir de allí, cambiar de aires, ver otras caras o mejor, ninguna cara; que bastantes y bien variadas las había visto ya.

Octubre tenia ya un pie en Noviembre y empezaba a refrescar, aquí el tiempo ya sabes que siempre es bueno pero, en cuanto se va el sol, los huesos se dan cuenta y si no te mueves los músculos se te quedan agarrotados, así que a buen paso crucé la calle y busque algún lugar donde cenar algo que no fuera una hamburguesa de plástico, bañada en sospechosa salsa de tomate y mostaza, a mi me gusta comer sencillo pero bien, un par de huevos a ser posible de corral y unas papas fritas amarillitas y curruscantes, un buen café solo y para casa. Los sitios que encontré tenían demasiado bullicio y yo quería un poco de tranquilidad, como mucho alguna música de fondo. Después de dar un par de vueltas encontré que “La casa de María” estaba de nuevo abierta. La verdad es que me hizo ilusión; es un lugar de esos normales donde siempre te preparan algo que comer y no te ponen pegas con la hora, se come lo que hay y punto. El personal es amable y no se sienten en la obligación de dar conversación así porque sí. Llevaba tiempo cerrada por reformas. Por fuera estaba como siempre, pintada de azul y con un enorme pez dibujado en la fachada. En verano la terraza está muy animada y la puerta siempre esta abierta pero en vísperas de Todos los Santos la vida del local se desarrollaba puertas adentro. Empuje la puerta y entré con cierta prevención, ya se sabe que cuando a los dueños les da por “modernizar”, es para echarse a temblar pero no, aquí afortunadamente las cosas seguían como siempre: un espacio amplio que lo parecía mas por los espejos que casi cubrían las paredes, mesas cerca de las ventanas y una barra con “barra” de metal y reluciente, que pocas quedan ya... no había mucha gente, la luz era suave y alguien había puesto música en la maquina, no me preguntes qué pero sé que no era algo molesto. Nada mas entrar lo primero que vi fue a ella. Estaba sentada en uno de los taburetes de la barra, no había nadie mas cerca así que mi mirada toda en ella se quedó. Era imposible no reparar en su presencia roja y negra. Mientras me acercaba la pude observar, lo primero que vi fueron sus piernas cruzadas, mas que sus piernas en realidad sus medias, que cosa, en mi vida había visto algo tan extraño, eran rojas y negras, cuando estuve mas cerca me di cuanta de que eran como el traje de Spiderman pero mucho más atractivas.

Me senté en la barra yo también y como ésta no es muy grande era imposible no quitar los ojos de la mujer, que por cierto mientras le daba vueltas al vaso que tenía en la mano, hablaba por teléfono completamente ajena a mis ojos que se resistían a dejar de observarla. Era guapa, de esas guapas que cuanto más cerca estás, más te lo parecen. No llevaba el pelo ni muy corto ni muy largo, lo que si recuerdo es que brillaba, como brillaban sus ojos oscuros y su sonrisa, debía esta muy contenta pues de ella irradiaba algo alegre y a la vez misterioso, yo creo que el misterio estaba en sus labios pintados de rojo intenso, no estaban nunca quietos: unas veces los fruncía, otras los estiraba, a veces se los mordía un poco, otras se pasaba la lengua por ellos como si necesitaran humedad. También eran muy rojas sus uñas y me di cuenta de que llevaba unos extraños guantes de esos que dejan a la vista la mitad de los dedos y las uñas, claro. Eran como de red de pescar, solo que en negro. Iba toda vestida de ese color: una falda estrecha pero normal y un jersey de cuello alto que le marcaba el cuerpo pero sin estridencias, se había subido un poco las mangas por eso destacaban tanto los guantecillos, o como se llamen. En algún momento se pasó la mano por el pelo para retirarse los rizos que el caían por el rostro y pude ver que llevaba unos pendientes muy largos, uno no es conocedor de estas cosas pero me pareció que eran como las lágrimas de la lámpara del hall del hotel de donde venía, sí como lagrimas rojas o mas bien como gotas de sangre... eran muy largos y le caían desde el lóbulo de la oreja hasta el pecho. Cuando dejó de hablar por teléfono, cambió de postura y pude ver de nuevo sus piernas envueltas en rojo y negro. Eran como un imán, en mi vida me había sentido atraído por unas medias, claro que no tenían nada que ver con las medias de las demás mujeres, es que parecía que tenían vida propia. Tan absorto estaba que me sobresalté cuando de repente escuche:
-
- No seas tímido, hombre, mírame tranquilamente las piernas que... no te voy a morder. ¿Te parecen raras mis medias? Y se rió.
- ¿?
- A que te gustan ¿verdad? A mi también, ¡me encantan!. Acércate, son telarañas, ¿ves? Telarañas negras sobre un campo rojo de sangre. Solamente las llevamos las chicas malas.

Pronunció estas palabras con un tono medio de broma,de inocencia de... no sé cómo definirlo pero que desde luego estaba muy lejos de ser el de las chicas malas o al menos de lo que yo considero chicas malas. Y se volvió a reír Yo no sabia donde meter la cara, que hacer, que decir pero la mujer estiró las piernas voluptuosamente delante de mí y me miró con una mezcla de ternura y picardía que hizo que toda la vergüenza que por un momento se había a
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