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STA frase tan contundente y sonora no es mía, qué pena Señor, qué pena que no proceda de mi magín. Cómo posiblemente ustedes sepan, corresponde al título de una obra de Stefan Bollmann que trata de la lectura femenina a lo largo de la historia y nos narra tan apasionante actividad por medio de una selección de imágenes de mujeres que leen: cuadros, grabados, fotografías... nos van mostrando una colección variada de mujeres lectoras. Unas veces lo que leen son cartas, otras libros, pero siempre la mujer aparece ensimismada, entregada y sumergida en tan absorbente y tentador placer.
Hechizadas por lo que el papel les cuenta, olvidan todo lo que no esté plasmado en esas hojas blancas. Sorprendemos a alguna en ese instante en que levanta la cabeza de la lectura y mira hacia no se sabe dónde, ¿algún paraíso descrito?, ¿algún lejano recuerdo que acude presto a la evocación?, ¿un plan de futuro?, ¿alguna que otra pícara ocurrencia? Rostros soñadores o despiertos, melancólicos o frívolos, desafiantes o humildes pero todos reflejan el impacto que el leer produce en sus corazones, en sus mentes y hasta en la posición de su cuerpo que el pintor, grabador o fotógrafo ha sabido reflejar con innegable maestría. No es mi intención hacerles una reseña crítica de este interesante libro, ni un análisis de el mismo, eso lo ha hecho extraordinariamente bien Esther Tusquets que aquí actúa de prologuista, ella repasa imágenes e intenciones, se pregunta y pregunta a los lectores si ése título canta una verdad o no, si es más peligrosa la mujer que lee o la que no lo hace... yo solamente les cuento que este libro es maravilloso, por qué me lo parece y les tiento a que lo busquen y si les gusta..., se den el homenaje de adquirirlo, que para eso estamos en la semana del libro.
Cuando el libro llegó a mis manos, con los primeros aires del otoño y del curso recién empezado, pensé en la frase en cuestión y automáticamente me vino a la cabeza otra similar en forma de pregunta , y esta ya sí de elaboración propia : “¿y las que escriben serán aún más peligrosas?”. No sé qué pensaran ustedes y especialmente las féminas que ahora posan sus ojos en estas frases que voy elaborando una tarde de primavera que huele a tormenta, a flores (las masas de lilas de mi jardín) y que posiblemente termine en diluvio o quién sabe..., quizás las nubes pesadas y grisáceas decidan cambiar su rumbo y ésta noche sea pura, negra y estrellada como la anterior... La primavera es así: sorprendente e incierta y en eso se parece a la lectura. Pocas veces sabes los secretos que se esconden tras los tipos negros, y por secretos entiendo todo aquello que me es desconocido, sea de la índole que sea. Si los días de primavera son imprevisibles (empiezan con sol radiante, terminan en lluvia), los libros también tienen ese comportamiento, cuántas y cuántas veces un libro -aparentemente anodino- nos abre los ojos o nos conmueve el corazón, cuántas los más alabados por la crítica nos dejan fríos y cuántas más una lectura que cuesta seguir y se hace tediosa al final nos sorprende tan gratamente que volvemos a ella... Eso tienen en común lectura y primavera: que lo que empieza de una forma no tiene porqué seguir el mismo camino hasta el final, y es que los libros previsibles le quitan mucho de aventura al placer de leer.
Los buenos libros lo son porque te prenden a ellos. Mientras los lees notas que algo de su espíritu se mete en ti, que te despiertan la imaginación, el deseo de saber, conocer, experimentar, por supuesto reflexionar... La lectura te puede inquietar como al parecer “inquieta” a la mujer vestida de azul que Vermeer sorprende leyendo una carta; fantasear ricamente igual que lo hacen las damas dieciochescas cubiertas de gasas, encajes y rasos en sus coquetos boudoirs; meterte en un mundo extraño y nuevo por el cual corres hacia lo desconocido, de la misma forma que Alicia -una plácida tarde de verano inglés- descubrió el mundo siguiendo la alocada carrera del conejo blando de ojos rojos. Las “peligrosas” mujeres que viven en este singular libro, buscan la soledad y la intimidad para disfrutar de la lectura; las podemos ver recostadas en tumbonas, camas y divanes de su hogar (absolutamente maravillosa la “Joven decadente” de Casás i Carbó) en esos momentos de calma y lujo personal en que te olvidas del mundo cotidiano y conocido; el jardín suele ser otro escenario que invita a sumergirse en el libro, jardines de rosas que dibujan sombras en la hierba y en los estanques de reflejos verdes... , hasta en la umbría del bosque aparece la mujer lectora reflexionando sobre lo que acaba de descubrir, en esta caso es la sensual “Magdalena penitente” de Corregio.
Leer es algo propio y para uno mismo, por eso cae dentro de los placeres solitarios, pero todos nosotros hemos llegado a la lectura en compañía. Quizás alguno de ustedes aprendió solo y sin ayuda de nadie descubrió un día que los signos negros que acompañaban a las ilustraciones de los libros, tenían un significado, decían algo, ¡contaban una historia! Pero lo normal, para el común de los mortales, es haber llegado a este camino acompañado. A mi fue mi familia la que me inició en el mundo de los libros. Me leían cuentos, me contaban historias y recuerdo con ternura infinita la llegada de los lunes en que mi padre, a la hora de comer, se presentaba con el ejemplar semanal de El Capitán Trueno y nos lo leía, ese era el mayor encanto del lunes. A mediados de semana y ya siendo una niña mayor (9 ó 10 años), mi tía Julia me compraba Mari Noticias, las historietas de una intrépida reportera de los años sesenta, que para mi el era él modelo de modernidad al que aspiraba para mi futuro. Para entonces ya leía sola, pero me seguía encantando sentarme a escuchar el cuento en la voz de mi tía o de mi abuela o de mi madre. En verano a la hora de la siesta, mamá y nosotros dos, formábamos una estampa muy similar a la que Antón Ebert plasma en su obra “Cuentos para antes de dormir”.
La mayor parte de las mujeres que aparecen en los cuadros que Bolmman ha elegido en esta peculiar historia de la escritura, están solas, concentradas en el texto que tienen en las manos. Esther Tusquets repara y nos hacer fijarnos en la imagen de Marlyn Monroe leyendo el Ulises, la bella y sexy rubia parece haberse olvidado del mundo y hasta de peinarse mientras concentra toda su atención en tan hermética obra. Pero a veces, muy pocas, las mujeres comparten este gusto con otras. Es el caso de las amigas que se reúnen para ver libros ilustrados (los “santos” que se decía en mi infancia) o bien cada una inmersa en su propia lectura; o de las hermanas que Vanesa Bell ha pintado y que tranquilamente leen sus libros sentadas cada una en un esquina del sofá, entre ambas las muñecas duermen. Sobre Amaryllis y Henrietta, que así se llamaban las jóvenes modelos se cuenta una divertida anécdota que yo no les voy a destripar. No podía faltar la imagen de las mujeres que buscan en los libros el conocimiento y como Mujeres sabias Harald Metzkes las ha bautizado y que nos esperan pacientemente en la GaleriaLeo Coppi de Berlin.
¿Son peligrosas las mujeres que leen?. Algunos pensarán que sí, que leer saca de la ignorancia, de lo dado por hecho, que las desvía del camino marcado para ellas, que les llena la cabeza de fantasías, ensoñaciones, de “pájaros” y les hace perder el norte que les es propio, que si leen no les escuchan. Al hilo de este comentario, me viene a la memoria cómo mi abuela enseñó a leer a la guardesa de la finca en la que pasamos una temporada y cómo lo hizo a pesar de la fuerte oposición del ignorante del marido que debió pensar “a ésta la señora me la va a desgraciar”. También es cierto que mi señora abuela le ponía frases para escribir del estilo de “al hombre del codo y no del todo”. Sin comentarios. Afortunadamente en nuestro primer mundo quedan pocos seres como este energúmeno, pero no así en los otros donde el analfabetismo no está erradica
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