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Época II - Año XIII
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 269
Semana del 26/04/2007
Deconstruyendo España


Ricardo Navas-Ruiz
L LEVO mucho tiempo, demasiado, en silencio. Las cosas que están pasando por la piel de toro y en mi propia vida no son todo lo racionales ni atractivas que requeriría una escritura inteligible y sensata. Y, ¿para qué escribir de irracionalidades, de desgracias, de cosas que parecen manejadas por el absurdo, como esas películas de fantasía a que nos tiene acostumbrados el cine más reciente? Para eso ya están la tragedia griega y Shakespeare. Que si Cataluña es o no es una nación, que si el gobierno y ETA ya han acordado la independencia progresiva de Euzkadi incluida la entrañable Navarra, que si a Franco hay que resucitarlo de entre los muertos para quitarle los doctorados honoris causa o borrar su nombre de la historia, que si el presidente del Gobierno se anda por Babia,- tierra de León por cierto - , o peor aún, liándola intencionadamente, que si los jueces no saben, no quieren o no se les permite juzgar correctamente, que se premia a los asesinos y se condena a la víctima, que si España deja o no deja de existir, que a este paso migratorio, todos moros y hablando árabe, que si los españoles no reaccionan ante nada, que sé yo que más que todos los días llena páginas y páginas de los periódicos y los blogs a favor, en contra o en medio. Y encima marchas y marchas por esto o por lo otro.

Ante tanto diluvio como nos cae encima, quedan tres alternativas obvias aparte de algunas otras menos deseables. Podría uno limitarse a exclamar, como Larra en un célebre artículo de 1836, “Dios no asista,” y esperar tranquilo lo que venga, dicho de modo castizo, abrir el paraguas y dejarlo que caiga, como dicen que se dice en Haro cuando llueve, y dedicarse en la paz del estudio, lo mismo que Borges en “Tlon, Uqbar, Orbis Tertius,” a completar ante la catástrofe inminente una traducción intranscendente que posiblemente nadie publicará. La Historia en acción, es decir, los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa, -cito una ironía de Antonio Machado -, no hay quien la entienda, es un caos en el que sólo los historiadores de buena voluntad tratan de poner orden y de explicarlo cuando ya ha pasado, que los de mala aún lo enredan más.

Una segunda actitud muy practicada en estos días es la acción directa. El descontento de una parte de la población por la actitud de los que mandan suele manifestarse en las democracias mediante el voto periódico, apeando del poder al considerado inepto, aunque no siempre ocurre, que los pillos tienen sus trucos para engañar. Y si no, que se lo pregunten al señor Bush. Pero hay casos en que prima la impaciencia ante hechos que se creen funestos para el país. Aparece entonces el grito, las manifestaciones multitudinarias, el vulgarmente llamado derecho a la pataleta, para hacerse oír por un gobierno que se hace el sordo, que se cree correcto y que se ampara en su mayoría para imponer sus puntos de vista. Ortega y Gasset apuntó muy agudamente que la acción directa es un síntoma claro de que la democracia no funciona bien, de que quien manda no sabe convencer. El resultado a la corta es la crispación, la polarización de la sociedad, la prepotencia de los que imponen sus criterios y la protesta de los que no logran los suyos. A la larga puede ser la dictadura o la guerra civil. Gracias a Dios los militares españoles de hoy no parecen estar por ellas ni mucho menos.

La tercera posibilidad es mirar hacia la historia por si en ella se pueden percibir por similaridad atisbos de lo que va a ocurrir. Después de todo, quien en un presente aciago no se consuela con un futuro de esperanzas, es porque no quiere, pues en el pasado el porvenir ha solido apuntar por donde menos se esperaba y terminar por resolver el guirigay que nos aturde y asusta. La España del “Dios nos asista” larriano, dividida, arruinada, en guerra civil, por aquí se anda todavía tras doscientos años, algo maltrecha, eso sí, pero rozagante, enterita y rica, como nunca lo estuviera. ¿Quién se lo hubiera dicho al ilustre suicida? ¿Y no podría ocurrir que, a pesar de todo, la crisis de hoy día diera al fin origen a otra España fuerte, unida, próspera, con todos los españoles dedicados a tareas serias y no a jugar a dividirse como niños maleducados o rencorosos Ojalá, que desgraciadamente las cosas pueden torcerse

Pero esto de mirar a la historia tiene que hacerse con sabiduría y objetividad para no caer en engaños. Hay en ello ventajas como esa que tan bien supo apuntar Cervantes en el capítulo IX del “Quijote” siguiendo una tradición clásica: que de ella se aprende por ser maestra de la vida. Por eso quizá dicen algunos que quien la desconoce está condenado a repetirla. Tiene no obstante también inconvenientes. Ya la Biblia ejemplificó en Lot lo que mirar a la historia morbosamente puede ocasionar, la autodestrucción: por mirar hacia atrás su mujer se convirtió en estatua y no perenne, sino deleznable, de sal. Entre los dos extremos, un tanto dentro de funciones aleccionadoras, es mejor optar por una actitud mucho más científica y objetiva. En este sentido y con objeto de liberar la historia, o más exactamente su interpretación, de ideologías interesadas, hace ya doscientos años que Augusto Schlegel propuso el postulado de que la historia de cada pueblo y de cada período es única e irrepetible y, por lo tanto sólo inteligible dentro de sí misma y sus circunstancias sin posibles aplicaciones a otros pueblos u otros períodos. Con ello se desterraban, entre otras cosas, esas manías de juzgar, por ejemplo, a ciertas culturas como primitivas o bárbaras desde criterios europeístas o condenar el Siglo de Oro español desde el neoclasicismo francés o el liberalismo.

No está de más recordar este supuesto en un tiempo en que con no poca frecuencia profesores y maestros, políticos y demagogos invocan irresponsablemente la historia para justificar propuestas actuales de organización del Estado o para lavar el cerebro de estudiantes inocentes. No es raro oír alabar a la segunda república como modelo para construir la España de hoy. Están también los que quisieran volver a la Edad Media y los pequeños reinos cristianos o árabes como justificación para una supuesta independencia. Nada se diga de quienes aún piensan que con Franco se vivía mejor. ¿Y qué decir de quienes se apoyan en mitos y fábulas para dotarse de una identidad que nunca tuvieron? Como ejercicio retórico, sentimental o de deconstrucción, o como añoranza de pasados idos, vale, que de muchas maneras cabe pasar el tiempo. Pero como programas serios de cara al futuro y la construcción de España parecen utopías trasnochadas, cuando no muestras de resentimiento y mala fe.

Bien está y hasta es necesaria la que hoy se llama deconstrucción, esa constatación de que todo signo lingüístico, - la palabra España lo es -, precisamente por su carácter polisémico, está abierto a la ambigüedad y puede ser sometido a examen periódico de validez. El concepto España, como todos, cabe ser replanteado desde muchos puntos de vista. España puede existir cono monárquica o como republicana, liberal o conservadora, centralista o federalista, hasta me atrevería a decir como católica o atea. Lo que no cabe hacer es precisamente negar el signo sin destruir el concepto. Y el signo España, reducido a su esencia mínima, es una existencia histórica dentro de un determinado territorio a través de la cual se han desarrollado los avatares de una comunidad humana.

Y de eso ya hace tiempo, desde que los romanos unieron el territorio bajo el manto amparador de Hispania. Con el desgarrón de Portugal, subsiste hasta hoy en día como ellos la legaron. Una vez se perdió, sólo una vez, cuando los godos no supieron defenderla de los árabes. Tan trágica fue la pérdida que las crónicas y los romances hablaron de la destrucción de España y tuvieron que inventar leyendas para explicarla. Y tan inaceptable fue que durante ochocientos años se luchó para reconstruirla. Y aquí está ahora, ofreciendo su mano a los que h
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