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OSÉ María Aznar es un hombre serio. De firmes convicciones. “Cabezón” si se prefiere. Hace sus planes y rara vez los cambia. Cuentan de él que en la última Cumbre Iberoamericana, en Santo Domingo, hace sólo unas semanas, durante el viaje en avión al aeropuerto de Punta Cana dio instrucciones a los pilotos de continuar y no regresar a Madrid con tal de no llegar tarde a su cita, y eso que habían detectado que el avión tenía averiado el sistema hidráulico, con lo que resultaba peligroso el aterrizaje. Ojo, no es que sea un temerario y vaya por ahí poniendo en riesgo su vida y la de las personas que le acompañan. No, no es el caso. Tan peligroso era aterrizar en Santo Domino como en España, así que asumió el mismo riesgo, aunque con su elección, al menos, tras un aterrizaje con problemas pero feliz llegó puntual al lugar donde le esperaban.
En el caso del Prestige la personalidad de Aznar ha vuelto a surgir de forma espontánea. Un ex ministro hace unos días me decía: “si a mí me hubiera tocado vivir la tragedia del Prestige sentado en el Gobierno desde luego me habría ido con unas botas y un chubasquero a Galicia a llorar junto a las gentes del mar”. Son formas diferentes de entender la vida y, por ello, la política.
José María Aznar consideró que su sitio, al principio de la catástrofe del Prestige, no era el de estar llorando en la playa al lado de los damnificados, sino sentado dieciocho horas en su despacho de La Moncloa, imponiendo a sus ayudantes sesiones infernales de trabajo, coordinando a los que tenían que poner en marcha las soluciones. En Galicia, a pie de mar, ya tenía a su vicepresidente primero, Mariano Rajoy. Después tendría tiempo él de ir a Galicia con todo lo hecho bajo el brazo.
El presidente del Gobierno creyó mucho más necesario, por ejemplo, impulsar a todos los departamentos ministeriales para que automáticamente se aprobasen fondos suficientes para dotar de material necesario a las tareas de minimización de la tragedia, o estar en permanente contacto con Bruselas para, aprovechando lamentablemente la coyuntura, impulsar de una vez medidas europeas que eviten que este tipo de tragedias vuelvan a repetirse. Cuidado, también podía haber decidido irse a Galicia calzado con unas botas de agua enfundado en un chubasquero y hacerse una foto que fuera portada de todos los periódicos del mundo. Eso quizá hubiese sido lo más sencillo. Se resistió a la tentación. Eso, seguramente, hubiese sido más efectista y –¿por qué no decirlo?-- electoralista y sin embargo mucho menos práctico para los gallegos. En fin, José María Aznar tiene sus manías.
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