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  Firmas Invitadas - Edición Nº 306
Semana del 09/01/2008
Zapatero y la Iglesia
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José Meléndez
M UY mal le ha sentado al PSOE en general y a José Luis Rodríguez Zapatero en particular la impresionante manifestación del pasado sábado 30 en Madrid en defensa de la familia cristiana y ambos, gobierno y partido, han reaccionado como los boxeadores que quedan medio “groggy” ante un certero golpe del contrario, lanzando puñetazos imprecisos por un instinto embotado en la neblina de la semiinconsciencia. Lo que ocurre es que en vez de puñetazos han lanzado majaderías, como la de Pepiño Blanco –bien señalada por mi compañero Wifredo Espina en su lúcido artículo de la semana pasada- conminando a los obispos a formar un partido político si tienen algo que decir o la vitriólica del presidente del partido y jefe con vocación caciquista de Andalucía, Manuel Chaves.

Pero ahora, ha sido el propio Rodríguez Zapatero quien ha seguido el mismo camino, aprovechando los corrillos que se forman con los medios de comunicación en la gala de la Pascua Militar. Zapatero no pudo contener su rabia y arremetió contra los obispos, criticando especialmente a los cardenales Rouco Varela y García Gasco, mientras trataba de producir una escisión en la Conferencia Episcopal, elogiando la “sensatez” de su presidente monseñor Blázquez. Y en medio de su inquina, soltó también su majadería, afirmando que “nadie puede imponer ni la fe, ni la moral ni las costumbres”. Esta es una afirmación de profundo calado, que denota una mente ofuscada por el relativismo y sesgada por la errónea interpretación de los principios.

Es cierto que la fe no se puede imponer, porque es consustancial a la conciencia y albedrío de cada individuo. La moral está determinada por las normas de la buena conducta, tanto cristiana como social y hay que enseñarla para evitar descarriamientos peligrosos que acabarían llevándonos a la época salvaje de las cavernas. Las costumbres son la tradición que avala el cumplimiento de lo que nos enseña el Dogma desde los albores del Cristianismo. La Iglesia no impone la fe, sino que la defiende porque tiene el derecho y el deber de hacerlo –y que no vuelvan a sacar como contrapartida el tema de la Inquisición, fenómeno de una época en la que se colgaba o quemaba a cualquier ser viviente porque una vida no valía nada- y su labor de magisterio es imprescindible en un mundo cada vez mas proclive a los embates contra los preceptos cristianos. Ese es el peligro de la frase pronunciada por un jefe de gobierno que puede dar pié a una generación joven y, en muchos casos, sin el freno de los principios, para hacer lo que le venga en gana-

Se ha demostrado con el paso del tiempo que la famosa afirmación de Manuel Azaña de que “España ha dejado de ser católica” tenía el mismo valor equivocado que las profecías de Zapatero, porque ni uno ni otro, ni todos los que se empeñan afanosamente en ignorarlo, pueden negar que en España hay una gran mayoría católica. Legal y constitucionalmente. España es un estado aconfesional, pero no es anticristiano, ni antievangélico o antiislámico. Y si esta gran mayoría católica existe y se rige o debe regirse por unos preceptos muy concretos, son los ministros de la Iglesia los que deben cuidar de asuntos tan importantes como son los del alma. Y esos preceptos están siendo ahora atacados por un gobierno. que, por motivos muy distintos de los que dice tener, legisla para ampliar los derechos civiles que dice defender hasta extremos que tratan de socavar los cimientos de lo que ha sido guía de la humanidad durante mas de veinte siglos.

Los ataques a la Iglesia católica por parte del gobierno socialista de Zapatero se han venido sucediendo desde que se instaló en la Moncloa. La revisión de la financiación, definida en el Concordato que ha venido regulando las relaciones entre el Vaticano y el Estado español, fue la primera confrontación, seguida por la desaparición en la enseñanza pública de la religión como asignatura evaluable y equiparable a las demás, sustituida por una polémica Educación para la Ciudadanía, en la que los principios cristianos están ausentes. Y la función del matrimonio como unión de un hombre y una mujer con vocación perdurable para formar una familia, queda superada por voluntad unilateral del legislador al introducir una nueva fórmula de matrimonio homosexual entre dos hombres o dos mujeres, que atropella la esencia natural de la unión matrimonial bajo la invocación de los derechos de una minoría sin tener en cuenta que ello puede ofender a los de la mayoría. La legislación del divorcio express y del aborto, que quita el derecho a la vida a más de cien mil criaturas anualmente, que ya viven en el vientre materno, son ataques directos a los cimientos de la institución familiar ante los que los obispos tienen que reaccionar porque es su obligación. El divorcio ha existido desde tiempo inmemorial y es un instrumento conveniente cuando la convivencia de un matrimonio se hace intolerable, pero siempre ha sido un proceso largo y minucioso, dando tiempo tanto para una posible reconciliación como para analizar los hechos que hacen la ruptura irreparable. Esta nueva moda del divorcio express nos depara unos números alarmantes, más de trescientos mil en un año. Ante esa realidad, la Iglesia no tiene mas remedio que intervenir en defensa de la familia cristiana, que es el pilar donde se asienta la sociedad.

A Zapatero se le llena la boca hablando de libertad y democracia. Las invoca constantemente, pero son una libertad y democracia a su medida, tanto en su aspecto político como social. No es difícil aventurar que Zapatero no es creyente. En cuatro años de discursos y comentarios desbordantes de retórica hueca y verbo fácil no ha mencionado el nombre de Dios ni una sola vez, ni como exclamación. Está en su derecho, porque las creencias son, quizá, la parte más íntima y respetable del ser humano. Pero como gobernante tiene la misión de acatar las tendencias espirituales de sus gobernados. Sin embargo, esta actitud suya frente a la Iglesia católica obedece no solamente a una postura que es la que mayoritariamente ha tenido siempre su partido, sino a un afán de atizar en vísperas de los idus de marzo, el sentimiento anticlerical que ya jugó su papel en el pasado, durante los turbulentos días de la II República, cuando los encendidos discursos de Largo Caballero e Indalecio Prieto acabaron provocando la quema de conventos. Lo que pretende ahora es reavivar el choque entre “progresistas” y “retrógrados”, para captar el voto de una parte de la sociedad cada vez mas alejada de la religión. Y para ello, nada mejor que brindarse a los que se han desviado de los conceptos tradicionales como el paladín del modernismo progresista. Pero eso tiene un peligro. La defensa de la familia como bastión de la sociedad cristiana no es solo cosa de dos cardenales “retrógrados”, sino que el Papa Benedicto XVI se ha pronunciado ya hasta tres veces en el mismo sentido. Y, naturalmente, el enfado socialista ha llegado a alcanzar al Santo Padre. El inefable Pepiño, que ahora se siente también perseguido, además de por los visones, por los obispos, le ha lanzado al Papa una pregunta que encierra una estupidez sublime. Le pide que explique si entiende por familia tradicional que la mujer se quede en casa “con la pata quebrada”. Y habría que preguntar a su vez a Pepiño, ¿qué tiene que ver que la mujer se quede en casa o no con el matrimonio entre dos maricas, que es de lo que se trata?.

El que hayan seguido la línea marcada por Zapatero y desarrollada por Pepiño Blanco, un par de ministros, un ex ministro y hasta un ex presidente, indica claramente cual va a ser el tono de la campaña electoral de un partido que a falta de otros argumentos para explicar sus errores, trata de atizar el anticlericalismo para colgar a la oposición –que, hasta ahora no ha entrado al trapo- la etiqueta de beatos reaccionarios como ya le colgaron la de franquistas o fascistas. Todo vale si se ganan votos.

El gobierno español está dando un mal ejemplo al mundo cristiano y un
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