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S interesante, a mi juicio, lo que, hasta la fecha, ha escrito y publicado aquí Blanca Sánchez de Haro. Desde el día en que leí su primer artículo, "El problema de Sócrates", hace ahora tres meses, concretamente el 22 de marzo de este año, supe que su aparición en esta publicación iba a significar, por lo menos, un saludable crecimiento de la pluralidad, para bien de los lectores y opinantes de Vistazo a la Prensa. Lo mismo debieron pensar, creo yo, todos los que se asomaron al foro para darle la bienvenida , como son Miguel Martínez, Antonio Castro Villacañas, Juan Urrutia, Paloma González-Tablas, Nacho, Carmen y cinco o seis comunicantes más bajo seudónimo.
Comprendo que si se compara la importancia de ciertos hechos históricos como los que nos relata Victoria Prego en TVE mientras escribo estas líneas, poca importancia habrán de tener nuestras cosas más íntimas, como suelen ser las que aquí contamos en nuestros artículos. Sin embargo, lo único que queda, después de los macabros y repetidos sucesos del telediario, es nuestra conciencia.
El testimonio personal de Blanca acerca de la fe en Dios me induce a recuperar y a repetir aquí algunos fragmentos del artículo que publiqué hace cuatro años, titulado "Lo que se esfuma y Dios".
Bien sabe Blanca que nunca intentaré convencerla de que existe el que ella cree que no existe. Para ella y para todos los que, como ella, se interesan por las personas, más que por sus condicionamientos políticos, sociales y culturales, expongo a continuación algunos aspectos ´muy personales, absolutamente sinceros, de mi existencia. Decía en aquel artículo:
Yo no he militado nunca, a lo largo de mis sesenta y tantos años, en ningún partido político. Recuerdo que, cuando era jovencito, me dijeron que yo era militante de Acción Católica, en la rama de Aspirantes, y recuerdo que llegué a cantar los dos himnos a todo pulmón. Uno, el de los chicos, empezaba así: "Aspirantes, los primeros, a luchar de Cristo en pos, a ganar los compañeros, a ganarlos para Dios..." El otro, el de los mayores, era otra cosa: "Heredero del historial hispano, paladín soy cruzado de la fe, caballero español y cristiano, por la causa del bien lucharé..." La lucha, por lo que ahora veo y recapacito, era el eje de mis primeras canciones testimoniales. Lo de "cantemos al Amor de los amores" o aquello otro de Pemán, "Cristo en todas las almas y en el mundo la paz" y también "igual que la palmera que alegra el arenal, queremos que en el centro de la vida, reine sobre las cosas tu eterna caridad" eran otros cantares más finos, más poéticos, más civilizados y, por tanto, menos frecuentes.
Sin embargo, no acabaría yo de descodificar internamente mi autorretrato de creyente, si no hiciese referencia a determinadas personas que me indujeron a la catarsis de la confesión. Hablar de lo que fui ayer no es lo mismo que hablar de lo que soy ahora. Al menos, retratar al adolescente que amaba a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo no ofrece las mismas garantías de veracidad que las que puede haber en el retrato del viejo escéptico y desengañado que ahora mismo soy.
Me gustaría hablar del periodista que triscaba por el mundo, del joven que patinaba por la piel del misterio y, por fin, del chiquillo que daba saltos de alegría el día en que su padre volvió a casa, después de dos años de campo de concentración, y que viviría ocho o nueve años más de posguerra y hambre, de marginada adolescencia, con el mismo amor y con el mismo tranvía a la Malvarrosa en que se montaba su amigo Manuel Vicent, pero sin una familia rica, como la suya, o sabe Dios sin qué...
El reverendo Joan Capó Bosch, que en gloria esté es uno de los teólogos más eminentes que ha habido en Mallorca en el siglo XX. Era de Andratx, paisano de Baltasar Porcel y amigo mío, como un hermano mayor, desde mi juventud hasta su muerte. Él fue quien me embarcó en la épica del proselitismo. Mi padre era profesor y compañero suyo en el Instituto Ramón Llull de Palma, durante mis últimos años de bachillerato, a principios de los años cincuenta, pero mi padre no quería tener ningún tipo de relación con los curas y llegó, incluso, a discutir con él, cuando se percató de que me había encandilado con sus predicaciones."Reza por tu padre", me decía siempre el reverendo Capó. Según mi padre, todo lo que predicaba Capó eran cuentos para solapar la injusticia social del régimen de Franco, una forma sutil de reconstruir o reforzar el fascismo o, también, el comunismo que, según su mentalidad, eran las dos consecuencias naturales de la revolución rusa de 1917. Mi padre y toda mi familia, así como don Joan Capó estaban en contra del nacional-catolicismo que Franco había impuesto..."
En resumen: Gracias al teólogo Capó y a la intachable honestidad de mi padre yo me tí de lleno en la aventura mística de creer en Dios, sabiendo que mi fe, como la fre de cualquier persona, nunca es el mérito de un esfuerzo, sino el regalo de un Dios que nos ama.
Pasé unos años en las nubes del ideal y de la fe.
Después, me bajé de las nubes y me dediqué al periodismo y a la literatura intensamente. Fueron dias, años, largos años de vino y rosas, sin apenas acordarme de Dios, aunque nunca pronuncié su nombre en vano.
Al cabo de cuarenta años, un día de primavera en que y paseaba por el campo con mi hijo Óscar, que ya estaba enfermo y ya tenía paralizado el brazo izquierdo, al ver que dirigía sus ojos repetidamente al cielo, le pregunté que qué miraba y él me contestó con una sencillez total: "Busco a Dios".
Juro que la emoción me ahogaba en aquel instante. Y ahora, también.
He pasado cuarenta y muchos años de mi vida sin acordarme de Dios para nada.
Me tragué las lágrimas y le pregunté: "¿Dónde está Dios, hijo mío?"
Óscar, poniéndose su mano derecha en el corazón, dijo: "Aquí, padre, en el corazón, tenemos a Dios".
Óscar ha muerto y yo creo en Dios, pero sólo cuando me pongo la mano en el corazón. En este viejo y zurrado corazón. Amén.