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Época II - Año XIV
Edición Nº 4127
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 312
Semana del 23/02/2008
Congreso de FIJET sobre el Nilo (I)


Miguel Ángel García Brera
C OMO ya he anticipado en anterior colaboración, viví una magnífica semana en Egipto, a fines del mes pasado, con motivo de celebrarse en ese país el 49º Congreso Internacional de FIJET, y una vez más me reafirmé en la idea de que la tierra de los Faraones es una de las pocas cuya diferencia con el resto del mundo es abismal. Lo digo en el sentido de que, por ejemplo, pasear por Europa, por Hispanoamérica, por Asia, o por el resto de África permite disfrutar de maravillas que, aún siendo únicas en sí mismas y atrayentes al máximo, tienen algún parecido con otras existentes en los diferentes países del entorno, pero no hay otro mundo con una particularidad tan destacada como el egipcio.

El Congreso de la FIJET ha reunido a casi dos centenares entre delegados y acompañantes, con estancia y visitas en El Cairo, esa urbe inmensa, cuyo tráfico es un ejemplo de libertad bien autoadministrada, ya que, haciendo cada conductor lo que le da la gana, y casi sin semáforos, en espacios inverosímiles, con adelantamientos de infarto, apenas se ven accidentes de tráfico. Una ciudad variopinta, donde conviven todas las razas y civilizaciones en un aparente caos, que no es tal gracias al sentido tolerante, amable y, por lo general muy paciente de la población. Una ciudad donde hasta el cementerio, con el paso del tiempo, se ha convertido en barrio inmenso, donde los vivos ocupan los panteones, conformando un fenómeno sociológico notable, e incluso dando lugar, hasta no hace mucho, a un circuito de interés turístico.

En El Cairo, los congresistas visitaron el barrio de Gizeh, donde las pirámides imponentes desafían al tiempo y la Esfinge lo interroga, dejándonos la misma sensación que expresé en un verso recogido en mi libro Pasión por la Justicia: “el tiempo es una cosa sin sentido con ángeles y locos”. Los de FIJET nos acercamos también al barrio copto, en el que las iglesias cristianas se abren al visitante con sus iconos dotados de ingenuidad, minimalismo y recuerdos evangélicos. En la de San Sergio, en la que parece se refugió la Sagrada Familia, en su huida de Herodes, nos abordó un joven –yo viajaba con toda mi familia, aunque no huyendo de Herodes; ni siquiera de Zapatero- de unos veintitantos años, para ofrecerme, en español, una explicación del templo, gratuita y movida por su sentido del apostolado al declararse cristiano copto. Acepté sus servicios, que fueron excelentes, y me encantó comprobar que él – un muchacho egipcio, tal vez nubio por su tez obscura - y yo – un creyente español – rezábamos al mismo Dios y creíamos en el mismo Cristo. También me agradó saber que un país donde tanto se juega al regateo y a la inveracidad que comporta, en cuyos bazares los vendedores aseguran regalarte cosas que dejan en tus manos, como principio de un diálogo para luego ponerle precio e iniciar el regateo, mi esporádico cicerone, se negó en redondo a aceptar los euros que le alargaba al despedirme, mientras me decía: “Lo he hecho con gusto, porque soy creyente y me gusta enseñar mis iglesias”.

Visitamos también la Ciudadela, debida a Saladino, que data del año 1183, y una vez más recé a mi Dios en la gran mezquita de alabastro, construida en 1830 por orden de Mahamed Ali, porque para mi cualquier templo de cualquier religión me acerca al Dios que está en todas partes. Motivos para rezar hay sobrados en esa mezquita, de estructura grandiosa, en cuyo interior – los pies descalzos, claro - uno se siente pequeño y emocionado ante la calidad artística de cada bóveda, fachada o arco, y sorprendido al hallar en ella la tumba de Ali Pacha, y, en el patio, el regalo francés de un extraño reloj que nunca funcionó, mientras su correspondiente egipcio fue el Obelisco que se alza en Paris, en la Plaza de la Concordia .

Toda una mañana la vivimos en el Museo de El Cairo, excepcional vitrina, donde se amontonan las reliquias del pasado con tal profusión y variedad, que podrían pasarse meses enteros y no se habría visto todo con el detalle que merecen las hermosas piezas; tanto las colosales como las diminutas. Por poner algún ejemplo, la firmeza del Escriba, la ternura de la mujer en el conjunto de la familia del enano, y, la sala dedicada a Tuntakamon, -faraón de notoriedad mundial, pese a su paradójica pequeña importancia, pues murió a los 18 años, tras reinar seis-, que recoge parte del tesoro hallado en su tumba inviolada. por Howar Carter, en 1922, permiten tomar contacto con un mundo tan maravilloso que no admite descripción y hace surgir en cada persona diversos sentimientos ligados, predominantemente, a la ternura, a la estética o a la metafísica.

Como no podía ser menos, no falto en el programa el tiempo para compras, con recorrido por el célebre mercado de Khan el Kalili, que nos ocupó media tarde y supo a poco, ante la avalancha de ofertas tentadoras en un ambiente de regateo y colorido inimaginable. Algunos fumaron una shisha en el café Fishawy, creyendo ver entre sus muros la sombra de Naguib Mahfoud y de otros célebres escritores y artistas que hicieron célebre el lugar con su habitual presencia.

En días sucesivos, el grupo – procedente de 17 países – se desplazó en avión hasta Luxor para buscar al padre Nilo. Y no fueron suficientes los carretes ni las cargas digitales para atesorar el asombro, la emoción, la curiosidad y la admiración que en el centenar largo de periodistas y en sus acompañantes produjo el paseo sosegado por delante de las esfinges con cabeza femenina o, de los carneros, según fuera el templo de Luxor o el de Karnak el espacio visitado, en la tierra tebana. Columnas de lotos, colosales figuras de faraones y reinas, de dioses de la amplia mitología egipcia, espacios labrados con escenas históricas o relatos fúnebres, se agolpan en esos monumentos que, aunque en ruinas, milagrosamente han resistido, con todavía imponente aspecto, el peso de los siglos y el paso de los países depredadores, cuyos museos llenaron con el expolio ajeno. También desde Luxor, un excitante paseo, con prólogo en los gigantescos colosos de Memnon y visita al templo de Hatshepsut, escavado en las rocas del Valle de las Reinas, finalizó en el de los Reyes y permitió a los periodistas el descenso a las tumbas de algunos faraones, verdaderas capillas subterráneas donde la perfección de los dibujos, del color, de las alegorías y del ritmo – con cadencia cinematográfica – hace pensar que, de haber podido ver los muertos su entierro, habrían tenido la seguridad de estar abordando el Paraíso.

Y para no alargar el relato, dejaré para la próxima semana el recorrido fluvial desde Luxor a Asswan.
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