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  Firmas Invitadas - Edición Nº 280
Semana del 12/07/2007
La desfachatez demagógica de Zapatero


José Meléndez
A pesar del estruendo victorioso de los socialistas, de unas encuestas poco fiables y de la unanimidad de los influyentes medios de comunicación afines, que han otorgado a Rodríguez Zapatero el triunfo en el reciente debate sobre el Estado de la Nación, lo único que quedó claro es que el presidente fue en el Congreso como esos boxeadores que aguantan todos los golpes sin besar la lona y cuyo único objetivo es llegar de pié al término del último asalto. A esos boxeadores se les llama “encajadores”, pero nunca alcanzan la gloria de los entorchados. Zapatero aguantó todos los golpes que le lanzó Mariano Rajoy y llegó en pié al final. “Groggy”, pero en pié, quizá porque su adversario no acertó con el golpe definitivo tras un sólido discurso en el que tocó todos los temas que representan el fracaso de esta legislatura como la política económica y social, la subida de los precios, la violencia doméstica o la Ley de Dependencia y la política exterior o porque sus artimañas fueron suficientes para evitarlo. Y aún tuvo fuerzas para echar mano de la demagogia y convertirse en paladín de la natalidad, tema que nada tiene que ver con la esencia y el sentido del debate que se celebraba.

Zapatero ejerce la política con artes de jugador de ventaja. Cuando se ve acorralado por los problemas, siempre tiene un as escondido en la manga y lo saca en el momento justo, sin cortarse con sonrojos ni prejuicios éticos, adornando la acción con un alud de palabras huecas y deformaciones que hacen mella, no solo en sus adictos, sino en las mentes ingenuas que se tragan todo lo que les echen, que son muchas.

Esas artes le llevan a incurrir en estruendosas contradicciones que, sorpresivamente, parecen pasar desapercibidas para el vulgo. Lleva toda su legislatura acusando al Partido Popular de hacer política proselitista con el terrorismo, él, que llegó al poder por la instrumentalización que hizo su partido de la trágica matanza de los trenes de Atocha. Y lleva toda la legislatura engañando a la opinión pública sobre el desarrollo de su “proceso de paz”, sin dar cuenta de lo que ha tratado en las negociaciones con ETA y en el debate calificó de “disparate” la petición que le hizo Rajoy de mostrar las actas de esas negociaciones, que el diario proetarra “Gara” va desvelando poco a poco.

El paladín de la Memoria Histórica, el nieto del abuelo que le ha jurado odio eterno a Franco y a la derecha, resulta que cuando le conviene imita al odiado dictador e impone a las mentes infantiles una asignatura, la Educación para la Ciudadanía, que nada tiene que envidiar a la Formación del Espíritu Nacional franquista. Y ahora, los premios a la natalidad. Franco instituyó los puntos por hijos, los Premios a la Natalidad y las generosas ayudas a las familias numerosas para llenar en el país el hueco que habían dejado un millón de muertos que costó su triunfo bélico. Pero, en el más puro estilo demagógico, los 2.500 euros anunciados a bombo y platillo para premiar el nacimiento de cada nuevo niño no pasan de tener un triste carácter de limosna en los tiempos en que vivimos, porque la medida es completamente irrelevante en su valor material y discriminatoria, rompiendo uno de los principios socialistas, ya que la percibirán igual la mujer de un potentado que la de un obrero. Y es un sarcasmo que impulse la procreación un gobierno que trata de minimizar el concepto de familia y que en esa línea ha establecido unos mínimos legales para el aborto que hacen posible la matanza de cerca de cien mil nonatos anuales y ha legislado un divorcio exprés que ha puesto a nuestro país a la cabeza del número de divorcios en Europa.

En los tiempos de Franco, los ministros se enteraban de que habían sido cesados porque un motorista llamaba a su puerta con el recado. Ahora, con Zapatero, los ministros y ministras se enteran de su cese por los telediarios. Y al día siguiente del debate sobre el Estado de la Nación, los ministros afectados y nosotros nos enteramos por la televisión de los tres ceses y un trasplante que el presidente había urdido sigilosamente. Con Franco, con Zapatero y con cualquier gobernante, el cese de un ministro significa el fracaso de su gestión y lo que está por determinar es el porcentaje de ese fracaso que le corresponde al jefe del gobierno. En el caso de Carmen Calvo, la culpa del fracaso parece evidente; es de ella misma que se encontró con un cargo que le venía demasiado ancho. La egabrense -¿qué tendrá Cabra que no consigue producir políticos refinados?- se creyó que la cultura comenzaba en Vogue, en esa exhibición de modelos de las recién nombradas ministras, y dedicó todos sus esfuerzos a competir con la vicepresidenta en el lucimiento de modelitos exclusivos, más femeninos, eso sí, pero cursis y extravagantes, mientras trataba de solucionar la cuadratura del círculo con esos horrendos abanicos cuadrados. Y entre esa tarea y la producción de perlas verbales como que “el Rocío es la explosión de la primavera en el Mediterráneo” y que ella fue “cocinera antes que fraila”, aun tuvo tiempo de hacer una ley del Cine que ha provocado las iras hasta de los adictos a las subvenciones y de encabezar la manifestación de homosexuales en el Día del Orgullo Gay. No se si ahora seguirá con su colección de modelos, pero tendrá mas tiempo para dedicarlo a su escolta, que cumplió a la perfección la tarea de velar por ella hasta en la cama. Que sean felices.

El caso de Maria Antonia Trujillo es idéntico al de Carmen Calvo en cuanto a parámetros de eficiencia. La ex ministra, que quería solucionar el problema de la vivienda a base de minipisos y “soluciones habitacionales” no dio una en el clavo durante su mandato y ahora resulta que Zapatero la destituye cuando acababa de ver aprobada una aportación legal suya, la Ley del Suelo. Parece que Zapatero experimenta una decidida tendencia a defenestrar ministros o ministras que consiguen la aprobación de una ley. Ya lo hizo con Maria José Sansegundo al día siguiente de que fuera aprobada la catastrófica y sectaria Ley Orgánica de Educación y ha vuelto a hacerlo con Carmen Calvo (Ley del Cine) y Maria Antonia Trujillo. El fracaso de la llamada Ley del Vino ha sido también determinante en el trasvase de Elena Salgado de Sanidad a Administraciones Públicas, aunque en esta decisión parece imperar la egolatría del presidente que no admite críticas a sus decisiones. Jordi Sevilla, que es un político sensato, no estuvo nunca de pleno acuerdo con la política autonómica de su jefe y eso, cuando se avecina el espinoso asunto de negociar la financiación con las autonomías, le ha costado el puesto, como les costó a José Bono y López Aguilar en su día. Y ahora, los funcionarios públicos viven sin vivir pensando que es lo que les va a prohibir Elena Salgado, enemiga declarada del tabaco, el vino y las hamburguesas. En un país en el que la aprobación de una ley le cuesta el cargo al ministro que la diseña y al entrenador que consigue el título de campeón de Liga para su equipo lo echan a la calle, es que algo no marcha bien.

Con ese trasvase, Zapatero ha pretendido matar dos pájaros de un tiro, porque al poner al frente del ministerio de Sanidad a Bernat Soria, un investigador de prestigio en la clonación de células madre, le mete un gol por la escuadra a la Conferencia Episcopal, totalmente contraria a ese tipo de prácticas de laboratorio, que abren la puerta a un abanico de experimentos que la Iglesia y la ética no aprueban. El científico, por cierto, ha mostrado sus excepcionales dotes para el peloteo baloncestístico al recabar, en su exultante alegría por el nombramiento, nada menos que el Nobel de la Honestidad para Zapatero, afirmando a continuación que es un honor para él estar al frente de “la mejor salud pública de Europa” cuando su ministerio tiene cedidas todas las atribuciones de sanidad a las autonomías y no cuenta ni con un solo ambulatorio. No se puede ser mas cobista ni mas agradecido.

Todas las decisiones que toma Zapatero tienen u
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