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  Firmas Invitadas - Edición Nº 283
Semana del 01/08/2007
Veredicto: Lesbiana


Miguel Martínez
E N una de esas sobremesas que se alargan y se alargan tras los postres, discutía acaloradamente con un amigo sobre el tema de la sexualidad. Él no podía concebir cómo una persona a la que consideraba sensata -refiriéndose a un servidor, para que vean si es buen amigo- pudiese afirmar que no le importaría en absoluto que su hija –entonces una adolescente de 14 años- acabase siendo lesbiana, que lo que quería para la niña de sus ojos era que fuese feliz, y que cuando estuviese en edad de merecer, ojalá encontrase a una persona que la amara, que la respetara y que tuviese para ella todo el cariño y el amor que se merece, y que el sexo de esa persona era, al menos para un servidor, lo de menos. Mi amigo tenía un punto de vista parecido aunque con cierto matiz: “ A mí, no me molestan ni los gays ni las lesbianas. Allá cada cual, pero mi hijo… Dios no lo quiera, ¿eh?”

Quiero ponerme en el lugar de los homófobos - y ni siquiera insinúo que mi amigo lo sea- para entender el porqué de lo intransigente de su postura y lo consigo a medias. Entiendo que hay generaciones que fueron educadas en la convicción de que la homosexualidad era una enfermedad, que de aquellos que se sentían atraídos por seres de su mismo sexo les contaron que eran unos desviados y unos viciosos, y comprendo que las personas pertenecientes a esa época vean reflejada su conducta en su educación y que les cueste hacerse a la idea de que lo que ayer era vicio y despiporre hoy sea tan natural que incluso les sirve a algunos como motivo de orgullo.

Pero ante lo que me declaro del todo incapaz de comprender es cómo, en el siglo XXI, un juez -que en teoría está al servicio de la Ley y ha de ser uno de sus máximos garantes- y además joven, se líe la manta a la cabeza, se eche al monte y argumente en un auto judicial auténticas barbaridades, sólo con el fin de llegar donde él quería: retirar a una madre la custodia de su hija por el hecho de ser lesbiana.

Y no voy a entrar en las “argumentaciones” (ruego lean ironía en el empleo de las comillas) expuestas en la sentencia, al considerar ésta “suficientemente acreditado el perjuicio para los hijos que se deriva de la relación que la madre sostiene con una tercera persona” pues desconozco las particularidades del caso y carezco de datos para saber cómo se las ha ingeniado el magistrado para acreditar tal extremo y que, en todo caso, habrán de ser puntuales y exclusivamente referidas a dicho procedimiento, pero lo que duele en la vista –y en el intelecto- es ver cómo en una sentencia un señor magistrado se atreve a menospreciar las leyes de cuya aplicación él debe ser garante y sobre las que se legitima su autoridad, que no en vano critica la regulación de la custodia compartida recogida en el artículo 92.8 del Código Civil, alegando que su redacción –no se lo pierdan- es "un error en la votación en el Congreso del grupo gobernante". O sea, que como esos señores diputados -a los que los ciudadanos hemos elegido en sufragio universal, libre, directo y secreto, no lo olviden- han votado de una manera que al magistrado no le gusta, tiene los santos apéndices de considerarla errónea y, por tanto, se permite el lujo de incluir en su sentencia un pescozón al Estado de Derecho por votar sus parlamentarios de manera diferente a lo que él hubiese deseado. Mandan apéndices.

Menos se sorprende uno cuando, documentándose sobre el tema, encuentra que el magistrado de marras critica en sus autos cuantas leyes osen poner en duda la autoridad y la preponderancia del macho ibérico sobre su hembra, poniendo a parir también a la Ley Integral contra la Violencia de Género. ¿Será de los que piensan que cuando un hombre pega a una mujer es porque ésta se lo merece? Y, siguiendo escarbando entre las noticias relacionadas, ya deja uno de sorprenderse del todo, llegando incluso a exclamar: “¡Ah! Ya. Es el mismo del top less de Cádiz”, cuando averigua que fue ese mismo juez el que una mañana, cuando era el hombre un mozalbete de 29 años con el cargo apenas estrenado, y paseando en chándal por la playa de Chiclana, hizo detener a dos mozas porque tomaban el sol con las vergüenzas (tetas para la mayoría de personas) al aire, pese a que hacía dos años que el Gobernador Civil había autorizado el topless en esa playa. Probablemente pensó el hombre que se trataba de otro error, éste del Gobernador, y por eso las hizo detener. Obviamente las dos mozas fueron absueltas por un juez con sentido común, pero Su Señoría –el del sentido común no, el anterior- las mantuvo tres días en los calabozos sin que hubiesen hecho nada ilegal. En defensa de Su Señoría cabe alegar que, según la prensa, es religioso y por las noches, al menos en aquellos entonces, leía la Biblia y El Camino, de José María Escrivá de Balaguer. Y ahora que he dejado el artículo en un punto cómodo y nada polémico, va a ser mi amigo Juan Urrutia quien lo concluya.

Ya que el compañero Martínez insiste, concluyo. Siguiendo con la cuestión que nos ocupa vemos que el juez Ferrín comete un error imperdonable al permitir que su interpretación de las leyes basada en la fe que profesa afecte a sus veredictos. La ley debe ser igual para todos independientemente de su credo, tendencia sexual o grado de alopecia y en este caso no ha sido así. Horas antes de despanzurrar las líneas escritas más arriba hablaba con un amigo abogado sobre este tema y, a pesar de que la homosexualidad le produce cierta diarrea, convenía conmigo en este punto: la legislación española no registra la tendencia sexual como motivo para apartar a nadie de sus hijos. Es más, proceder de esta manera va contra nuestra siempre querida y maltratada Constitución, véase el artículo catorce.

Hace ya mucho tiempo que las personas que se sienten atraídas por otras de su mismo sexo son segregadas, despreciadas y consideradas como peligrosas perversoras de la humanidad. Tanto que a nosotros, que somos tan efímeros como un elefante, nos parece que siempre ha sido de esta manera pero no es así. Han existido a lo largo de la historia y las diferentes culturas, entre otras la griega, cuna de nuestra civilización, formas de entender la sexualidad más cercanas a la naturaleza humana al considerar a las personas como seres, no homo ni hetero, sino directamente sexuales que es lo que nos diferencia de las estrellas de mar, por otra parte. Y seguro que nadie desearía estar en la piel de uno de estos celentéreos, qué horror arrancarse un brazo cada vez que quisiéramos recibir los dos mil quinientos “eurípides” que promete el Gobierno por hijo. Pero eso es otra historia. Existen leyes injustas, que también hay que respetarlas para garantizar que así se haga con todas. Por mucho que se ha intentado, y se ha intentado mucho, jamás ha podido demostrarse que la homosexualidad sea una enfermedad perniciosa, una perversión sexual o un “error” de la naturaleza y sin embargo sí que numerosos estudios, que omito por haberlos nombrado en otras ocasiones, han restado razón a quienes desde posturas sin base alguna la denominaban como aberrante, entre otras cosas. A mi siempre discutible modo de ver, en este caso la legislación es correcta y justa.

Trato de entender qué es lo que infunde temor a muchas personas de los gays y lesbianas. Es cierto que los medios han difundido una imagen estereotipada y absurda del homosexual que no se corresponde con la realidad, salvo en el caso de Moncho Borrajo, claro. Es verdad que muchos son quienes han sido educados en el rechazo y la intolerancia, pero si salimos a la calle y les miramos a la cara veremos a personas que se quieren, tienen disputas domésticas, se separan, se odian, conviven juntos hasta que la muerte los separa, engañan a sus parejas o son fieles a rabiar, trabajan, desean un futuro con la persona amada, se enamoran, comen patatas fritas en la cama, compran cosas que no necesitan en los todo a sesenta céntimos, son del Real Madrid o del Barcelona, visitan a sus padr
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