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NAVIDAD, tiempo mágico! ¡Tiempo fijado en la memoria para siempre en los montecillos de musgo, los ríos de vidrio con patitos, el pesebre de corcho del belén familiar! ¡Navidad! Se detendrán en tregua las guerras, a menos que los norteamericanos decidan divertirse ese día lanzando sus bombas sobre Bagdag. Se cerrarán las tiendas para alivio de los pies cansados de trotar por los centros comerciales. Cesará brevemente el bullicio ciudadano y quizá se escuche entre los árboles desnudos el trinar de los pájaros, aunque en el sur se llenarán las playas de bañistas en su solsticio de verano. Callarán los políticos, y las familias, olvidadas rencillas cotidianas, se desearán los mejores augurios entre pavo, besugo, turrones y villancicos.
¡Navidad! Quisiera que sólo fueras eso, la felicidad que nos deseamos entre abrazos y en tarjetas, hoy de la internet. Pero vienes también cargada de tristeza y dolor para muchos. Para los niños pobres a quienes damos como caridad lo que les debemos en justicia, recordándoles lo que no tienen. Para los ancianos olvidados en esos centros del adiós que llamamos por eufemismo residencias de la tercera edad. Para los enfermos recluidos en los hospitales a los que llega la fiesta, fría y lejana, con flores y globos. Para tantos que no podrán unirse a tu canto de gloria y de paz en un mundo dominado por el odio, el hambre, la miseria.
¡Navidad! Quisiera cantarte como tantos te han cantado a lo largo del tiempo con los mejores villancicos, con las mejores coplas populares. Quisiera celebrarte como en los viejos álbumes, de hojas amarillentas, con sus grabados ingenuos, sus poemas de escritores famosos o desconocidos, sus cuentos conmovedores. Quisiera fijarte en las luces brillantes de la noche, en los regalos de Santa Claus, en las cabalgatas de Reyes. Quisiera también un poco revivir la nostalgia de lo ido como lo expresa una breve cancioncilla: “La Nochebuena se viene. / La Nochebuena se irá. / Y nosotros nos iremos /para no volver jamás.” Porque mañana tú serás papeles arrugados en la basura y nosotros ni seremos. Pero, lejos de esas imágenes rituales y repetidas, déjame hoy evocarte a través del testimonio de tres viejos amigos que un día te vivieron como nosotros, tres escritores del siglo XIX. ¡Más de cien años ya y, sin embargo, con qué actualidad nos hablan, cómo nos hacen sentir sus sentimientos!
Es el primero Mariano José de Larra. ¡Qué amargo testimonio “La Nochebuena de 1836”! Mal iban las cosas para España: la libertad, incompleta; Bilbao, heroico y hambriento, cercado por los carlistas. Mal iban las cosas para el corazón del escritor: hastío vital, insatisfacción, la sombra del suicidio insinuada en la famosa caja amarilla que guardaba la pistola. Pero en la calle, todo iba bien: bullicio, compras apresuradas, gritos de alegría, teatro, luces, coches. ¡Qué contraste! De las muchas observaciones que el autor hace, siempre me acompaña una, muy pertinente en estas fechas. Hay que celebrar, -dice -, un misterio espiritual y ¿qué hacemos? No reflexionamos, no meditamos, comemos y nos emborrachamos: “El hombre tiene que recurrir a la materia para pagar las deudas del espíritu. ¡Argumento terrible en favor del alma!” ¡Pobre Larra, a vueltas con un Dios que le escamotearon, una religión que le falsearon, una búsqueda inútil de un sentido de la vida que no encontró! ¡Pobre Nochebuena su última, la de 1836!
Vicente W. Querol [1837-1889], valenciano, se nos ha ido ya de la memoria viva. Pero un poema suyo se ha librado del olvido, metiéndose en muchas antologías generales y algunas específicas de la Navidad. “En Nochebuena” está concebido como un retrato familiar: la lumbre del hogar en el centro como foco de luz, la mesa dispuesta, abuelos, padres, hermanos, niños. Nada tiene de extraña la disposición porque Querol admiraba la pintura. El poeta, como Velázquez en “las Meninas,” se pone fuera de lo descrito para envolverlo desde su mirada de observador en la ternura del sentimiento filial y la emoción de la ausencia. Padres ancianos que un día no estarán, navidad futura sin ellos envuelta en lágrimas y nostalgias, conciencia de dolor y soledad: “para marchar yo solo por la tierra / no hay fuerzas en mi alma.” Querol ha sentido bien en la actualidad de la fiesta la fuga irreparable del tiempo.
Gustavo Adolfo Bécquer ha cambiado completamente la perspectiva, el punto de vista sobre acontecimiento tan significativo, en un cuentecillo casi olvidado, una pequeña obra maestra sin embargo, “Memorias de un pavo,” aparecido en El Museo Universal [24 diciembre 1865]. No lo ve desde el hombre, lo ve desde el gran sacrificado de la fiesta, el pavo, plato tradicional, -dice -, y obligado en todo hogar que se precie. Tradicional querrá decir aquí de un par de siglos pues el pavo, si no estoy equivocado, nos llegó de las Américas. Lo nuestro sería más bien la gallina y el cordero. No hablaré de la originalidad del recurso de encontrar el diario del ave en su vientre, al ser trinchado. Ni de la habilidad con que sutilmente el autor se identifica con el protagonista, incorporando a la narración líneas de sus versos más populares, como aquellos “de dónde vengo y a dónde voy.”
Lo importante ahora, en este 24 de diciembre de 2002, es que el cuento nos deja incómodos en nuestra celebración como a los comensales de la historia por más que darwinianamente se enjuguen las lágrimas que les produce la narración y se coman el sabroso manjar. El autor a través del pavo narrador recompone con habilidad y colores atractivos la vida de la pobre ave en el campo, sus paseos matinales, su comida, sus amores, su libertad. Describe luego, en brusco contraste, la ida a Madrid, la venta, la ceba, y el cuchillo fatídico que al fin va a cortarle el cuello. Sin decirlo, escondido en delicada ironía de artista, Bécquer nos viene a mostrar, en un mensaje muy ecológico, nuestras contradicciones de cristianos y civilizados. Celebramos la Natividad de Cristo, la navidad, la encarnación de la Divinidad, cortando miles de árboles, sacrificando miles de animales, contaminando todo, como en una de aquellas increíbles hecatombes [“sacrificio solemne en que se matan miles de víctimas”, según el Diccionario] clásicas que leíamos en Homero. ¡Pobres pavos!
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