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  Firmas Invitadas - Edición Nº 296
Semana del 31/10/2007
El cambio climático como instrumento político


José Meléndez
L A izquierda tiene una rara habilidad para apropiarse de los conceptos y adecuarlos a sus propios intereses Así ganó la batalla de la semántica, que la permite emitir eslóganes y consignas que se quedan impresas en las mentes; se adueñó del progreso como símbolo de identidad y se entregó con indudable éxito al etiquetado de adjetivos concediéndoles un matiz simbólico para sus propias ideas y denigrante para los opuestos a ellas hasta llegar a la maniquea separación entre “luchadores”, que son ellos y “fachas”, que son los otros. De eso sabíamos mucho en la doliente España de la primera mitad del siglo pasado y se olvidó afortunadamente en la Transición, aunque ahora trate de resucitarlo la inoportuna e innecesaria ley de la Memoria Histórica, no por su intención reparadora, que sería un empeño loable, sino por el sectarismo que alienta en su articulado al aplicarse solo a un solo bando.

El Progreso es el motor que ha llevado a la especie humana a salir de las cavernas y poder disfrutar de los logros de que disponemos ahora. Por eso, conceder el calificativo de “progresista” a los que piensan políticamente de una determinada manera es una barbaridad semántica que ha tomado cuerpo de forma definitiva. Progresistas fueron Galileo, Newton, Einstein, madame Curie y tantos y tantos físicos, investigadores, ingenieros, arquitectos y médicos que han trabajado y trabajan para que la humanidad pueda beneficiarse de los conocimientos y comodidades actuales.

Ahora, la izquierda trata de apoderarse del cambio climático y ha escogido para ello como paladín del intento a un personaje tan peculiar como Al Gore, al que parece que no se le ha olvidado que la derrota sufrida ante el republicano George Bush se plasmó en el recuento de votos de Florida, el estado mas caliente de toda la Unión. Y quizá por eso pronostica en su documental que Florida está condenada a desaparecer y ha arremetido con todas sus fuerzas contra el presunto recalentamiento de nuestro planeta.

El historial político de Al Gore es vulgar y carece de relevancia, porque ser vicepresidente de los Estados Unidos, donde el sistema presidencialista es absoluto, es un cargo subalterno que no da para mucho. En todo momento estuvo eclipsado por Bill Clinton y cuando tuvo su oportunidad, se quedó sin mandato, sin despacho oval y sin la posibilidad de tener becarias debajo de su mesa de trabajo. Pero, hombre tenaz, ha encontrado la forma de amasar popularidad y dólares en el tema del cambio climático. Tras el éxito de su documental “Una verdad incómoda”, donde interpreta el papel de profeta del Apocalipsis sin explicar debidamente los fundamentos científicos en que basa su descomunal escepticismo, Al Gore ha ido coleccionando conferencias por todo el planeta a 200.000 euros cada una y, como no podía ser menos, se le ha unido en el empeño nuestro presidente José Luis Rodríguez Zapatero.. Se le otorgado un Premio Príncipe de Asturias y sus andanzas tienen un amplio eco en los medios afines al gobierno socialista, que ha puesto a su disposición en Sevilla lo necesario para que Gore lleve a la práctica su última ocurrencia, la formación de un “ejército verde” para que luche contra la tórrida Apocalipsis que nos amenaza. Unas nuevas “ceuzadas” contra el soplo mortal de la rosa de los vientos, convertidos en enemigo de la humanidad. Pero esa campaña de Al Gore tiene elementos de falsedad y oportunismo. Cuando los líderes mundiales, alarmados por las consecuencias técnicas y políticas que apuntaba el cambio climático acordaron el Protocolo de Kioto, que plasmaba los anteriores postulados del Acuerdo de Berlín, propiciado por la entonces ministra de Medio Ambiente alemana Ängela Merkel, fue precisamente la administración norteamericana bajo la presidencia de Clinton y la vicepresidencia de Gore, la que no firmó el Protocolo Y ahora, el Tennessee Center for Policy Research, un centro de estudios de solvencia, ha revelado que Al Gore gasta en su casa de Tennessee veinte veces mas electricidad que la media de las familias norteamericanas, con una factora de luz de 26.000 dólares anuales. O sea, que no predica con el ejemplo.

En la Historia tenemos ejemplos del pánico que ha producido en la masa sencilla e inculta el anuncio de la llegada del fin del mundo. Todavía las rotundas profecías de Malaquías y Nostradamus levantan ecos temerosos. Es indudable que el cambio climático representa una amenaza latente si no se reducen a nivel mundial las emisiones de gases nocivos. Pero esa amenaza, según los científicos de solvencia contrastada, no tiene, ni con mucho, las dimensiones catastróficas que se le está pretendiendo dar ahora. El manejo político del tema es evidente y a ello se han lanzado con entusiasmo las organizaciones ecologistas y medioambientales, muchas de las cuales han ondeado la bandera verde para formar partidos y acceder a parlamentos e, incluso a gobiernos, evidenciando en su tarea parlamentaria un notorio daltonismo al confundir el verde con el rojo. Sus ataques van dirigidos principalmente a Estados Unidos y los países mas industrializados, pero olvidan a la Rusia de Vladimir Putin, y a China, con unos niveles tan exagerados de contaminación ambiental que tienen preocupado al Comité Olímpico Internacional por el grado en que eso pueda afectar a los próximos Juegos de Pekín.

Sin embargo, el cambio climático y la defensa del medio ambiente, no es un monopolio de la izquierda. Frente a la “verdad incómoda” de Al Gore de no haber firmado el Tratado de Kioto, mientras sí lo hacían Gran Bretaña, Alemania, Francia y España, cuando José María Aznar era presidente, está la otra verdad incontrovertible de que fue Margaret Thatcher en el Reino Unido quien puso en marcha medidas concretas en defensa del medio ambiente y Angela Merkel en Alemania, -donde la coalición de socialistas y verdes no hizo nada en ese sentido- como Nicolás Sarkocy en Francia los que impulsan esos planteamientos. En España, el gobierno de Rodríguez Zapatero, tan entusiasta defensor del cambio climático, incumple los mandatos del Protocolo de Kioto y es el país con una contaminación atmosférica superior a la media de la Unión Europea- La ministra de Medio Ambiente, Cristina Narbona, después de anular el Plan Hidrológico del anterior gobierno popular, se ha embarcado en la construcción de desaladoras, insuficentes para cubrir las grandes desigualdades en el reparto del agua y altamente contaminantes.

Margaret Thatcher, licenciada en Química por la Universidad de Oxford fue la primera en alertar de los peligros de los desequilibrios químicos en la atmósfera por el aumento de las emisiones de dióxido de carbono, la lluvia ácida creada por las plantas de producción de energía y de la existencia del agujero de ozono, en un discurso en la Royal Society ante un competente auditorio de científicos e investigadores. Después, fue la primera dirigente mundial que llevó el tema a la Asamblea de las >Naciones Unidas. Ängela Merkel, por su parte, licenciada en Física Cuántica, arrancó hace poco en la cita del G8 de los presidentes Bnush, Putin y Hu Jintao el compromiso de reducir las emanaciones de CO2 y cuando el Protocolo de Kioto termine en el 2012, se perfila como líder de las iniciativas ambientales.

Aparte del uso partidario –y económico- que se haga de los problemas del medio ambiente, lo cierto e incuestionable es que el peligro que genera un posible cambio climático está ahí y es admitido por todos. Lo que produce polémica y está por demostrarse es el alcance real de esa amenaza, ante la cual no pueden formularse profecías de catástrofes ni envolverse en una temeraria indiferencia. Decía Aristóteles que lo ideal sería pensar como los sabios y hablar como las personas sencillas. Esto es lo que ha hecho el líder del PP, Mariano Rajoy, en una desacertada mención del comentario de un primo suyo, destacado científico. Rajoy no ha tardado ni 24 horas en reconocer su error y rectificarlo. Pero el comentario de su primo, el catedrát
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