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LEVO varios días esperando a ver qué ocurría con el galipote humano que llegó a las costas andaluzas antes de fin de año.
Nada.
Se ahogaron siete y no sé cuántos más siguen desaparecidos. Han tenido tan mala suerte que no han servido ni siquiera para ser noticia de primera en sucesos más de un día.
El comienzo de la carrera electoral, las cabalgatas de Reyes Magos, los accidentes de tráfico y las correrías del alquitrán por las costas hispano-francesas les han robado el protagonismo.
He intentado razonar, entre polvorón y polvorón, por qué lo hacen, por qué se suicidan de esa manera y por qué ya nos importan menos sus vidas que las de los que mueren semana tras semana en las carreteras españolas, que nos importan muy poco.
Debo estar atorado de tanto como he comido durante estas fiestas, porque no alcanzo a digerir sus muertes. Han pasado más de tres días, me han regalado familiares y amigos con visitas, abrazos, besos, cariños y otras zalamerías que me encantan, pero sigo sin conseguir olvidar que volví a ver al mar expulsar vidas humanas en la televisión como una noticia más.
Debo ser repetitivo y escribir lo mismo que muchos otros lo han hecho días atrás. He querido esperar cuatro días para comprobar si la vida me cura la vida. Pero ni el Real Madrid, ni la inexplicable alegría de algunos porque el otro galipote no humano se dirija hacia Francia, ni la lotería, ni Gran Hermano, ni Operación Triunfo. Ni tan siquiera los besos de mi amada me han hecho olvidar que se nos han olvidado siete personas y muchas más que, todavía, no sabemos cuántas eran.
Siguen perdidos en ese mar que más arriba tiene la suerte de la solidaridad y que aquí abajo tiene la desgracia de la costumbre. Total, han sido siete irregulares más, como dijo un periodista el otro día en un periódico.