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Época II - Año XIV Edición Nº 4189
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 viernes, 31 de octubre de 2014 ESPAÑA
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Manuel Salvador Morales
Saddam, enemigo de Dios”. Ese era el grito que se oía en Bagdad el miércoles, y que había sustituido al “Saddam, defensor del Islam”, que vociferaban las multitudes enardecidas en los días anteriores a la invasión, y en los primeros días de la guerra. Así es la turba, y es que el fracaso es huérfano y las masas volubles e inconstantes.

Como era previsible, el ejército más poderoso del mundo, coaligado, además, con un ejército tradicionalmente eficaz y de acciones consistentes, como es el británico, planchó literalmente a los iraquíes, aun cuando en un principio les sorprendieran los focos de resistencia, que fueron más eficaces porque confundieron a los bisoños soldados norteamericanos. Pobres, les habían hecho creer que su llegada a Iraq iba a ser acogida con flores, aplausos y abrazos de multitudes, enardecidas y agradecidas porque iban a eliminar al tirano. Y naturalmente no fue así.

¿Y ahora qué? En esta guerra de mentiras, todo ha sido válido para iniciarla y justificarla. Los norteamericanos difundieron amenazas y peligros que nunca se dieron: Justificaron el riesgo potencial que suponía Saddam para la región y para el mundo, incluido los Estados Unidos, a pesar de la distancia... Magnificaron las supuestas estrechas conexiones de Hussein con las organizaciones terroristas, especialmente con AlQaeda y Osama Bin Ladem... Difundieron profusamente el peligro global que representaban las abundantes armas de destrucción masiva que almacenaba Iraq, en lugares secretos de su territorio y, por último, conmovieron al mundo con los horrores que el régimen iraquí hacía sufrir a su pueblo.

Por su parte Hussein se montó sobre una carroza de bravatas casi infantiles, que sólo podían atemorizar a los ignorantes aunque las dijera en tono fiero. Presentó desfiles con centenares de kamikaces, fantasmalmente vestidos de blanco y con rostros cubiertos. Anunció olas de atentados en todo el mundo. Auguró continuamente la derrota del invasor, una afirmación que sólo podía basarse en un acto de fe, (tal vez por eso afirmaba que Dios estaba con ellos), y puso a vociferar a sus ministros, especialmente al de Información, quien aseguraba a los periodistas que los aliados estaban a cientos de kilómetros, cuando se encontraban a escasos trescientos metros.

Mentiras y más mentiras de unos y otros. “Esta guerra será distinta a las anteriores”, decían los norteamericanos, y es cierto, porque aunque ha sido muy protestada, y, a pesar de su dramatismo, sólo fue una escaramuza guerrera con un gran libreto, pero que ha costado miles de millones de dólares y, hasta ahora cerca de 25,000 muertos, de los que sólo doscientos son soldados angloamericanos, y muchísimos miles de heridos, la mayoría con graves mutilaciones.

¿Dónde están los valerosos milicianos fedayines de Saddam? ¿Dónde los miles de ataques suicidas? ¿Y la feroz resistencia? Y, más aún, ¿dónde está Saddam y sus adláteres?

Pero también, ¿dónde están los poderosos misiles que desde Iraq podían llegar hasta los EEUU? ¿Y dónde las armas de destrucción masiva? Los agentes nerviosos, el botulismo, el antrax, los gases letales, brillaron por su ausencia y del programa nuclear ni rastro. Ya lo habían dicho los inspectores de la ONU, pero no convenía escucharlos. En cuanto a la conexión iraquí con el terrorismo habrá que esperar más adelante, si forma parte de la reacción que, seguro, se producirá.

Lo que parece que ha quedado claro es que Saddam Hussein - que efectivamente era un cruel dictador, sin lugar en este mundo de hoy, basado en la democracia y, por tanto, en la libertad - no representaba un peligro cierto más que para su propio pueblo, tras el que se escudó, enviándolo a un combate que representaba una muerte segura, y que se sabía acabaría en derrota.

Mi tío el del pueblo, que es cazurro y desconfiado como todos los lugareños, cuando ayer vió que todo acababa con el derrumbe por los norteamericanos de una estatua de Saddam, se quedó perplejo, con la mirada fija en la pantalla de televisión. Se rascó la coronilla y, finalmente sentenció: “Para ese viaje no necesitábamos alforjas”. Y después, añadió: “Bueno es conformarse con derribar la estatua, porque Hussein seguro que ya está feliz tomando el té con Bin Ladem”. Y se encogió de hombros.

Hace veinte días comentaba en “Vistazo” que “cuando el moderno ladrón de Bagdad... haya desaparecido, o se haya escabullido ...”(*). Y eso sucedió. Ya llegó el momento como había sido previsto, y detrás han quedado miles de víctimas inocentes, que debieran ser el precio de la cabeza de Hussein, lo cual parecía ser el objetivo prioritario en esta guerra de mentiras. Pero... ¿la cabeza de Hussein era realmente lo que perseguía Washington?

Naturalmente que ahora surgirán las especulaciones sobre el paradero de este personaje, invisible prácticamente desde que comenzó la invasión. Y sobre las teorías que ya se han publicado, la de los rusos ha impactado al asegurar que Saddam pactó su exilio con Washington, a través de Moscú.

Esa versión, o la hacen desaparecer, o gastará mucha tinta y generará problemas. Para Bush, un Saddam disuelto en el aire, como en su día lo fue Bin Ladem, es de inestimable valor. Que ambos “enemigos públicos”, sean elementos fantasmagóricos, que anden flotando por el espacio y puedan, en cualquier momento, corporeizarse en algún lugar, o que los servicios de inteligencia puedan detectar y utilizar dándolos a conocer, supuestos planes de atentados, sobre todo dentro del territorio de los Estados Unidos, los convierte a ambos en armas invaluables. Esta pareja de trasgos son un regalo para el inquilino de la Casa Blanca.

Y es que todo cuanto sucede hace pensar que Bush debe ser un hombre tocado por el dedo de la suerte: Que los milagros existen es evidente cuando como en su caso, unos descontrolados y casi invisibles terroristas, que tomaron clases de pilotaje en los mismos EEUU, sin aprender más que a dirigir un avión en vuelo, no fueron detectados por ninguna de las muchas y sofisticadas agencias de información y contraespionaje de la primera potencia mundial y llevaron a cabo un espantoso atentado terrorista, que horrorizó al mundo y estremeció, espantó y acongojó al pueblo norteamericano, acostumbrado a hacer sus guerras fuera de sus fronteras. En verdad, que actividades terroristas de tal calibre no fueran detectadas es un milagro. Y también lo es, el que gracias a ello, un Presidente, que llegó a la Casa Blanca con la etiqueta de espurio, y bajo el lastre de la duda, de la noche a la mañana se convirtiera en un líder aceptado por la mayoría, y con un arma que le permitió aumentar su poder, uniendo el terrorismo al narcotráfico como males a erradicar en el mundo entero. En ese momento la verdadera “superpotencia” hegemónica de Bush nació y desde entonces comenzó a crecer sin parar. La invasión de Iraq es sólo una escala rumbo a una meta incógnita.

Ya Saddam dejó de “existir”. Ahora la pacificación será difícil, pero no tanto, si se pone en ello la fuerza de que disponen los aliados, los recursos que no les faltan y unos gramos de talento, que hay quien dice que es lo más escaso. A lo interno, surgirán atentados y acciones de guerrilla, durante un tiempo. Y en la zona, sin duda van a surgir problemas graves, y el primero de ellos puede ser el de los kurdos, elementos que fueron vitales en el frente del Norte. Pero, de momento, hay que esperar al próximo paso del coloso, cuáles son sus planes y sus apetitos, y qué reacciones producen en los demás. Mientras tanto habrá que preguntarse con mi tío, el del pueblo, que cada día está más perplejo: “¿De verdad, un camellero como Hussein merecía armar esta masacre, o esto fue un aviso a los navegantes?” O sea, lo de Guerra, en su día: “El que se mueva no sale en la foto.”

Pero esa es otra historia, que les contaré en otro momento. Hoy, ya está amaneciendo... en Bagdad.



(*) “El Ladrón de Bagdad” (22-03-03). Firmas invit
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