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  Firmas Invitadas - Edición Nº 350
Semana del 12/11/2008
Los retos de Barack Obama
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José Meléndez
L A elección de Barack Obama como presidente de los Estados Unidos, con triunfos rotundos conseguidos primero en las primarias del Partido Demócrata y después en las elecciones presidenciales, marca varios hitos históricos y realza apreciaciones que, desde antiguo, rodean la política estadounidense. Entre los hitos está el de ser el primer candidato de raza negra que resulta elegido en un país de profundas diferencias raciales donde todavía no se ha extinguido por completo el sangriento episodio del Ku Klux Klan. Y el segundo el de ser el protagonista del primer cambio presidencial que se produce en USA en tiempos de guerra, porque Irak y Afganistán están todavía ahí, cobrándose vidas de soldados norteamericanos –y de otros países de la ONU, las últimas las de dos soldados españoles-- y requiriendo cada vez más un nuevo esfuerzo bélico como acaba de pedir el alto mando aliado en Afganistán, que cifra en 400.000 el número de soldados que se necesitan para terminar satisfactoriamente con esa guerra, hasta ahora estéril.

Y en cuando a las apreciaciones que desde hace tiempo vienen escuchándose en voz baja, la principal es que la política de una potencia del nivel de Estados Unidos, que lidera al mundo militar, financiera y económicamente, está en manos de cerebros de nivel medio, porque en cuanto surge un talento verdaderamente brillante se lo lleva el potentísimo sector privado, donde los inteligentes ganan mucho mas que con la política. Esta apreciación no es mía. Me la dijo Javier Pérez de Cuéllar, que fue secretario general de las Naciones Unidas, con el que coincidí hace cuarenta años en Rhodesia (ahora Zimbawe) con ocasión de las primeras elecciones libres que se celebraban en ese país, después de la hegemonía blanca de Ian Smith. Yo fui a informar de esos comicios ganados por Robert Mugabe que era por entonces el icono indiscutible de la progresía internacional, y sobrevenido después en un dictador que lleva cuatro décadas en el poder, y Pérez de Cuéllar, a la sazón vicesecretario general de la ONU, estaba al frente de la legión de observadores que vigilaron dichas elecciones. Después he podido comprobar la razón que tenía el diplomático peruano. Los presidentes verdaderamente brillantes de Estados Unidos se cuentan con los dedos. Y en esa cuenta no entran ni Obama ni McCain, dos candidatos oscuros, que llegaron a disputarse la Casa Blanca sencillamente porque no había otros. Llegaron ahí empujados por el peso de sus partidos políticos y por los dólares de los grandes lobbies –otra vez la pujanza del sector privado- que sufragaron sus costosas campañas electorales, esperando cobrarse con creces la factura. En ese aspecto, Obama ha tenido mas fortuna que su adversario, porque le han apoyado con grandes cantidades sectores tan importantes como el de las petroleras, mientras McCain pagaba las consecuencias del resentimiento del sector del dinero por la desastrosa política económica de George Bush.

Obama se enfrenta ahora a grandes retos, quizá los mayores que se le han presentado a su país en los últimos años y la gran incógnita es saber si está preparado para afrontarlos. Su ejecutoria política no da mucho margen para contestar afirmativamente a esa interrogante. Ha seguido una carrera ascendente rápida, apoyada en su facilidad para la comunicación, en su talante de actor que sabe conectar con el público que le escucha –y de la perniciosa levedad de esas virtudes tenemos buena prueba en España- pero no ha desempeñado cargos verdaderamente importantes ni se ha enfrentado a decisiones difíciles. Igual le ocurría a John McCain, que no ganaba a su adversario mas que en veteranía

Cuando comenzó la campaña electoral, el tema nuclear de ella parecía ser la permanencia de las tropas norteamericanas en Irak, pero cuando se desató la crisis financiera y económica que ha afectado a todo el mundo con una ferocidad inusitada, el tema de la seguridad pasó a un segundo plano, sin que tampoco ninguno de los dos contendientes ofrecieran soluciones a la misma. Ahora ese es un tema primordial en la agenda de Obama, sin que por ello pierdan importancia otros retos que tiene por delante, porque el tema bélico sigue presente y antes de tomar decisiones en ese sentido, el nuevo presidente debe aprender de lo que le ocurrió a Bush por creer que podía hacer las cosas por si solo. Y está el cambio climático y el de la dependencia energética del mundo industrializado o el enorme crecimiento económico de China, donde parece que los escarceos democráticos se han estancado. Y, sobre todo, el saneamiento de la política interior norteamericana para poder tener así autoridad para tutelar al mundo. El eficaz uso que ha hecho Obama en su campaña del “cambio” y del “sueño americano” le ha servido para cosechar votos, pero no dejarían de ser agradables eufemismos sin no están sustentados en unos sólidos principios. El “sueño americano” es el suyo, el de un emigrante afroamericano que llega a presidente, pero eso tiene que extrapolarlo a tantos millones de desprotegidos que necesitan ayuda. Y veamos si el descendiente de emigrantes es capaz de solventar de una vez el complejo problema de la sanidad pública en Estados Unidos y de cumplir su promesa de cerrar ese “rincón de los horrores” que es Guantánamo. En la peculiar política estadounidense hay problemas determinados por causas concretas que solamente el presidente sabe y únicamente le transmite a su sucesor. Por eso se toman dos meses desde el triunfo del candidato presidencial a su toma de posesión, periodo en el que el país cuenta con dos presidentes y que sirve para que el saliente le ponga al corriente al entrante de todos los asuntos de estado.

La elección de Obama, además, ha sumido en el desconcierto a la izquierda internacional, aquejada de un antiamericanismo severo y acostumbrada a colgarle a Estados Unidos las culpas de todos los males que ocurren en el mundo. Obama ha sido tenido por uno de los suyos durante la campaña electoral -ý realmente el candidato daba pié para creerlo así en varios ocasiones-, pero una cosa son los discursos electorales y otra el sentarse en el despacho oval, al que su condición de multiusos que descubrió Bill Clinton, no le quita la enorme importancia de ser el eje de la política mundial.

En España, nuestro presidente Zapatero ha visto abrirse ante sí un halagüeño horizonte y se ha obrado el milagro de convertirlo de la noche a la mañana de un obstinado contrario de las políticas norteamericanas (cuyas consecuencias las hemos pagado todos) a un “fiel amigo” de los Estados Unidos. Veremos hasta donde llega esa nueva amistad y como se comporta Zapatero en esa reunión del G20, a la que ha llegado con calzador después de mucho mendigar y como reacciona si el nuevo amigo le pide mas soldados para Afganistán, que es lo mas probable, porque Obama parece tener la idea de salir gradualmente de Irak para centrarse de lleno en Afganistán. La postura de Zapatero con la presidencia de George Bush en los cinco años que lleva a la Moncloa ha sido tozudamente sectaria y ciertamente no ha sido beneficiosa para España. Los episodios de la silla y la bandera o la súbita retirada de las tropas españolas de Irak son hechos que no se olvidan fácilmente en un país donde todavía el patriotismo y sus símbolos son primordiales en los ciudadanos de cualquier ideología o color. ¿Conoce alguien que un norteamericano haya quemado la bandera de su patria en sus casi tres siglos de historia? Y los Estados Unidos están formados por 50 estados y un distrito federal, cada uno con su bandera local, su legislación propia, su cultura y sus tradiciones, pero la bandera de las barras y estrellas es igual de sagrada para todos. Pues ese es el país que ahora va a gobernar Barak Obama. Que Dios le ilumine para bien de todos.
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