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EJAD que me olvide, aunque sólo sea por unas horas, de la Economía que entra en crisis, de la violencia de género, del paro, de la Justicia renqueante, de los escándalos de tantos y tantos ladrones de guante blanco en el mundo del urbanismo y de la especulación, de los altos cargos fornicarios y drogadictos. Dejad que me aprenda la canción europeísta del chiquilicuatre y se me quiten las ganas de seguir hablando de política.
Me hago a la mar, una vez más, y recito los versos de Lope de Vega:
"A mis soledades voy,
de mis soledades vengo,
porque para andar conmigo
me bastan mis pensamientos…"
Diríase que, como Marcel Proust, voy en busca del tiempo perdido. Busco, entre los vivos y los muertos, más ya entre los muertos, la voz serena y sabia de los que siempre me quisieron bien y me enseñaron a discernir no sólo entre lo bueno y lo malo, sino entre lo bueno y lo mejor.
Entre los quince o veinte escritores célebres que constituyen la nómina de mis "clásicos", figura un paisano mío, al que conocí en sus últimos años de vida, Llorenç Villalonga, médico psiquiatra y novelista, autor de "Mort de dama", de "Bearn" y de trece novelas más.
Le conocí en febrero de 1976, cuando iba a cumplir 79 años y recuerdo ahora la circunstancia concreta que propició nuestra amistad:
Empezaba la transición: Cuando se publicó la primera entrevista que le hice, allá por los primeros meses de 1976, se notaba ya en el país la ilusión popular del cambio político. Suárez no era todavía presidente del Gobierno, pero se presentía el triunfo de los centristas en las primeras elecciones democráticas, al tiempo que se percibía también la pujanza de los socialistas y de los comunistas que, con Felipe González y Santiago Carrillo, remaban fuerte hacia el poder, contra la inercia política de los cuarenta años en que el poder de Franco fue omnímodo. Empezaba la transición y de ello hablamos Villalonga y yo, sosegadamente, junto al brasero de su inmenso salón, en el barrio señorial de Palma, donde imperan los gatos en la calle, son azules las sombras de los palacios y caserones y suenan las solemnes campanas de la catedral. Era invierno y Teresa, su mujer, se escondía del fotógrafo y nos decía que habíamos llegado con veinte años de retraso, es decir, que hacía ya veinte años que no estaba para retratarse. Empezaba la transición y bullía en el ambiente general del país un fuerte deseo colectivo de cambio hacia la libertad.
Era la crispación: Nuestra conversación, convertida después en entrevista, fue uno de mis primeros trabajos en el diario "Baleares", que ya no era Prensa del Movimiento, sino de los M.C.S.E. (Medios de Comunicación Social del Estado) y ahí está la hemeroteca, para el que quiera comprobar la enjundia de sus respuestas y el valor imperecedero de sus juicios sobre la política de ayer, de hoy y de mañana. El maestro Gafím, Gabriel Fuster Mayans, que en paz descanse, fue el primero en comentar en su página habitual las excelencias de su pensamiento y los valores de renovación que suponía mi incorporación al periódico mallorquín, inmediatamente después de mis peripecias en la "marcha verde" sobre el Sahara y en "la revolución de los claveles" de Portugal, donde fui corresponsal de "Pueblo", dos años antes que Raúl del Pozo y unos días después de Vicente Talón. Siempre le he agradecido a gafim ese escrito, sobre todo por el ambiente de crispación que se había producido entre la numerosa clientela del diario "Baleares", que entonces era todavía en un noventa por ciento adicta al pasado régimen y se enfurecía cada vez que mis trabajos de redacción daban a entender que estaba por el cambio, por la democracia y por la libertad, más que por el retorno al régimen anterior. De ahí procede el apodo de "rojo" con que me bautizó amorosamente el inolvidable Jaime Jiménez que era y fue hasta el final de sus días el alma del diario "Baleares". Villalonga figuraba, según la opinión de los intelectuales de la isla, entre los más destacados "azules" históricos del ámbito balear. Ni en Literatura ni en Política se le daba crédito para la reforma o para el cambio. Se le consideraba hecho y derecho en las filas del Ejercito de Franco y de la Falange de José Antonio. Circulaban los papeles de su hermano Miguel, que luego me los facilitó Higinio Blanco y fueron a parar a mi novela "Morts de cara al sol", en los que se acusaba, entre otros calificativos, de mediocre y oportunista al escritor Bernanos, lo cual sólo significaba la libertad de opinión de los Villalonga, si no hubiese sido porque el escrito se planteaba como denuncia formal ante el Gobernador Civil de Baleares. Por mucho menos, fusilaron entonces a unos cuantos. Villalonga también opinaba así del escritor francés: "El Sr. Bernanos, al escribir contra España, busca el escándalo reproductivo de la publicidad". A mi juicio, lo que nunca supieron esclarecer los Villalonga, es eso de que Bernanos escribía "contra España", puesto que Bernanos lo único que hizo fue escribir algunas páginas contra Franco y contra determinadas acciones dictadas por Franco y ejecutadas por sus seguidores más destacados.
Era un clima divertido:Todos estos pormenores constituían el clima de nuestro primer encuentro. Acudía yo a su casa con mi zurrón ilusionado de periodista nuevo y contrario al régimen que acababa de morir. Él me esperaba, debidamente informado acerca de mis tendencias políticas y sereno ante mis posibles euforias del momento, en el dulce calor de su brasero y en la inexpugnable trinchera de su cultura y de su acendrada ironía. No se trataba de discutir ni de polemizar.
"Me tiraste de la lengua- le decía yo en una carta posterior a nuestra primera entrevista- acerca de mis entusiasmadas crónicas recientes sobre la revolución portuguesa de los claveles. Yo quise indagar acerca del grado de fidelidad que pudieses conservar todavía a los principios fundamentales del Movimiento, acerca de tu inveterada burla contra la "Escola mallorquina" y contra los defensores y practicantes del idioma catalán. En realidad, solamente me interesaba descifrar las razones de tu grandeza literaria y de tu reconocida categoría de novelista. Coincidieron en el tiempo, con escasas fechas de diferencia, la entrevista que te hice y la que le hice al veterano socialista Andreu Crespí i Salom. Por su parte, Gafim, que era de tu bando político, elogió mi trabajo. Por parte de los socialistas, nadie, excepto mi madre, que en gloria esté, abrió la boca, para reconocer que, por primera vez en su historia, el diario "Baleares" abría sus páginas de par en par a la libertad de opinión y al diálogo entre un veterano franquista y un periodista que no lo era . Recordarás que Antonio Pizá, mi director, tuvo bastantes problemas y recibió cartas enfurecidas contra mí. Era un clima divertido y memorable, a pesar de todo…"
Al cabo de casi treinta y dos años, se puede decir que venció la razón en nuestro primer encuentro. Y la razón está siempre en los que practican la tolerancia y la libertad. Ya he dicho que tengo a Villalonga entre mis "clásicos" y que mi admiración por su obra escrita es muy sincera. He tardado bastante en comprender los motivos de su animadversión hacia los colegas mallorquines que pugnaron noblemente por normalizar el catalán que siempre se hablo en las islas Baleares. Ahora, cuando los comprendo, aunque no los aplaudo ni los justifico, caigo en la cuenta de que un escritor, un artista, una mente lúcida y normal no debe hipotecar nunca su libertad de expresión a las normas que dicta e impone la causa política. Comprendo que fue la política la que le indujo a tomar postura en este vidrioso campo del idioma. Villalonga fue un empedernido adversario del catalanismo excluyente y separatista. No obstante, ocupa un lugar de honor en la nómina oficial de los escritores en lengua catalana.
En torno a la polémica: Jaume Pomar, entre otros artistas locales, ha estudiado y ha escrito acerca de su persona y de su obra. Go