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Época II - Año XIV
Edición Nº 4189
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 376
Semana del 13/05/2009
Un helado de chocolate y crema
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Carmen Planchuelo
C ASI siempre aparecía a la caída de la tarde, aunque tampoco era raro verle con el alba. Supongo que aparcaba en alguna callejuela cercana al paseo marítimo pues una costumbre suya era llevar el llavero en la mano, cuando pasaba cerca de mi tintineaban las llaves. En el banco que hay cerca de mi puesto de helados, se sentaba y se iba desnudando: los pantalones del chándal, la sudadera, las zapatillas por otras más adecuadas para correr en la playa... y siempre, invierno o verano, seco o lloviendo le veía bajar a la playa en camiseta y pantalón corto. Al llegar a la arena y junto a las pequeñas palmeras, dejaba la bolsa y después empezaba a hacer ejercicios de calentamiento, estiraba los brazos, las piernas, flexionaba la cintura y después, muy cerca del agua, iniciaba la carrera. Corría durante mucho tiempo, iba graduando el ritmo y yo desde mi observatorio, no perdía ojo de todo cuanto hacia. Las zancadas largas, armoniosas, la cara al viento, siempre mirando al frente. Nunca iba con nadie, con nadie se paraba. Era un chico fuerte, quizás con cierta tendencia a tener algún kilo de mas, se le veía muy en forma y acostumbrado al ejercicio físico. También era muy guapo, una belleza de las de aquí, moreno, de ojos oscuros y labios muy carnosos. A mi me gustaba.

Después del sprint final caminaba lentamente por la orilla hasta que por fin, con la bolsa de deporte en la mano, regresaba al banco y allí volvía a vestirse. Confieso que me encantaba mirarle vestirse y desvestirse. Era un hombre muy pausado de movimientos, tenía ese aire de animal en reposo que no te ataca, que sabe de su fuerza y por eso es paciente pero que ojo con subestimarle... Los escasos momentos en que permanecía sentado en el banco cambiándose de ropa o descansando, era cuando yo aprovechaba para mirarle con detenimiento, estaba tan cerca de mi que hubiéramos podido hablar sin que ninguno de los dos se moviera de sus sitio. Pero él no me veía, ni reparaba en mi existencia, y era lo mismo si yo me pintaba que si no, si me ponía una camiseta sugerente o me abotonaba hasta la garganta, si me soltaba el pelo o me lo recogía. Para él, el puesto de helados y yo éramos la misma cosa, algo que estaba frente al banco que había adoptado como vestuario. Algunas veces levantaba la mirada y nuestros ojos se encontraban pero yo tenía la sensación de que los suyos atravesaban mi persona, el carrito y que se perdían en busca de algo lejano, una sonrisa leve flotaba entre sus tentadores labios y yo pensaba que su imaginación, su corazón, sus deseos estaban a miles de kilómetros de ese banco, del paseo marítimo, de la playa y por supuesto de mi... pero yo no solamente le veía y le miraba sino que trataba de escudriñar todo lo que su persona y actitud me sugerían que era mucho, posiblemente nada que ver con la realidad pero a mi me entretenía y así pasaba el tiempo entre helados de corte, cucuruchos de mil sabores y leches merengadas.

Ya hace mucho tiempo que el corredor es un fijo en mis rutinas, debe ser hombre disciplinado y de costumbres pues no suele variar mucho en las suyas, sin embargo una vez, la ultima primavera, recuerdo que apareció a la hora de siempre pero sin bolsa de deportes, sin chándal. Llevaba unos pantalones cargo, de esos de aventurero de ciudad y una camiseta con un toro en el pecho, vaya, me dije ¡este mozo no se corta un pelo, que cosa se ha puesto hoy!.Estaba estupendo. Se sentó en el banco de todos los días y allí permaneció como dos horas. No hacia nada. Tan sólo paseaba su mirada por la fachada del hotel cercano, yo pensé que esperaría a alguien pero no, el tiempo transcurría y él seguía allí, a veces de levantaba, daba la sensación de que iba a entrar en el hotel, pero no, no lo hacía. Consultaba el móvil. Así estuvo como dos horas hasta que por fin se levantó del banco, se acercó a mi puesto y me pidió un helado “¿De qué lo quiere?”- le pregunté, “me da lo mismo, elige tú” y yo entonces le preparé uno bien grande, de chocolate con crema y algo de sirope pues me pareció que necesitaba que le endulzara el momento, tenía mala cara y supuse que le habían dado plantón. Tonta tenía que ser la que le había dejado ahí en el banco esperando horas. ¿A quién esperaría el guapo mozo?. A buenas horas yo me hubiera hecho de rogar, con lo agradable que es que te esperen, acudir a una cita, que te reciban con un buen beso y pasear, comentar las cosas que te alegran o te preocupan. En un sitio como este, veo montones de gente pasar a todas horas, casi siempre en animada charla. También hay solitarios pero son pocos. Por las mañanas se ve mucha gente en plan paseo saludable, casi todos jubilados o personas desocupadas. Hay muchos grupos de amigas “ociosas” equipadas a la última moda deportiva, que después de recorrerse el paseo unas cuantas veces a buen ritmo, se sientan en las terrazas que dan a la playa a tomarse un café o si es ya tarde una cañita. También son frecuentes parejas de todas las edades y estas me dan mucha envidia pues irradian felicidad. A mi es que me encanta el amor, los romances. El atardecer es la hora de los corredores de la playa, hombres y mujeres pero quizás predomina los primeros.

Mi puesto está estratégicamente situado al lado de uno de los accesos a la playa, es que mi jefe tiene mucha vista y dice que después de una buena sudada no hay nada más tentador que un granizado de limón. También los críos son muy buenos clientes, siempre tengo una fila de ellas esperando con el dinero bien apretado en el puño, pero yo nunca he preparado un helado con mas mimo que los que se toma “mi corredor”, no es mío ¡que más quisiera yo que tener un novio así de guapo y con esa pinta de chico sano, serio y formal! Pero yo en mi interior le llamo así “mi corredor”. No es que venga todos los días al puesto pero desde aquel de la larga espera en el banco y el helado de chocolate, crema y sirope, de vez en cuando se pasa por aquí y me dice que le ponga lo que más me apetezca a mi y yo le miro, no le digo lo que pienso y me recreo en elaborarle el helado mas apetecible, refrescante y creativo de cuantos llevo hechos en mi vida de heladera. En el preciso instante de dárselo, le miro a los ojos y le digo, “espera un poco, que falta el ingrediente mágico” y espolvoreo la helada crema con unos diminutos polvillos cuyo ingrediente solo yo conozco. El me sonríe y no sé si serán estos polvos mágicos los que van haciendo que mi corredor, cuando se acerca por aquí ya no me traspase con la mirada y esta se le pierda mas allá del Nublo, sino que me mire y hasta me haya preguntado mi nombre.
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