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Época II - Año XIV
Edición Nº 4189
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 389
Semana del 12/08/2009
Hogar, dulce hogar: desventuras de un turista resignado
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Miguel Martínez
S E equivocan aquellos de mis queridos reincidentes que, al leer el título de esta columna, se hayan imaginado que la ausencia de un servidor en estas páginas –que se ha prolongado por más de dos meses- venga motivada por unas larguísimas vacaciones. De esas ocho semanas de ausencia, siete han correspondido a una curiosa – a la vez que intensa- experiencia laboral que quizás algún día les cuente. Sólo la octava ha venido motivada por unos días de asueto con los que, precisamente para reponerse de esa agotadora experiencia, quien les escribe programó en un paraíso caribeño, sustituyendo su habitual espíritu viajero por un más reposado rol de turista, disponiéndose a invertir una semana de sus vacaciones en actividades tan poco estresantes como hincharse a cócteles bajo un cocotero, meterse en remojo en la playita fotografiando peces de los colores del parchís y leerse de una tacada la última –irremediablemente última- entrega de Stieg Larsson y su heroica y excéntrica Lisbeth Salander.


DÍA 1.

SI hay algo peor que un vuelo de diez horas en clase turista, es un vuelo de diez horas en clase turista con un niño al lado, un niño de treinta años que se pasó las diez horas jugando con su PSP a matar chinos, chinos que emitían un peculiar gemido gutural –entre lo orgásmico y lo satánico- cada vez que el niño los insertaba con su katana, katana que, de haber estado en posesión de quién les escribe, hubiese resultado irremediablemente manchada de la sangre de aquel espécimen.

- Oye… ¿no tienes auriculares para ese chisme?
- No. (sin levantar la vista de la pantalla)
- Y… ¿no le puedes bajar un poco de volumen? Es que así no hay quien lea.
- Vale.

Y le baja el niño una milésima de decibelio y prosigue su matanza mientras que un servidor ruega al cielo para que en la próxima turbulencia se le derrame el café sobre el aparato, le ahogue a los chinos gritones y le fastidie el entretenimiento.

Con los dedos cruzados para que el niño vaya a otro hotel –pues no quiere imaginarse al niño y a su PSP en la tumbona de al lado en la piscina- llega uno al Caribe y comprueba que la humedad es tal que, pese a no sobrepasar los treinta grados la temperatura ambiente, suda uno como un minero en agosto. Largo paseo desde el avión a una choza con el ocurrente cartel de “Terminal Internacional”.

En la aduana, una aduanera negrita y guapísima:

- Son diez dólares o diez euros, como prefiera.
- ¿Diez dólares o diez euros para qué?
- Impuesto de entrada.
- ¡Joder!
- No se me estrese mi amol, y no se me queje, que a la salida son veinte dólares o veinte euros.
- ¡Joder, joder!


Un maletero me arrebata literalmente las maletas y sale corriendo hacia el bus. Llega el bus al complejo hotelero y otro maletero me vuelve a arrebatar literalmente las maletas y sale corriendo hacia la habitación.

Diez dólares en propinas después, compruebo que la suite es espectacular y me tiro de cabeza al jacuzzi sin apreciar un ligero detalle. Ausencia de toallas. Teléfono a recepción. Contestador automático:

- El destinatario de su llamada no puede atenderle. Inténtelo de nuevo más tarde.

Cinco minutos después.

- El destinatario de su llamada no puede atenderle. Inténtelo de nuevo más tarde.

Cinco minutos después.

- El destinatario de su llamada no puede atenderle. Inténtelo de nuevo más tarde.

Cinco minutos después.

- El destinatario de su llamada no puede atenderle. Inténtelo de nuevo más tarde.


Andando hasta la recepción, justo al otro lado del complejo –y esto es quince minutos caminando bajo una humedad que debe rondar el 200 %- me cruzo con el de la PSP que sigue matando chinos. No sucumbo a mi impulso de empujarlo a la piscina con consola y todo. De este detalle me arrepentiré en el futuro.


- Verá, que llevo como 12 horas de viaje y no tengo toallas en la habitación. No le digo que me gustaría ducharme porque ya lo he hecho, pero sí me gustaría poderme secar con una toalla y no con una camiseta sudada.
- En sinco minutos le llegan las toallas, mi amol.

Y aquí uno comprueba que cinco minutos caribeños corresponden a cincuenta europeos. Dos dólares de propina al mozo que trae las toallas y que para la mano descaradamente.

Duchado de nuevo –la humedad es insufrible- me propongo a ver qué canales de televisión pilla ese pedazo de televisor de plasma. El mando a distancia no funciona. Nueva llamada a la recepción.

- El destinatario de su llamada no puede atenderle. Inténtelo de nuevo más tarde.

Cinco minutos después.

- El destinatario de su llamada no puede atenderle. Inténtelo de nuevo más tarde.



DÍA 2.

JUSTO antes de cumplir el encargo de una amiga que me pedía unas fotos de cierto sepulcro de cierto navegante legendario que viajó de muerto más que de vivo, compruebo que las baterías de mi cámara fotográfica sucumben al calor y a la humedad. Las pilas de recambio se quedaron con Murphy y su implacable ley en el hotel. Siguiendo las indicaciones de un lugareño, me desplazo hasta el lugar donde se encuentran varios vendedores ambulantes.

- ¿Cinco dólares por dos pilas normales y corrientes?
- Usted quiere pilas y yo tengo pilas. Si no, puede ir a comprarlas a una tienda en la siudá –señalando lontananza con el dedo.

La cámara no funciona con las pilas “nuevas”, significándoles que me hubiese ahorrado esas comillas –y cinco dólares- si hubiese detectado el olor a pegamento que desprendía el paquete que las contenía. Gracias a otro turista solidario, que me regala dos pilas, puedo cumplir el encargo y fotografiar mausoleo y sepulcro. Vuelvo sobre mis pasos y el vendedor de pilas ha desaparecido con mis cinco dólares y el bote de pegamento. Otro lugareño –o quizás el mismo de antes- me señala una papelera cuando le pregunto dónde puedo tirar las pilas “nuevas”. Pilas a la mochila, ya las reciclaré en casa.



DÍA 3.

MALDITO Jet Lag. Las tres de la mañana y ya despierto. A ver qué cuentan los periódicos de España. Conecto el portátil y la conexión wifi no funciona.

- El destinatario de su llamada no puede atenderle. Inténtelo de nuevo más tarde.

Agarro el portátil y me voy a recepción. Allí hay algo de cobertura wifi, pero no la suficiente como para conseguir abrir las páginas. Juego al solitario hasta la hora del desayuno.

Todas las tumbonas de la playa que se hayan a la sombra de parasoles o de palmeras se encuentran ocupadas por toallas, que no por personas. Lo mismo las de la piscina. Por lo visto, el cartel que en castellano, inglés y francés recuerda la prohibición de reservar tumbonas tiene poco éxito. Imposible permanecer más de dos minutos fuera del agua. Salgo disparado hacia la habitación cuando veo aproximarse al zombie de la PSP que mata chinos mientras camina.

Paso de nuevo por recepción.

- Verá, que el mando a distancia de la tele no funciona.
- En sinco minutos, mi amol, le llevan uno.


DÍA 4.

BENDITO Jet Lag. A las cuatro y media de la madrugada reservo las tumbonas con mejor sombra de todo el Caribe.

La conexión wifi sigue sin funcionar como Dios manda. Váyanse ustedes a saber por qué capricho cibernético el ordenador sólo conecta, vía web, con el correo electrónico del trabajo, no así con el resto de páginas del mundo mundial. ¿Qué habrá hecho el Barça? Aprovecho que estoy cerca de la recepción para recordarles lo de mi mando a distancia.

- En sinco minutos, mi amol, le llevan uno.

Un americano me promete que esas toallas son suyas, que cuando ellos legaron allí no había toalla alguna en las tumbonas. Se ve buen hombre y parece decir la verdad. Vuelta al expendedor de toallas.

- Si ha perdido las toallas tendrá que pagar 15 dólares por cada una.
- No las he perdido, me las han robado.
- Y para qué va a querer nadie dos toallas.
- Tiene usted razón. Seguro que están en la habitación.

Robo dos toallas de dos tumbonas desiertas y me las llevo a la habitación, ya no queda ni una tumbona a la sombra
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Edición 177 - De correo basura, de bulos y de mala leche
Edición 176 - Del Vaticano, de multas y de prostitutas
Edición 175 - De pasteleos
Edición 174 - Expertos
Edición 173 - El día más largo o el bombardeo continúa
Edición 172 - Mitrados y pancartas
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