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Época II - Año X
Edición Nº 3187
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 342
Semana del 19/09/2008
Golpismo continuado (I)


Ismael Medina
¿ SE caracteriza el gobierno Rodríguez por la práctica de un golpismo continuado? Mi respuesta es afirmativa. Pero debo explicarlo dada la complejidad conceptual del golpe de Estado.

Es lo habitual y tópico que se identifique el golpe de Estado con una acción militar encaminada a un cambio radical de las instituciones y, por consiguiente, del sistema político establecido. Pero existen numerosas aportaciones de las ciencias políticas y sociales que hacen posible distinguir diversas formas de golpismo sin intervención o con el respaldo de las Fuerzas Armadas, sea éste expreso o tácito. También una acción revolucionaria equivale a un golpe de Estado en cuanto subvierte el sistema institucional e impone el suyo. Pero no siempre un proceso revolucionario requiere de la violencia y del cambio de sistema político. Se dan procesos revolucionarios positivos y negativos favorecidos desde el poder del Estado.

El concepto de golpe de Estado, nacido en Francia, tardó en ser adoptado en España, sustituyendo al propio de pronunciamiento. Para el caso es lo mismo en cuanto vulneración o sustitución del orden institucional definido por la Constitución o Ley Suprema. Lo cual propone la cuestión de si existe de hecho un golpismo practicado desde la Jefatura del Estado, del gobierno o partes de la estructura estatal. Es lo que se ha dado en llamar autogolpe.

DE LAS DIVERSAS FORMAS DE GOLPE DE ESTADO

CURZIO MALAPARTE se anticipó con su “Tecnica del colpo di Stato” (1930), traducido al español años más tarde, a muchos politólogos y sociólogos en la distinción entre diversas formas de golpismo. Distinguía Malaparte entre acciones de cambio institucional ejecutadas por partes integradas institucionalmente en el Estado y las realizadas por sectores políticos, y por ende civiles, mediante operaciones encaminadas desestabilizar el gobierno, provocar la inestabilidad social y ocupar el poder. Y no fue el el protagonizado por Hitler y su partido el único cuyo golpismo estuvo precedido por una inequívoca legitimación electoral. El golpe de Estado incruento del general Primo de Rivera, al que Malaparte dedica muy sugestivas páginas, lo fue a instancias del monarca Alfonso XIII, es decir, desde la Jefatura del Estado.

Existen, además, golpes de Estado que modifican el orden constitucional sin necesidad de cambiar el gobierno ni derivar de una coacción militar. Conviene aludir a algunas de estas otras formas de golpismo. Una de ellas es el llamado golpe de Estado tácito. Se trata de acciones de cambio más o menos revolucionarias ejecutadas desde el gobierno a instancias de grupos de presión a los que se debe. Con independencia de que la proclamación de la II República fue la consecuencia de una golpe de Estado revolucionario, favorecido por la huida del monarca, conviene recordar que el radical laicismo de la Constitución de 1931, amén de otras perturbadoras incorporaciones, se debió a la imperativa exigencia del Gran Oriente de España, un poderoso grupo de presión al que pertenecían, cuando menos, 146 diputados de las Cortes Constituyentes.

También existe el llamado golpe de Estado técnico en buena medida similar al anteriormente descrito. Nada cambia en apariencia respecto a la estructura institucional preexistente. Subsisten formalmente las instituciones básicas del Estado real o presuntamente democrático. Pero uno o varios poderosos grupos de presión, distintos de la Jefatura del Estado y del Ejecutivo, consiguen que éstos den forma legal a sus intereses y conveniencias. Es frecuente, asimismo, que en este tipo de golpes de Estado tácticos jueguen un papel determinante la arbitrariedad, la incompetencia o la debilidad de quienes ostentan las altas magistraturas del Estado. La interconexión entre esas distintas fuerzas, a las que no son ajenas como instrumentos de presión las crisis económicas provocadas o estimuladas, golpe de Estado especulativo se dice, desemboca en procesos anárquicos que desguazan de contenido y solidez al Estado de Derecho que encuentra respaldo y justificación dialéctica en subordinados o vendidos grupos de presión mediáticos.

Otra forma de golpe de Estado es el llamado institucional. Se trata del promovido por quienes ostentan el poder político, encaminado a un cambio de sistema sin que ello implique el desplazamiento de la autoridad que lo incita ni de las instituciones bajo su control, aunque sí la debilitación de aquéllas que por su capacidad operativa, caso de las Fuerzas Armadas, podrían poner freno a sus desmanes. Es el motivo, por ejemplo, de que desde un principio yo decidiera llamar acción institucional a lo sucedido el 23 de febrero de 1981.

DEL GOLPISMO CONSTITUCIONAL RETROACTIVO

LA ejecutoria de Rodríguez desde que accedió al poder nos sitúa ante un proceso encadenado de golpismo en el que comparecen y se mezclan varias de las formas anteriormente enumeradas. Es el motivo de que me haya detenido en la descripción sucinta de las diversas teorías sobre el golpe de Estado.

El fallecimiento de Juan Manuel Reol Tejada, primer presidente de la comunidad autónoma de Castilla y León ha dado ocasión para un amplio y tardío despliegue sobre su personalidad y ejecutoria política. De la exhumación de algunos de sus textos creo oportuno recoger éste: “Se está perdiendo el espíritu de consenso de la Transición. Ahora el Gobierno se fija en la Constitución de 1931, no tanto en la de 1978. Es un error. El Título VIII no acertó al dejar la puerta abierta a este tipo de carrera por usurpar más competencias del Estado”.

¿Y por qué no acertaron los redactores de la Constitución de 1978 a cerrar esas críticas puertas hacia la disolución del Estado y de España? Por la sencilla razón de que también para ellos, o para los más influyentes, fueron referencia la Constitución de 1931 y el modelo marxista de “democracia avanzada”. De ahí, por ejemplo, la introducción del perturbador término “nacionalidades” a instancias de Enrique Tierno Galván y del siempre corrosivo Miguel Rodríguez y Herrero de Miñón, hombre de la Trilateral y hoy asociado al soberanismo vascongado. Existía el compromiso previo, ya pactado durante la lejana reunión de Munich, del restablecimiento de los estatutos de Cataluña y Vascongadas. Pero su reconocimiento constitucional requería enmascararlo de algún modo. La solución la ofreció el arribista Adolfo Suárez con su famoso “café para todos”. Aunque eso sí, de calidad para Cataluña y Vascongadas y de achicoria para los demás. El desalmado Título VIII, fustigado por Reol, desató la presumible carrera en pelo entre unas y otras taifas. Las de achicoría querían el café de calidad de catalanes y vascongados. Y a medida que se les concedían algunas, estas otras exigían más para mantener su condición privilegiada. Un lamentable sistema electoral que convierte a las minorías secesionistas en imperativos grupos de presión ha facilitado el progreso hacia un impreciso y nefando federalismo, o confederalismo, mediante el que Rodríguez pretende enlazar con el modelo sovietizador del primitivo socialismo y su sueño de reinstaurar la II República como si la historia se hubiese parado en 1936 ó 1939.

Un sustancioso artículo de Franciso Sosa Wagner (“El Tribunal de Garantías y otras añoranzas”. “El Mundo”, 12.09.2008) nos sitúa ante la equivalencia politizada de aquel Tribunal de Garantías con el actual Tribunal Constitucional, al que también cabrían los juicios emitidos sobre el primero por el diputado Royo Villanova (un Tribunal inncesario, pues para ejercer su función valdría mejor el Tribunal Supremo, como en los Estados Unidos) o por Indalecio Prieto ( “El Tribunal equivaldrá en el sistema institucional al apéndice en el sistema intestinal: no servirá más que para producir cólicos”). También recuerda Sosa Wagner, como lo hizo años atrás Julián Marías y he recordado más de una vez, que las garantías constitucionales estuvieron suspendidas durante casi todo el periodo republicano mediante leyes de excepción, como la de Orden Público, que convertían en un órgano ocioso aquel pintoresco Tribunal de Garantías, un traje institucional confeccionado con retazos partidistas. El actual Tribunal Constitucional responde a parejos criterios políticos, aunque se hayan edulcorado con exigencias más o menos aleatorias de cualificación jurídica de sus componentes. Lo confirman sus reiteradas sentencias partidistas, en ocasiones escandalosas.

DEL GOLPE DE ESTADO REVOLUCIONARIO DE 1931 Y DE LOS QUE SIGUIERON

HEMOS llegado a la actual situación a través de un largo rosario histórico de golpes de Estado. Pero como lo que pretende Rodríguez con descaro es el empalme con la II y la III Repúblicas me limitaré a enumerarlos a partir de su instauración en 1931.

El cómputo final de las elecciones de abril de 1931 daban el triunfo a los partidos monárquicos. Pero los primeros resultados en grandes ciudades, favorables a los partidos de izquierda, fueron aprovechados por éstos para la ocupación revolucionaria de las calles, cuyo éxito se vio completado por el abandono de Alfonso XII al verse desasistido por aquellos que gozaban de su confianza. Se trató sin duda alguna de un golpe de Estado revolucionario al que se pretendió otorgar patente de legitimidad con la convocatoria de Cortes Constituyentes.

La izquierda no se resignó a que unas futuras elecciones dieran el triunfo a la derecha y amenazó reiteradamente con lanzarse a la revolución si esa eventualidad se producía. Y como ese fuera el signo de las elecciones de 1933, la prepararon de inmediato con alijos de armas, organización de sus milicias y huelgas generales cuyas dilaciones tácticas aguaron en buena parte de España el entusiasmo de los muchos llamados a protagonizarlas. Fue la causa de que la sangrienta revolución de octubre de 1934 sólo tuviera el eco presumido en Asturias y Cataluña. La equívoca pusilanimidad de Alcalá Zamora impidió que la derrota de los revolucionarios sirviera de purga disuasoria. No tardaron los partidos y sindicatos de izquierda en organizarse para la revancha, mientras los grupos de acción de su milicias se entrenaban con insistentes atentados y crímenes políticos ante la pasividad permisiva del gobierno Lerroux, condicionado por el pernicioso maniobrerismo del Presidente de la Republica.

En vísperas de las elecciones de febrero de 1936 se creó el Frente Popular en el que se unían todas las fuerzas de la izquierda. No se trató de una iniciativa interna sino de un miembro del espionaje soviético (el libro en que lo relata no lo encuentro ahora entre mi revuelta biblioteca) destacado en Francia y, que para librarse de ser víctima de una de las purgas estalinianas, ofreció al Kremlin el estudio de ese operativo para adueñarse de España. Aquellas elecciones, que el Frente Popular ganó por reducida diferencia de votos sobre la derecha, estuvo jalonada por multitud de falseamientos de actas a punta de pistola u otras formas de coacción o de trampas. Hubo sobrados motivos para declararlas nulas. Pero ya el gobierno estaba aquejado de una debilidad extrema. El proceso revolucionario comenzó de inmediato bajo el gobierno frentepopulista. Aquellas elecciones desembocaron en un golpe de Estado revolucionario impulsado desde el gobierno. Había nacido de hecho la III República, consumada en toda su dimensión revolucionaria y sovietizadora en julio de 1936.

DE CÓMO EN 1936 LOS REVOLUCIONARIOS ESTIMULARON QUE SE PRECIPITARA LA ACCIÓN CONTRARREVOLUCIONARIA

NO es cosa de entrar en mayores datos confirmatorios. Pueden encontrarse en los libros de Pío Moa y Ricardo de la Cierva, entre otros, con superabundancia de pruebas documentales. Pero sí anotar que el asesinato del diputado monárquico José Calvo Sotelo fue un inequívoco crimen de Estado. El gobierno y en particular el ministro de Gobernación, Casares Quiroga, e Indalecio Prieto eran conocedores día a día de los preparativos del general Mola, otros mandos militares y políticos de la derecha para un pronunciamiento que restableciera el orden constitucional de la República vulnerado por el Frente Popular. Con el asesinato de Calvo Sotelo se pretendía provocar esa reacción frente al caos revolucionario en la convicción de que su organización era todavía incompleta y podría ser fácilmente aplastada por los sectores militares afines al gobierno, por las fuerzas de orden publico, en particular la Guardia de Asalto, y de las milicias de los partidos y sindicatos del Frente Popular , sobre todo, preparadas y armadas para emprender una devastadora acción revolucionaria en la primera quincena de agosto, bajo la dirección de los “consejeros” soviéticos que había llegado subrepticiamente a España durante los meses anteriores. No salieron las cosas como estaban programadas y la situación desembocó en una guerra civil cuya prolongación durante tres años se vio favorecida por los intereses estratégicos de las grandes potencias que se preparaban para afrontar una inminente guerra mundial. La Unión Soviética quería una España roja y subordinada a la espalda de Europa. Alemania una España afín que cerrara el acceso al Mediterráneo. Francia una España socialista a su medida. Y Gran Bretaña y los Estados Unidos nada de eso, motivo por el que apoyaron de manera encubierta y muy eficaz al naciente Estado Nacional encabezado por Franco.

Franco eludió entrar en la guerra mundial. Pese a múltiples y onerosas circunstancias adversas (la menor no fue la necesidad de superar las terribles carencias de un país asolado por la contienda) el naciente Estado Nacional se fue dotando de un sistema constitucional abierto, las Leyes Fundamentales, y del esfuerzo colectivo favorecido desde el gobierno, del cual resultó un positivo proceso revolucionario. Me refiero a la creación de una extensa y nueva clase media al amparo de un sostenido desarrollo económico y social. Una clase media sin cuya existencia, como más de una vez he señalado, habría sido imposible la transición pacífica desde un régimen peculiar de presidencialismo vitalicio al impuesto por los poderes internacionales de totalitarismo partitocrático coronado.

DE LA ABERRANTE TENTACIÓN DE HACER VIRTUAL LO QUE NO FUE

A uno y otro lado de las trincheras políticas se ha especulado con la posible evolución de los acontecimientos si el Frente Popular revolucionario hubiese ganado la guerra. Lo que no fue se convierte en fantasmogoría por mucho que Rodríguez y sus secuaces se empecinen en restaurar lo que perdieron sus abuelos. Con independencia de que se habrían reproducido en el resto de España las matanzas indiscriminadas y selectivas que protagonizaron en los espacios territoriales bajo el dominio del Frente Popular, poco se ha dicho de lo que habría acaecido en el plano internacional, especialmente respecto de la guerra mundial desatada pocos meses después de terminada la nuestra.

El contenido del volumen dedicado a España de los Archivos Secretos de la Wilhemstrasse, publicados en los cincuenta bajo patrocinio norteamericano, pone de manifiesto que la ayuda del III Reich y de la URSS a una un otra zona durante nuestra contienda no sólo se hacía bajo la exigencia de contrapartidas económicas inmediatas: con cesiones mineras sobre todo en el caso del III Reich y el expolio de los recursos financieros (el llamado “oro de Moscú”) por parte soviética. También, y me parece más importante, esa ayuda fluctuaba en la misma medida que avanzaban o se retrasaban las negociaciones entre Ribbentrop y Molotov para el pacto entre ambas potencias que finalmente se suscribiría. Al amparo de ese acuerdo una España definitivamente roja habría colaborado paradójicamente con el III Reich de igual manera que hicieron los partidos comunistas europeos, en particular el francés, hasta que Hitler cometió el error estratégico de invadir la URSS. ¿Habrían eludido los aliados occidentales asentar sus fuerzas expedicionarias en España? No lo creo. Los ejércitos soviéticos estaban lejos y ocupados plenamente en resistir el empuje alemán. Habríamos sido víctimas de un situación de inestabilidad y confusión similar a la de la Italia tras la invasión. Fue la causa de que las potencias occidentales prefirieran sostener a Franco como garantía de que su neutralidad les resultaría a la postre más beneficiosa.

Franco murió en la cama como Jefe del Estado español y dejando tras de sí un proceso de evolución interna que, a través de la aplicación de las Leyes Fundamentales, conduciría de manera progresiva al establecimiento del régimen de partidos impuesto por el poder mundialista y comprometido por su sucesor a título de Rey. Pero tales previsiones se alteraron tras la aprobación de la Ley de Reforma Política y desembocaron en el autogolpe de Estado de 1977. Pero de lo acontecido a partir del mismo y de los que se han urdido desde entonces a hoy me ocuparé la semana próxima. Hacerlo ahora desembocaría en una crónica extensa en demasía.
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Edición 151 - Polanco de emperador, el rey de mensajero y Rodríguez de señuelo
Edición 150 - La constitución hace agua y el rey se tambalea
Edición 149 - España y el carro de combate de Acisclo
Edición 148 - 2004-2005: del caos a un mayor caos
Edición 147 - Navidad desde la lejanía
Edición 146 - Don Tancredo Rodríguez
Edición 145 - La Plaza de la Prostitución
Edición 144 - Caminamos hacia la neosovietización
Edición 143 - Chávez deja a Rodríguez con el culo al aire
Edición 142 - Realidad y ficción
Edición 141 - Anómalas promociones al mando en Interior y Defensa
Edición 140 - La amenaza de Eurabia
Edición 139 - Una España moribunda en una Europa que agoniza
Edición 138 - ¿Quién maneja a Rodríguez contra España?
Edición 137 - Falsificación en rosa
Edición 136 - Los países con temor sólo merecen el destino de los cobardes
Edición 130 - Allí donde Dios tiene un templo, el demonio suele levantar una capilla
Edición 128 - Los cántaros, cuando más vacíos, más suenan
Edición 127 - El talante embaucador de Rasputín
Edición 126 - ‘Volvemos al reino de las sombras, a la caverna’
Edición 125 - La silenciada memoria histórica de un empeño superador de la guerra civil
Edición 123 - Levantar un andamio no es edificar
Edición 122 - Pepito Pisacharcos
Edición 121 - ¿Para qué servirá un piloto que vomita?
Edición 120 - El estigma totalitario del PSOE
Edición 119 - ¿Zapatero remendón o zascandil?
Edición 118 - ¿A qué Europa vamos?
Edición 117 - ¿El último rey de España?
Edición 116 - La trinidad socialista
Edición 115 - La pachanga totalitaria
Edición 114 - Estamos en guerra, imbéciles
Edición 113 - España a merced del terrorismo
Edición 112 - Al poder desde la sangre
Edición 111 - Rodríguez o el cuento de la buena pipa
Edición 110 - La historia ahorca a quienes la ignoran o falsean
Edición 109 - En camino hacia el precipicio
Edición 108 - De aliados de USA a siervos de Francia
Edición 107 - Las elecciones las ganó el terrorismo
Edición 106 - Esquizofrenia terrorista
Edición 105 - Feria electoral
Edición 104 - Desconcierto en la Justicia
Edición 103 - Origen y ocaso del socialismo (y IV)
Edición 102 - Origen y ocaso del socialismo (III)
Edición 101 - Origen y ocaso del Socialismo (II)
Edición 99 - Origen y ocaso del socialismo (I)
Edición 98 - Cucaña electoral
Edición 95 - ¿Sólo con Europa?
Edición 94 - ¿Con Francia o con España?
Edición 92 - El golpe de Estado de 1978 y sus consecuencias
Edición 90 - ¿Qué España será posible?
Edición 89 - ¿Por que tanto empeño en silenciar a Jose Antonio Primo de Rivera?
Edición 88 - Oscuro e incierto se presenta el reinado de Felipe VI
Edición 87 - El futuro de vascongadas atañe a todos los españoles
Edición 86 - Juan Pablo II: revolución y ortodoxia
Edición 85 - Peligro de secesionismo en Argentina: el plan Andinia
Edición 84 - La Guardia Civil sirve a España
Edición 83 - ... y nos llamaron ultras
Edición 82 - La desvergüenza de la ignorancia
Edición 81 - El tararira garzoniano (y 4).- Errores sobre errores
Edición 80 - El tararira garzoniano (3).Garzón se zambulle en el guirigay argentino y compromete a España
Edición 75 - El tararira garzoniano (2).- De Cavallo a Slim y Polanco
Edición 74 - El tararira garzoniano (1). De Pinochet a Cavallo y 46 más
Edición 71 - Hoy, como ayer
Edición 70 - El debate del estado de la ficción
Edición 69 - Los diarios de Víctor Klemperer y de Ana Frank
Edición 68 - Constitución europea y gobierno mundial
Edición 67 - Entre el cazo y el caos
Edición 66 - Desmemoria y demagogia
Edición 65 - Matemáticas electorales
Edición 64 - ¿Cuándo comenzó la III Guerra Mundial?
Edición 63 - Esperpento partitocrático
Edición 62 - El miedo a la verdad no es de los cristianos
Edición 61 - Tres respuestas a tres desvaríos
Edición 59 - Centenario ninguneado
Edición 58 - Juegos peligrosos
Edición 57 - Sangre y muerte: realidad y espectáculo
Edición 56 - Degradación de la Justicia
Edición 55 - España, entre el imperio y el mal francés
Edición 53 - Iraq: La Luna y el Sol deciden
Edición 51 - El Molino Rojo
Edición 49 - Zeus no raptaría hoy a Europa. La pondría a venderse en una esquina
Edición 48 - Una ojeada realista a la guerra en ciernes
Edición 47 - España, Irak y el petróleo
Edición 46 - ¿Y si el tapado de Aznar se llama Rodríguez?
Edición 43 - Carta al director de 'El Mundo'
Edición 5 - La paz en Oriente Medio no es cosa de palomas
Firmas
Abel Abascal
Alberto Acereda
Alfonso Berroya
Alfredo Amestoy
Álvaro Peña
Amilibia
Antonio Castro Villacañas
Antonio Martín Beaumont
Borja Álvarez
Carmen Planchuelo
Enrique de Aguinaga
Ernesto Ladrón de Guevara
Eulogio López
Félix Arbolí
Francisco Daunis
Gabriela Ardiles
Germán Lopezarias
Honorio Feito
Hugo Alberto de Pedro (Buenos Aires)
Ignacio San Miguel
Ismael Medina
Javier del Valle
Javier Neira
Jesús Pozo
Joan Pla
Joaquín Abad
José A. Baonza
José Luis Navas
José María Moncasi de Alvear
José Meléndez
Juan Pablo Mañueco
Juan Urrutia
Julen Urrutia
Luis Irazu
Manuel Salvador Morales
María del Mar García Aguiló
Marta Rivera de la Cruz
Matías J. Ros
Miguel Ángel García Brera
Miguel Ángel Loma
Miguel Martínez
Nieves Concostrina
Óscar Molina
Pancho Linde
Pascual de Bustares
Ramón Sánchez
Ricardo Navas-Ruiz
Vasco Lourinho (Portugal)
Víctor Corcoba
Wenceslao Pérez Gómez
Wifredo Espina
Yolanda Cruz
Yolanda Salanova
Zain Deane (Nueva York)
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