N
O suelo yo hablar del norte España. Por desconocimiento, más que nada. Pero como uno tiene su retranca en la memoria, sí recuerdo la primera vez que subí por Navarra (los de Almería históricamente siempre estamos subiendo) y me confundieron con un señorito andaluz. Acompañaba yo por entonces a la que luego compartiría mi vida algunos años y debí hacerle gracia a otra moza que andaba por allí con algún clarete de más. Inmediatamente se lanzó a interrogarme sobre cuántos caballos tenía en mi cortijo, cuántos trabajadores, y todo eso que los andaluces debemos haber exportado consciente o inconscientemente durante tantos años. Como ya estaba la cosa como estaba, y pocos minutos antes, por primera vez en mi vida había podido ver en vivo y en directo a un guardia civil con chaleco anti balas y una metralleta en la mano paseándose por la misma acera que yo, opté por la guasa y le dije que el cortijo lo teníamos en Murcia y que estaba lleno de chinos (no volvió a preguntar nada más durante toda la noche. Creo que la descoloqué con aquello de que un andaluz de Almería (que por entonces y ahora es como ser menos andaluz) rentara en Murcia (no le dije que mi madre sí era murciana) y que los chinos, en realidad eran cerdos, que es como, también curiosamente, se les denomina en la parte más andaluza de Murcia (hablo de la difusa frontera que controlaba Pedro Fajardo cuando bajaba de los Vélez a matar moros por encargo de los Reyes Católicos).
Ahí quedó la cosa, y al día siguiente me llevaron a un pueblecito cercano a la frontera francesa en el que me comí las mejores alubias colorás de mi vida. Lo recuerdo porque fue la primera vez que escuché hablar en euskera y me resultó muy curioso. Lo platicaban dos paisanos de la mesa de al lado que, al despedirse de la dueña de aquella casa de comidas, uno lo hizo en castellano y el otro en francés. Me fascinaron también unos caballitos salvajes que me enseñaron en unos montes cercanos. Aquella comida, el descubrimiento de aquella forma de entenderse dos personas de dos países tan distintos en una lengua común para uso privado, y el paseo por aquellos montes neblinosos me reconciliaron con el viaje y olvidé el incidente del día anterior.
Por las cosas de la memoria, me vino este pasaje de mi corta vida a pasearse conmigo cuando leí que el libertador vasco Otegui ahora se ha cabreado con el triunfo de una tal Ainhoa en un programa de Televisión Española. Dicen los mal intencionados que lo que le molestó realmente no fue la cantante, sino que miles de paisanos de Galdácano estuvieran presentes en una plaza viendo la tele del Estado opresor y aplaudiendo a una chica que decía sentirse muy feliz dando gracias a todos los españoles que, según los organizadores del concurso, la han votado vía el mayor negocio del momento: el móvil.
Menos mal que el tal Otegui libertador no se enfada ni ve extraños intereses en el liderazgo de la Real Sociedad en la liga española o que el Osasuna sea uno de los cuatro semifinalistas de la Copa del Rey.
Dirán ustedes qué tiene que ver mi viaje al norte, la Real Sociedad, el Osasuna, los chinos de Murcia o los jóvenes de Galdácano. Pues nada. No tienen nada que ver. Igual que también es incoherente que en la web de la Archidiócesis de Madrid se asegure que San Fermín fue un obispo de la, cito textualmente, “Papilón romana, Iruña para los vascos -sus pobladores de siempre- y Pamplona en la actualidad”.
Nunca comprendí por qué aquella conocida de Pamplona me confundió con Javier Arenas o con Bertín Osborne, pero debió ser un mecanismo parecido al que ha utilizado el libertador Otegui con la cantante Ainhoa. Hablar por no callar, aunque sea para decir sandeces fuera de cualquier lógica. Más o menos como lo de que los vascos han poblado desde siempre Navarra. Agur.