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Época II - Año XIV Edición Nº 4189
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 jueves, 23 de octubre de 2014 ESPAÑA
Sumario
Cartas al Director
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Miguel Ángel García Brera
L A presidenta de la Comunidad de Madrid ha anunciado su disposición a convertir a los profesores en autoridad pública; decisión bien acogida por el estamento docente, harto de ver cómo sus alumnos se les suben a las barbas. No sé si la medida mejorará las cosas, pero observando cómo muchos jóvenes- y adultos- tratan hoy a la Policía, dudo bastante que el ser autoridad pública conlleve el debido respeto del alumno al profesor. Creo que la quiebra de valores es tan fuerte que, mientras los padres no vuelvan a encarnar los derechos que señala el Derecho Natural y a ejercer sus deberes, la nueva medida va a tener poco éxito.

Puedo presumir de haber ejercido la docencia en todos los ámbitos, incluido el de la enseñanza media y el de la universitaria y pienso que probablemente la seguridad en uno mismo, el autorespeto y una cierta dosis de diplomacia salvaría a muchos profesores de la agresividad de sus alumnos salvajes, porque en lo que hoy es la selva escolar, también hay ejemplos nefastos entre los docentes. Al pensar sobre la cuestión, he recordado algunas vivencias que pueden ser interesantes para mis lectores. Comenzaré por el tiempo en que fui alumno y, en una ocasión – yo tenía nueve años-, un profesor salvaje – que también los hay – quiso azotarme con grueso palo por equivocarme, de diez, en cuatro problemas matemáticos. Según su ley correspondían dos azotes por cada error y a mí, por tanto, ocho. Mientras iba azotando a los más zotes que yo, pues imponía el castigo por orden decreciente, pensé en mis padres y los sentidos del deber y de la dignidad que me habían inculcado. Al entrar en capilla, mientras sufría el varapalo uno de mis compañeros, salí del aula y me dirigí a mi casa, no sin antes decir, con aquella educación, precisa y preciosa, que mi madre me inculcó, “me permiten pasar” al director del colegio que, hablaba con otro profesor, uno apoyado a cada lado de la puerta de salida del Colegio. Conté en casa lo ocurrido y mi madre solicitó, conmigo, una entrevista con el director, a quien, sin agresividad verbal, manifestó su desagrado por el sentido de la disciplina que el “matemático” imponía en su clase. El director fue comprensivo, llamó al maltratador, y mientras él aclaraba las cosas, mi madre comentó: “Si me hijo merece algún castigo, me parece adecuado que se le imponga, pero nunca poniéndole la mano encima”. El profesor era tan avieso de intenciones, que recogió el guante y durante todo el curso, al comenzar la clase, me sacaba del pupitre y me hacía estar de pie, cerca de la pizarra “para que no me distrajera y aprendiera la lección del día, ya que era un niño muy sensible y no se me podía pegar”. Pero nunca más maltrató a nadie. Tampoco mi madre pidió una indemnización, ni insultó al profesor y no dejó de llamarme la atención sobre la necesidad de apretar en aquella asignatura, preocupándose, de vez en cuando, de revisar mis trabajos.

Como profesor, aunque se me pueda acusar de petulancia, quiero adelantar que tengo innumerables testimonios de afecto de mis alumnos, siendo frecuente encontrarme con alguno que me saluda y me recuerda el pasado muy amistosamente. No hace un año, uno de los alumnos de bachillerato al que di clase, hace ya cincuenta años, cuando él tenía once, leyó un artículo mío y me escribió una carta que elevó al máximo mi “ego”. Recordaba que uno de los mayores disgustos de su vida, fue saber que al año siguiente yo dejaba mi tarea docente en el Centro.

En los últimos años del régimen anterior, fui profesor de Educación del Espíritu Nacional en la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma donde, ni su Decano, el célebre Sánchez Agesta, ni alumno alguno estaba por la labor de aceptar esa asignatura incluida entre las que, despectivamente, llamábamos “Marías”. Como nadie me dio instrucción alguna sobre el programa o alcance de esa enseñanza, ni jamás recibí intrusión alguna en mi “cátedra”, lo consideré una oportunidad para contactar con el alumnado universitario y me puse a discurrir en lo qué podía consistir una asignatura como esa. Una vez que convencí al Decano, con el programa que ideé, el día en que inaugure la clase, me encontré con un gran aula, llena a rebosar, en cuyas paredes se habían pintado algunos comentarios de índole sexual y se habían colgado varias bragas y sujetadores, a modo de provocación. Me subí al estrado y comencé diciendo que estaba allí para impartir un programa de información sobre las Leyes Fundamentales -la Constitución de entonces- y que, aunque había un rechazo a la asignatura, bien manifiesto en el panorama que veía en el aula, yo lo entendía perfectamente. Aquello era la evidencia de que el hombre es un ser con dimensión histórica y mis alumnos no eran ajenos a ella, ofreciendo aquella exposición de lencería como respuesta a un profesor, de otra generación, que ellos pensaban se iba a escandalizar ante aquel libertinaje “estético”. De no ser – les dije- por la historia de un tiempo pacato, como antecedente que les afectaba sin duda, aunque renegaran de él, no hubieran reaccionado así. Yo observaba que se iban quedando estupefactos y se aprestaban a seguir escuchándome, así es que continué sin el menor problema, la explicación de mi programa, que en realidad era un simple temario de Derecho Político y en el que jamás hice manifestación ideológica alguna. Muchas veces he pensado qué habría sucedido de haber puesto el grito en el cielo por el obsceno recibimiento que me hicieron.

Como profesor de Redacción Periodística en la Facultad de Ciencias de la Información de la Complutense, si en alguna ocasión, algún alumno entablaba conversaciones privadas con sus compañeros, jamás lo censuré, ni saqué a nadie de la clase, en la que generalmente había un respetuoso silencio. Si se producía alguna conversación, dejaba de hablar mirando hacia los intempestivos, que se callaban de inmediato, y entonces les decía, más o menos: “Si es más importante su conversación que aprender lo que pretendo enseñarles, aunque es para lo que están aquí, sigan hablando; no se preocupen. Yo espero”. Y no había más chácharas.

Siempre traté a los alumnos de usted, salvo en el despacho del Departamento, en el que sus consultas e inquietudes me parecía que obligaban a ser más cercano. Ellos llegaron a saber que mi mayor pasión era ayudar y formar, más allá de la simple asignatura. Si alguno me tuteaba en clase, jamás le dije que no lo hiciera; yo le respondía de usted y enseguida él cambiaba la clave.

Tuve un penoso incidente con un miembro del Partido del Trabajo, que al saber que yo era asesor jurídico de El Alcázar quiso ponerme en ridículo, mientras explicaba una lección sobre la utilización de la encuesta en el periodismo. Comencé afirmando que se trataba de un instrumento sociológico, no específicamente periodístico, aunque los periodistas utilizaban muchas veces los resultados. Como permitía que, con la mano alzada, cualquier alumno pudiera interrumpirme durante mi lección, uno pidió la palabra para decirme que yo era un mal profesor, ya que él sabía mucho más que yo de ese tema y podía explicarlo mejor. Repuse que era probable, pues ni yo me consideraba el mejor de los profesores, ni pretendía dar de la encuesta una visión profunda por entender que no se trataba de un género periodístico. Mientras hablaba el muchacho, ya un poco talludo, otro me pasó una nota escrita en la que me advertía que era peligroso y que había llegado a las manos con el profesor al que yo había sustituido. Aceptando lo mucho que decía saber mi díscolo discente, le invité a pasar al estrado y seguir él la explicación, respondiéndome que mejor me traía escrita la lección para que me convenciera de su sabiduría y que, efectivamente, tras eso, él daría la próxima clase.

Me entregó al día siguiente unos folios y, apenas comencé su lectura, comprendí que era un texto copiado literalmente de Maurice Duverger y, llegado el día del “estreno” inicié la clase asegurando que el texto de mi alumno era verdader
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Edición 293 - Breve comentario sobre la ley de la memoria
Edición 292 - Endoso a los jueces
Edición 291 - En desagravio de Almuñecar
Edición 290 - Cosas de chupar
Edición 289 - España en la ‘Champions’
Edición 288 - Pronto hablarán español sólo l
Edición 287 - Adioses
Edición 286 - De la igualdad y el cine
Edición 285 - Tremendo Agosto
Edición 284 - Estampa de Zagreb
Edición 283 - Mentiras, promesas y sumisión
Edición 282 - El Jueves
Edición 281 - Cainitas
Edición 280 - Un restaurante distinto
Edición 279 - Aquí no pasará nunca
Edición 278 - Llanto por seis soldados…y por España
Edición 277 - Políticos y jaurías salvajes
Edición 276 - ‘El Soplao’, Cantabria aún mas bella
Edición 274 - ¡Oh Democracia, cuan débil creces en España!
Edición 273 - Las claves del divorcio
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Edición 235 - Prohibido prohibir
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Edición 228 - La Palma, un edén a conservar
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Edición 219 - El planeta de los simios
Edición 218 - La identidad nacional
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Edición 216 - Reencuentro
Edición 215 - Semana de Pasión en Lorca
Edición 214 - Cambio de ministros
Edición 213 - El turismo y la mar
Edición 212 - Metro y ETA
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Edición 193 - Miscelánea
Edición 192 - Larga vida a doña Leonor
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Edición 188 - Perplejo
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