D
E tu hidalga compasión
Arráncame el corazón
O ámame
Por que te adoro.
Al oír estas palabras para Juan desaparecía el mundo de su al rededor. Alojadas en su mente, mimadas en su corazón y repetidas para sí mismo en silencio, eran lo único que tenía valor de cuanto a lo largo de la jornada llegaba a sus oídos. Pero cuando realmente tomaban vida, era cuando Inés las dejaba escapar de sus labios húmedos y sonrosados, cuando sobre él posaba su mirada oscura y líquida e intensamente le suplicaba que le arrancara el corazón o que la amara. Sin pudor, ni vergüenza ni recato, sin miedo y delante de todo el instituto, la bella Inés hacía suyas esas frases que no por repetidas, día tras día, para Juan perdían emoción. Mas bien todo lo contrario, de la sorpresa de la primera vez, pasó al convencimiento –casi dos meses después – de que habían sido escritas para él, que eran la culminación de mucho tiempo de espera y contemplación en silencio, de muchas horas de memorizar un texto que no resultaba fácil pero que sin embargo tenía la sensación de que al menos algunas escenas, algunos párrafos, habían sido escritos para él. Daba lo mismo que su autor fuera uno de esos antiguos que tanta emoción producían en don Ricardo, el profesor de Literatura... joder, el tío se ponía a hablar y no paraba, era un poco cargante haciéndoles leer cosas en verso (que entraba una risa que “pá qué”), y luego se ponía a explicar y quería que ellos “participaran”, y no desistía, a pesar de que no le hacían ni caso, y eso que era un tipo legal, de los que no te confiscaba el móvil, ni te miraba como si fueras una cosa rara porque llevaras unos pocos pendientes, también los llevaban los piratas de la pelis, y todo el mundo tan contento... a lo mejor por eso la gente de clase no le hacía la vida imposible ni nadie le montaba números en su aula.
Cuando a principio de curso les propuso leer un libro o hacer una obra de teatro, sólo un par de chicas dijeron que leer pero el resto dijo que mejor hacer teatro, que seguro era más divertido y que de paso entre ensayo y ensayo se hacían unas risas. “¿Y qué obra vamos a interpretar?”, preguntó una de las listillas del curso. Don Ricardo sacó un pequeño librito de su cartera y les dijo: “El Tenorio”
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- ¿El Te qué...? dijo el pelirrojo.
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- El Tenorio, so burro, contestó otra de las “listillas”. Es la historia –explicó- de uno que conquistaba a todas las mujeres que le gustaban, por eso a los que ligan mucho, y se van cepillando a todas las que se encuentran les llaman “donjuanes”. Y se quedó tan ancha y tan oreada después de tan compleja explicación.
Durante un rato todo el mundo opinó y habló a la vez pero estuvieron de acuerdo en hacer esa obra pues todos, más o menos, sabían de que iba y si además era de ligar... pues bueno, algo caería, se decían los guaperas de la clase. Aprovechando el entusiasmo de la muchachada, don Ricardo les habló del Romanticismo, de cómo era España a mediados del siglo XIX, que le gustaba a la gente, que no... les hacía ver que aunque esa obra, que ellos iban a representar, tenía mas de cien años, trataba de cosas que eran eternas e intemporales, que siempre interesaban y en las que todos alguna que otra vez pensábamos. O ¿es qué estaba pasado de moda enamorarse?, ¿o birlarle la novia al colega (risas en el aula y más de un codazo). O ¿el miedo a la muerte, a lo desconocido, a los fantasmas?. Remarcó que la obra tenía acción, intriga, amor.
Por un momento el silencio se extendió por el aula del viejo instituto, por un breve instante don Ricardo miró a su grey por encima de las gafas y pensó “aprovecha este momento que nunca más se repetirá”. Y sin darles mucho tiempo a reaccionar les comentó que lo más importante era repartir los papeles pero que para ello era imprescindible “leerse la obra antes”. Y aquí se levantó un murmullo de protesta pero que duró a penas nada, cuando Luis, el cabecilla del curso, comentó que tenía razón el profesor pues para saber cual era el papel más adecuado para cada cual... había que leerse el libro si no ¿cómo coño se iban a repartir los papeles? Ante esta lógica abrumadora, nadie protestó y los alumnos, como mansas ovejas, se plegaron a lo que don Ricardo pensó era mejor: leer la obra en clase entre todos y una vez leída, se repartirían los papeles, había para todos. Si salía bien pues quizás se podría representar ante todo el instituto y sacarse un dinerillo para el viaje de estudios. Ni la más mínima protesta.
Durante el resto del día, no hablaron de otra cosa y mucho antes de ponerle un ojo a las páginas ya se hacían apuestas de quienes serian Don Juan, Doña Inés, el terrorífico Comendador. Secretamente todos soñaban con los papeles principales: las niñas de “piercing” en el ombligo se imaginaban con tocas monjiles y los mozos de cabeza afeitada o pelos imposibles, con ser el seductor Don Juan.
Juan encontró el libro en las estanterías de la biblioteca de su casa. No era grande, de un palmo más o menos y estaba bastante usado. En algunas frases había una marca, un comentario, seguro que eso era cosa de su madre; también encontró papelillos como si fueran señales, alguna flor seca, hojas, definitivo: el libro era de su madre. Le estuvo dando vueltas y lo primero que le llamó la atención fue el título de la colección a la que pertenecía: “Mas allá” y lo que le hizo gracia era el nombre del editor: Afrodisio, vaya, se dijo a sí mismo “no empezamos mal”.
Durante el fin de semana se leyó el libro de tirón y cuando terminó tuvo muy claro que él quería ser Don Juan, que el papel tenía que ser para él pues entre otras cosas era el único Juan de la clase entre tanto Jeremy, Luis Alonso y David, el ser “el único Juan” tenía un valor, pero... al parecer don Ricardo no opinaba lo mismo y cuando a los pocos días se terminó la ronda de lecturas, seleccionó a otro alumno. El guapo del curso: moreno, alto, “echao p’alante”, y un poco bravucón él, también es verdad – y era justo reconocerlo- que leía con gracia, entonación y tenía una bonita voz. Las niñas de clase aplaudieron enloquecidas y empezaron a dar grititos histéricos ¡Pero qué perras que son!, se dijo a sí mismo.... Juan sintió como una puñalada en el corazón al no ser elegido. ¿Qué no iba a hacer ese papel?, ¿qué no iba a ser “él” el compañero de Inés?, ¿qué no le iba a coger la mano y desaparecer con ella entre nubes camino de la Gloria? si hubieran elegido a otra chica pues bueno... se hubiera conformado con ser el Comendador, que eso de hacer de estatua animada y volver del mundo de los muertos tenía su punto pero...con Inés de protagonista tenía más que claro que Don Juan sería él. Además qué que más daba si era tan rubio, tímido, si se ponía como un tomate cuando tenía que hacer algo en público?... tenía muy claro que ese papel lo iba a hacer él, costara lo que costara. Cuando unos días después el protagonista elegido se cayó por las escaleras de la forma más tonta y sin saber cómo, don Ricardo hizo una segunda lectura para éste papel y todos quedaron admirados cuando Juan recitó los versos como si no hubiera hecho otra cosa en toda su vida.
Frente a él estaba Inés que con rostro angelical de novicia sorprendida exclamaba:
-“¿Qué es esto? Sueño..., deliro.”
Y Juan le dio la réplica
-“¡Inés de mi corazón!”
Mientras Juan atravesaba la ciudad aquella tarde de bruma y lluvia, con la mochila al hombro y a buen paso, pensaba que el tiempo más feliz de su vida había sido, estaba siendo, el de los ensayos de El Tenorio. Después de clase se quedaban en el salón de actos y allí ensayaban las escenas. Al principio balbuceaban, leían a trompicones o todo seguido sin ritmo ni entonación o les daba por reírse... pero una semana después cada cual recitaba lo mejor que sabía y se iba metiendo en el papel que le tocaba.
Los ensayos pronto terminarían, la función se llevaría a cabo ¿y después?, pues después nada, o mas bien vuelta a lo de siempre: a no ser nadie y pasar desapercib
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