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  Firmas Invitadas - Edición Nº 63
Semana del 16/05/2003
Lecturas inverosímiles


José A. Baonza
E N recientes declaraciones a la prensa gran-canaria, leo el argumento irrefutable de Alfredo Bryce Echenique para defender a su congénere García Márquez, a propósito de las críticas recibidas por el autor del universo de Macondo en su conocido posicionamiento a favor de la dictadura castrista: “le he visto sacar –afirma el último premio Planeta-- gente del patíbulo por miles y esconderlos y salvarlos de la muerte”. Razón de más –digo yo-- que confirma los argumentos de Vargas Llosa o Susan Sontang frente a la perdurable pasividad de García Márquez ante las atrocidades de su amigo Fidel; porque, si es cierta su generosa acción hacía miles de cubanos encaminados a la ejecución sumarísima por “desafectos”, se explica menos la aceptación ideológica de los soportes en los que descansa la revolución del comandante. Por lo demás, “nihil novum sub sole” que diría el clásico. La lectura de tan sonora polémica entre el selecto cenáculo de la inteligencia presente, a la que José Saramago ha puesto la guinda colorista de su “arrepentimiento” tardío, me ha hecho recuperar viejas lecturas del ayer, cuando André Gide se atrevió a desafiar lo políticamente correcto de sus congéneres europeos de entre-guerras para escribir su contundente alegato contra el paraíso del proletariado en las páginas impresas de “Retorno de la URSS”. Allí fue de ver el torrente de improperios que le dedicaron Ramain Rolland, Paul Nizan o Henry Barbousse por el nefando delito de descubrir los paños menores del padrecito Stalin para solaz de las putrefactas democracias occidentales, todavía dubitativas ante el magistral ejercicio de purificación visualizado en las “purgas” del Kremlin. Como había de suceder, algunos años mas tarde, en la conflictividad militante de los artistas y escritores que acudieron en Valencia –1937-- al Congreso de intelectuales anti-fascistas, para que Tristan Tzara, Louis Aragón, Pablo Neruda, Octavio Paz y tantos se despacharan a gusto sobre la crueldad del bando franquista sublevado contra la legalidad republicana, sin mencionar para nada alguna de las “pequeñas” tropelías en que habían incurrido los heroicos defensores del internacionalismo proletario, no solo contra sus enemigos de clase, sino contra los “colaboracionistas y lacayos” del imperialismo fascista, conocidos por las siglas del POUM o de la CNT. Pero cuando Octavio Paz reconoció su error de perspectiva en la condena de algunos totalitarismos y propuso la denuncia similar de todas las dictaduras, los estómagos agradecidos de Sartre, Althuser o Adorno no pudieron resistir el indigesto plato de la verdad histórica sobre las lentejas de su primogenitura en la vanguardia hacia el objetivo final de la sociedad sin clases. Poco importaba que Hungría o Checoeslovaquia dejaran al descubierto las miserias del marxismo-leninismo, ya nada stalinista tras el XX Congreso del PCUS, o que fuera público, notorio y elemental el dato fehaciente del fracaso histórico del comunismo para la redención de los pueblos oprimidos, tan meridianamente explicito con la caída del muro de Berlín. La imperturbable maquinaria de la progresía ilustrada es capaz de tornar en lanzas contra el “imperio” USA cualquier acontecimiento que alimente sus desesperadas cañas irredentas por “la paz, el desarme y la libertad”. De ahí que las lecturas que aplican algunos extravertidos exégetas de la “conciencia moral” frente a la guerra no pueda desligarse de los intereses políticos en litigio y haya que interpretarlas, por el momento y la ocasión elegidos, a la luz del más descarnado maniqueísmo característico de su estrategia colectiva. ¿Cómo definir, si no, a quienes no se les cae de la boca y de la pancarta su denuncia por la invasión de Irak traducida en el repugnante eslogan de “sangre por petróleo”, mientras hace muy pocas fechas aceptaban complacidos la cuantiosa ayuda espiritual y material que les llegaba de tan distinguidos “demócratas” como Nicolás Ceaucescu o Muhammad El Gadaffi?
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