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Época II - Año X
Edición Nº 3187
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 354
Semana del 12/12/2008
Las plazas de la Prostitución


Ismael Medina
L OS atenienses llamaban plaza de la Prostitución a la plaza de la Constitución (Sintagma en griego) desde mucho antes que se produjera el llamado “golpe de los coroneles”, el cual no fue en realidad estrictamente griego. Pero no es cosa de sumergirme ahora en el relato de lo que aconteció y viví sobre el terreno como enviado especial de la Agencia Pyresa, aunque estuviera estrechamente relacionado aquel acontecimiento otanista con la situación que derivó en la doble denominación oficial y popular de la plaza.

La plaza de la Constitución se abría al pie del edificio neoclásico que albergaba el Parlamento, sobre una terraza bajo la cual se adosaba la estela conmemorativa de los muertos por la Patria, custodiada de manera permanente por la Guardia Pretoriana con sus vistosos uniformes de aire tan oriental como los menús en los restaurantes del barrio de Plaka. En uno de los laterales de la plaza se ubicaban dos hoteles de lujo, la miel billetera de cuyos adinerados clientes atraía un enjambre de prostitutas como a moscas hambrientas. Pero no fueron ellas las que dieron nombre popular y alegórico a la plaza Sintagma, sino mero pretexto para encubrir una socarrona alusión al desmadre político que corroía Grecia y del que el Parlamento se consideraba como su más acabada y deleznable manifestación.

La situación estaba caracterizada por un gobierno inoperante, una Administración central y periférica con una pesada y perezosa burocracia que enredaba y retrasaba la prestación de servicios y asistencias sociales, una expansiva corrupción, unos partidos políticos siempre a la greña y cada uno de ellos dispuesto a tomar el poder por las bravas si las urnas les eran adversas, y un monarca incapaz en manos de la ambiciosa y entrometida reina madre Federica. Una ficción democrática, en definitiva, que violaba la Constitución, la convertía en propicio catre de conveniencias y presagiaba lo peor para los griegos.

Aviva estos lejanos recuerdos el proceso de degradación y enrocamiento autoritario que hoy caracteriza a las petulantes democracias occidentales y a las tiránicas surgidas tras la marea descolonizadora. Y con especial perversión a la de esta nuestra España rodriguezca y desmeduladora. Lo que hace que me pregunte con lógica consternación: ¿Cuántas plazas de la Prostitución, como aquella griega de comienzos de los sesenta, se multiplican hoy al norte y al sur del Ecuador geográfico?

Nos dicen los apologistas de la democracia que “etimológicamente democracia quiere decir “poder del pueblo", pero desde el punto de vista filosófico democracia es más que poder del pueblo, es un sistema socio político y económico de hombres libres e iguales; no sólo libres e iguales ante la ley, sino en las relaciones sociales en la vida cotidiana”. Ni tan siquiera fue así en su cuna helénica. Tampoco en la romana. No eran lo mismo en materia de libertad y de igualdad las de una suerte de aristocracia política y patriarcal, la pasiva de la plebe o la padecida por los esclavos.

La democracia moderna nació a lomos del sufragio universal e inorgánico. Al pueblo, tenido por soberano, se le daba la oportunidad de elegir a sus gobernantes, aunque durante bastante tiempo se negó la igualdad a las mujeres al privarlas del derecho al sufragio. Incluso la democracia popular de la mitad más uno facilitaba a los demagogos, también ahora, voltear instituciones fundamentales y hasta negar la existencia de Dios. Y si se ponía a tiro y convenía la validez del sistema métrico decimal.

Al socaire de esa democracia crecieron castas políticas que se perpetuaban en el poder, acordaban tras las bambalinas la escenografía de la alternancia, coaccionaban la voluntad soberana del pueblo mediante muy variadas y peeversas artimañas caciquiles o discursos incendiarios, hacían de los partidos una corte endogámica de clientela prebendada y convertían el ágora parlamentaria en un remedo de patio de Monipodio, propicio a cualquier tipo de cambalaches. Pero también con el progreso de la industrialización, luego de la tecnología avanzada y de la hipertrofia mental del consumismo en masa, el pueblo soberano quedaría reducido definitivamente a sumiso rebaño.

Mantener el tinglado exigía a la enclaustrada clase dirigente caudales crecientes de dinero, sólo posibles mediante la doble corrupción del asalto a los fondos públicos, las donaciones interesadas de los detentadores del dinero, fueran banqueros o empresarios. o la extorsión favorecida por el control de las instituciones. Era inevitable que la democracia de partidos deviniese en oligarquía y finalmente en totalitarismo partitocrático. En aparatos mafiosos que se conchaban aparentando que se combaten.

Se ha dicho reiteradamente del sistema norteamericano, hasta convertirse en tópico, que a los electores, al supuesto pueblo soberano, se les da la opción de elegir un dictador cada cuatro años. Y es cierto una vez que el presidente dispone constitucionalmente de poderes tales que envidiarían algunos gobernantes tachados de autoritarios e incluso dictatoriales. No los tienen otros jefes de Estado o presidentes de gobierno de regímenes tenidos como democráticos. Pero suelen ejercerlos con mayor o menor descaro. Depende de si disponen en el parlamento de mayoría domesticada o de si para mantenerse en el machito deben comprar los votos de partidos minoritarios o ceder a sus chantajes.

Tales prácticas son contrarias por lo general a los textos constitucionales. Pero, remedando a Tierno Galván, quien proclamada que los programas electorales están hechos para no cumplirlos, sentencia avalada por la historia de los sistemas políticos, también puede sostenerse que las constituciones están hechas para incumplirlas. Para prostituirlas. Sobre todo cuando sus elaboradores dejaron abiertos conscientemente tantos y anchos boquetes para su vulneración. Y ya, que como alerta el refrán, quien hace un cesto hace ciento, el hábito de convertir la Constitución en ocasional pancarta hace posible que incluso lo menos interpretable de la Constitución se trasforme en coño de la Bernarda cuando el ejecutivo está en manos de un mediocre, a un tiempo iluminado, trapacero, depredador y mentiroso compulsivo.

El sueño democrático que promueve el nuevo orden mundial persigue la imposición uniformadora de sistemas homogéneos y subordinados a un poder global único. Al menos en lo fundamental de lo que conviene al centro de poder que mueve los hilos tras la tramoya engañadora, mientras admite en lo accesorio la peculiaridad de los países dependientes, especialmente si tales particularidades favorecen el debilitamiento de los Estados-Nación, uno de sus objetivos. A menos Estado, sea en lo político o en lo económico, menos capacidad de resistencia al imperialismo del poder en la sombra. Salvo que un mayor intervencionista estatal favorezca la estrategia de dominio del llamado “poder en la sombra”.

El proceso electoral que encaminó a Barack Obama hacia el Despacho Oval de la Casa Blanca se trenzó con los truenos y relámpagos de la tormenta financiera que voló los tejados bancarios, quebrantó los cimientos de la economía productiva, hundió las cotizaciones bursátiles, envía al paro a millones de currantes y provoca una inquietante y progresiva proletarización de las clases medias. El paraíso prometido de la “revolución democrática” ha desembocado en mera farsa y en asolador tsunami.

Obama contó para derrotar a Hilary Clinton, primero, y después su rival republicano Mccain con algo más sustantivo que el manoseado latiguillo del cambio. Dispuso de aportaciones financieras muy superiores a las recaudadas por sus contrincantes. Provenían en su mayoría, aunque con simulada parcelación, de fundaciones controladas por grandes grupos financieros, empresas que se benefician de las contratas públicas y políticos corruptos de su partido, e incluso del contrario, necesitados de salvaguardar sus intereses y conocedores de la triquiñuela de la alternancia partitocrática en la Casa Blanca cada dos mandatos. De que el relevo de Bush por Obama implicaba el cambio para no cambiar. El escándalo de la puesta a subasta por Roy Blagojevich, gobernador de Illinois, la sucesión del sillón de Obama en el Senado, no sólo demuestra que aquel Estado, feudo demócrata con Chicago como capital, está carcomido por la corrupción. Confirma que los capos mafiosos de un antaño no muy lejano fueron suplantados por los capos de la mafia política y sindical. ¿Pero sólo en Chicago?

La configuración del equipo que Obama llevará a la Casa Blanca y sus discursos tras el triunfo confirman que también anida en los Estados Unidos de Norteamérica la cínica declaración de Tierno Galván de que los programas se hacen para no cumplirlos. Bush le dejará en marcha las medidas arbitradas para salvar a los banqueros en quiebra e inyectar asimismo liquidez a las grandes empresas que, como la automovilista, están en bancarrota. Un hombre de la todopoderosa Reserva Federal asumirá las riendas de su política económica. Pero conviene advertir, aunque generalmente se oculte, que la Reserva Federal no es sólo mitad pública y mitad privada, sino que es ésta, la de los grandes banqueros agrupados en torno a Rockefeller, la que realmente nombra a sus más altos dirigentes. Tampoco modificará, en lo fundamental, la política exterior y militar, estrechamente unidas ambas y fieles desde la época de Carter y de Clinton a la estrategia diseñada por Bezezinski, descubridor y maestro de Obama. Bush, en definitiva ha marcado y allanado disciplinadamente el camino a Obama.

Resulta consecuente con todo anterior que las medidas adoptadas por la Administración Bush sean las mismas puestas en práctica por los gobiernos europeos con apenas meros retoques retóricos o matizaciones mínimas exigidas por la naturaleza específica de sus propios problemas. Aseveran los poncios de las economía que no existen otras en el ámbito inexcusable de la libertad de mercado. Podría haberlas si no chocaran con los soportes ideológicos y operativos del nuevo orden mundial, aunque pueda aducirse, y no sin razón, que asistimos al proceso agónico de un ciclo de civilización, aquejado a derecha e izquierda por la ausencia de una agudeza intelectual, desde la filosofía a la economía, capaz, como sucedió en otros periodos históricos, de hender las nieblas del futuro, vislumbrar vías de acceso a los nuevos horizontes por venir y tender puentes de ideas válidas sobre las barrancas de la incertidumbre. Este y no otro es el drama del mundo actual del que resulta el ansia uniformadora a escala mundial y bajo un único poder totalitario de la agotada “revolución democrática”.

Pero si la coyuntura histórica que vivimos es dramática, y no sólo en el crujir de las cuadernas de la economía, la de España se mueve entre lo histriónico y lo patético. Y no creo necesario para demostrarlo insistir en lo ya escrito al respecto en anteriores crónicas. Si acaso, y recurriendo a la actualidad más perentoria, el estrambote puesto a la parida rodriguezca de los 8.000 millones para obras municipales por la ministrro/a de Administraciones Públicas. Será obligatorio colocar en muy visibles y con medidas inexcusables (1,50x1 metros como mínimo) carteles de propaganda gubernamental y de partido que suministrarán las delegaciones del gobierno. Su incumpliendo aparejará la devolución de lo percibido por el ayuntamiento trasgresor. ¿Queremos más evidencias sobre la índole totalitaria de un socialismo que al propio tiempo inyecta cien mil millones largos de euros a los banqueros que lo han alimentado y sostenido para que se recobren de sus desmanes, incita a las taifas a un mayor endeudamiento del que ya soportan y privilegia a los separatismos desmanteladores de España que el propio gobierno promueve y patrocina?

Lo dicho: el mundo se ha llenado de plazas de la Prostitución. Y España, nación de naciones por gracia de Rodríguez, marcha a la cabeza.
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Edición 211 - El vodevil de una España caótica
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Edición 82 - La desvergüenza de la ignorancia
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Edición 80 - El tararira garzoniano (3).Garzón se zambulle en el guirigay argentino y compromete a España
Edición 75 - El tararira garzoniano (2).- De Cavallo a Slim y Polanco
Edición 74 - El tararira garzoniano (1). De Pinochet a Cavallo y 46 más
Edición 71 - Hoy, como ayer
Edición 70 - El debate del estado de la ficción
Edición 69 - Los diarios de Víctor Klemperer y de Ana Frank
Edición 68 - Constitución europea y gobierno mundial
Edición 67 - Entre el cazo y el caos
Edición 66 - Desmemoria y demagogia
Edición 65 - Matemáticas electorales
Edición 64 - ¿Cuándo comenzó la III Guerra Mundial?
Edición 63 - Esperpento partitocrático
Edición 62 - El miedo a la verdad no es de los cristianos
Edición 61 - Tres respuestas a tres desvaríos
Edición 59 - Centenario ninguneado
Edición 58 - Juegos peligrosos
Edición 57 - Sangre y muerte: realidad y espectáculo
Edición 56 - Degradación de la Justicia
Edición 55 - España, entre el imperio y el mal francés
Edición 53 - Iraq: La Luna y el Sol deciden
Edición 51 - El Molino Rojo
Edición 49 - Zeus no raptaría hoy a Europa. La pondría a venderse en una esquina
Edición 48 - Una ojeada realista a la guerra en ciernes
Edición 47 - España, Irak y el petróleo
Edición 46 - ¿Y si el tapado de Aznar se llama Rodríguez?
Edición 43 - Carta al director de 'El Mundo'
Edición 5 - La paz en Oriente Medio no es cosa de palomas
Firmas
Abel Abascal
Alberto Acereda
Alfonso Berroya
Alfredo Amestoy
Álvaro Peña
Amilibia
Antonio Castro Villacañas
Antonio Martín Beaumont
Borja Álvarez
Carmen Planchuelo
Enrique de Aguinaga
Ernesto Ladrón de Guevara
Eulogio López
Félix Arbolí
Francisco Daunis
Gabriela Ardiles
Germán Lopezarias
Honorio Feito
Hugo Alberto de Pedro (Buenos Aires)
Ignacio San Miguel
Ismael Medina
Javier del Valle
Javier Neira
Jesús Pozo
Joan Pla
Joaquín Abad
José A. Baonza
José Luis Navas
José María Moncasi de Alvear
José Meléndez
Juan Pablo Mañueco
Juan Urrutia
Julen Urrutia
Luis Irazu
Manuel Salvador Morales
María del Mar García Aguiló
Marta Rivera de la Cruz
Matías J. Ros
Miguel Ángel García Brera
Miguel Ángel Loma
Miguel Martínez
Nieves Concostrina
Óscar Molina
Pancho Linde
Pascual de Bustares
Ramón Sánchez
Ricardo Navas-Ruiz
Vasco Lourinho (Portugal)
Víctor Corcoba
Wenceslao Pérez Gómez
Wifredo Espina
Yolanda Cruz
Yolanda Salanova
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