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Época II - Año XIV Edición Nº 4189
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 viernes, 24 de octubre de 2014 ESPAÑA
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Ricardo Navas-Ruiz
A MINA Lawal ha conmovido a la opinión pública europea y americana. Morirá en breve apedreada si fallan los recursos de apelación o de clemencia. El caso puede seguirse detalladamente en la internet y los periódicos. Un tribunal islámico la ha sentenciado a esa pena ateniéndose a las disposiciones de la Sharia, código penal basado en parte en el Corán, en parte en otras fuentes. En él, en efecto, se ordena muerte por lapidación para todo aquél, hombre o mujer, a quien se le pueda probar haber tenido sexo fuera del matrimonio. Amina ha traido al mundo un hijo sin estar casada. El compañero al que responsabilizó de la paternidad fue absuelto por falta de evidencia. Allí no se recurre por lo que se ve al ADN. El recuerdo retrocede de pronto dos mil años hasta los tiempos de Cristo y evoca la escena, - inicio de una nueva sensibilidad -, en que éste salvó de la muerte a otra adúltera, escribiendo en el polvo no sabemos qué, quizá el nombre de las amantes de sus ejecutores, y diciendo: “Quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra.” Este regreso a tan remoto, pero idéntico, pasado nos obliga a pensar en unos versos de Gabriela Mistral: “¿Será esto la eternidad, / que aún estamos como estábamos?”

La opinión pública, a través de diversas instituciones y numerosas firmas, ha pedido el perdón. Apoyo plenamente la petición. Amina no merece morir, menos por eso. Pero la indignación que pueda producir la sentencia no debe ofuscarnos y llevarnos a conclusiones precipitadas. Es necesario situarla en un contexto para entenderla cabalmente y establecer su verdadero significado y alcance. Ha sido dictada en Nigeria, país islámico en el norte y cristiano en el sur. En el norte se ha restablecido la Sharia, invocando el derecho constitucional de autonomía regional. El Gobierno viene trabajando para controlar las leyes religiosas o locales inconstitucionales. Entre ellas están las que vulneran los derechos humanos universales. El caso de Amina podría verse in extremis en un tribunal constitucional. Abogados y políticos nigerianos han señalado que se está siguiendo rigurosamente un proceso legal, que la ley es arcaica e injusta, pero ley todavía. La argumentación quizá nos irrite; pero no queda más remedio que admitir que también en nuestros países las leyes penales no son tan justas ni liberales como sería de desear.

Conviene considerar el dato siquiera por amor a la objetividad. Porque, tratándose del Islam, les falta el tiempo a sus enemigos y a otros muchos que lo condenan sin conocerlo, para responsabilizarlo de todos los males, de todo el fanatismo de los países que lo profesan. Ante una situación aberrante como la de Amina, lo más fácil es frotarse las manos por creerla prueba incontrovertible de su aserto y echar la culpa a clérigos intransigentes, a los dogmas en que se apoyan, a su interpretación rigorista de una doctrina. Pero las cosas no son tan simples. Hay que proceder con cierto cuidado. No en todas las sociedades islámicas se aplican leyes tan rígidas. La mujer va abriéndose camino, liberándose poco a poco, en países como Egipto, Marruecos, Túnez, Argelia, Líbano, Irak, Siria. Se la puede ver en ellos sin velo, libre en el amor, trabajando en diversos oficios, escribiendo, ocupando incluso puestos importantes como el de primer ministro. Ocurrió no ha mucho en Pakistán.

¿Es, pues, la religión la responsable de la intransigencia? La escritora marroquí Fátima Mernissi, último Premio Príncipe de Asturias de las Letras, ha puesto las cosas en su sitio en declaraciones recientes [“El Mundo,” 11 mayo 2003], reiterando algo muy sabido: el Islam, como toda religión, tiene sus semillas de fanatismo; pero no es él el obstáculo de la modernización de los países islámicos, sino el manejo oportunista que hacen ciertos gobernantes para imponer su autoridad entre un pueblo ignorante y pobre. En otras palabras, la religión no determina el estado de civilización de un pueblo, sino a la inversa, es un subproducto de lo social, refleja su modo de pensar y actuar. Esos clérigos radicales son un síntoma, no una causa. No tienen fuerza en sociedades que ya han evolucionado lo suficiente en la creación de formas racionales de convivencia, en el liberalismo. No se me escapa la complejidad de las situación y lo difícil que puede resultar modificar la naturaleza y la influencia de la religión. Pero se podría empezar a intentarlo, echando la culpa a quien la tiene.

El peso de la eventual ejecución de Amina no recae sólo en unos clérigos celosos de la doctrina y las tradiciones musulmanas, sino en sus gobernantes, en toda la sociedad nigeriana. Pero, en este punto, no vayamos a dormir tranquilos por nuestra inocencia. La persistencia del atraso material e intelectual de los países islámicosk se debe en buena parte al mundo occidental desde la brutalidad de las Cruzadas a los abusos coloniales, las alianzas con tiranuelos, la explotación de recursos. Las guerras de Afganistán e Irak podrían tener el efecto de reforzar nacionalismos e intransigencias religiosas, por resentimiento, o por desencanto ante unos principios impuestos con las armas por quienes los desprecian. No sería raro ver al fanatismo refugiarse en las madrazas, en las mezquitas, en los barrios pobres de las grandes ciudades. Haría bien Europa, tan próxima, distanciarse definitivamente de los Estados Unidos y favorecer con inteligencia y obras una política de comprensión, ayuda y respeto hacia las naciones árabes, ayudándolas a modernizarse sin romper con su esencia cultural y respetando su independencia. Lástima que el gobierno de España, un tiempo amiga de las mismas, heredera de un rico legado histórico, tan querida por ellas, las haya traicionado en el último conflicto.

Las reflexiones que el caso de Amina suscita pueden y deben situarse también más allá de la mera política coyuntural en un planteamiento filosófico. No parece casual la facilidad con que se la castiga a ella, sin buscar ni siquiera atenuaciones, y se deja ir al cómplice. Todo justifica pensar en la misoginia ancestral de las sociedades humanas. Amina, pobre mujer, - y hay que tomar el pobre en sus dos sentidos -, cuyo delito es haber tenido un hijo en amores legal, que no moralmente, ilícitos, simboliza en forma extrema la mujer víctima, las mujeres que hasta entre nosotros, occidentales civilizados, son maltratadas día a día, asesinadas por sus compañeros sentimentales, discriminadas en empleo o sueldo, explotadas en trabajos míseros, sometidas a diversas humillaciones, entre ellas, la violación, abusos todos ellos que revelan miedo, resentimiento y desprecio del hombre hacia un sexo del que un día la vieja Escolástica se planteó si tenía alma. Choca no poco dentro de la circunstancia española que, ante situación tan repugnante, se permitan algunos escritores y artistas burlarse de cosas como la violación. ¿No basta con que nuestros jueces sean a veces más machistas que los machos ofensores?. Recuerdo una película no muy antigua en que una policía, ante la acusación que le formulaba una víctima contra su violador, decía para sí: ¡qué suerte tienen algunas! Y el público reía. Estas trivializaciones son tan culpables del crimen como sus perpetradores.

Largo ha sido el via crucis de la mujer a través de la historia, larga ha sido su lucha por lograr un trato de igualdad y de respeto en la sociedad. Desde el afianzamiento del feminismo en el mundo occidental a lo largo del siglo XIX, no hemos tenido más remedio, aun contra voluntad frecuentemente, que hacernos conscientes de la misma. Hay en el proceso datos que nos avergüenzan. Es incomprensible, por ejemplo, la gran resistencia de nuestros estados a otorgarle a la mujer el derecho de voto que sólo gracias a su gran tenacidad ha ido conquistando. Hay también episodios ridículos como el afán del hombre de crear una imagen de lo que es o no es, o mejor, de lo que debe ser o no ser lo femenino según su convenienza o para manipular p
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