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N marzo de 1964, en el ejercicio de la Delegación de Abastos y Mercados del Ayuntamiento de Madrid, organicé la venta directa de patatas en la vía pública, desde camiones procedentes de las zonas productoras. Fue el comienzo de una ardua y polémica operación municipal (la operación Aguinaga que comprendió la operación patata, la operación naranja y la operación limón).
Por si alguien tiene esta curiosidad histórica, añado que la operación Aguinaga ha quedado documentada y justificada en el informe Venta directa de productos agrícolas y Mercados Centrales de Madrid (Información Comercial Española, febrero, 1965) así como registrada por Ramón Tamames en su Estructura Económica de España (páginas 490-91).
De aquella operación comercial del Ayuntamiento de Madrid, por encima de los datos técnicos y de los rasguños personales, me ha quedado una paradoja que, de vez en cuando, me entretiene con sus posibles explicaciones: las patatas de la venta directa tenían más aceptación en el barrio de Salamanca que en el barrio de San Blas.
Desde la paradoja comercial de la patata, que entonces se vendió a 1,80 pesetas el kilo, se puede llegar al análisis psicosocial de los estados de pretensión y los estados de apariencia; pero, ahora y aquí, sólo quiero llegar a una conclusión tan sencilla como evidente: la presunta unidad de Madrid está compuesta de elementos tan dispares como son, no sólo a la hora de comprar patatas, los barrios de Salamanca y San Blas.
Cuando se dice que Madrid es esto o lo otro, cuando a Madrid se le atribuyen estas u otras propiedades, cuando se traza la raya del denominador común de Madrid, se están integrando en un mismo continente contenidos tan dispares y aún tan contradictorios como Salamanca y San Blas, Palomeras y Somosaguas, Celsa y Pilar, Aluche y Mirasierra, Ciudad Universitaria y Maravillas, por ejemplo y por expresar en los barrios la risa (o el llanto) que va por ellos como formas de vida y de cultura, como carácter de los habitantes o como organización social.
La particularidad de Madrid no consiste en ser, como todas las ciudades, un mosaico, sino en la argamasa que traba la disparidad de las piezas; en lo matritense, que es un grado de lo simplemente madrileño; en lo capitalicio, que es la superación de cualquier localismo, porque resulta que las piezas del mosaico matritense, como el mosaico mismo, son función de otro gran mosaico, llamado España y están sostenidas por la inteligencia, por la razón, más que por la nación, en cuanto comprensión, convivencia y tolerancia en la diversidad.
Este es el significado último de los Madriles, de los muchos Madrid que hay en Madrid, unidos en lo matriz de lo matritense, en lo que lo matritense tiene de troquel y de huella. No es mera coincidencia que, en el conjunto dialectal leonés, matriz sea el surco que las aguas pluviales abren en la tierra. De hombres pluviales está hecha la surcada y urbana tierra de Madrid.
Pasando de una cuestión a otra: ¿se comprende así la dificultad de una crónica de Madrid, que necesariamente tiene que ser una crónica fragmentaria? El mérito de los cronistas históricos de Madrid, como López de Hoyos, Quintana o León Pinelo, que, en medio de historiadores y escritores, fijan la imagen de la ciudad, se ha convertido, desde Pedro de Répide, en distinción honorífica no para obligarse a la crónica de Madrid, sino como reconocimiento a lo ya por Madrid realizado.
Desde 1923, veintitrés cronistas han sido así distinguidos honoríficamente y los cito por orden de antigüedad: Répide, Velasco Zazo, Bonmatí de Codecido, Polentinos, Carrere, Rodríguez de Rivas, Ruiz Albeniz, Ortega Lisson, López Sancho, Serrano Anguita, Aguinaga, López Izquierdo, Borrás, Díaz Cañabate, Oliver Asín, Sainz de Robles, Instituto de Estudios Madrileños, Chueca , Sampelayo, Corral, Prados de la Plaza, Montoliú y Del Río.
Como parte interesada, considero que la historia del Madrid contemporáneo desborda con mucho la capacidad de los veintitrés cronistas y que éstos lo han sido, más que por la historia, por el amor, por el difícil amor, a veces casi imposible, de amar de una vez todo lo desigual e incomprensible de Madrid, que algunos quieren reducir a simplicidades o simplezas. Aunque sea menos fácil, hay que amar a Madrid en su esencia, no en lo que Madrid tiene de paradójico, contradictorio o inaprensible, sino, sobre todo, sobre todos los Madriles, en lo que Madrid tiene de entendimiento.
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