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  Firmas Invitadas - Edición Nº 361
Semana del 28/01/2009
De cómo hacer más livianas las horas de espera en un hospital


Miguel Martínez
U N servidor, lo reconozco, lleva muy mal eso de ir a los hospitales, aunque sea de simple acompañante. Al margen de que la visita a un hospital casi nunca suele ser para actividades divertidas, las largas esperas provocan en un servidor la sensación de estar perdiendo el tiempo, cosa que le produce cierto agobio, por lo que siempre que me veo en la necesidad de acudir a una consulta me llevo un libro, el periódico, o incluso trabajo, a fin de hacer más soportable la habitual, larga e inevitable demora.

Sin embargo interesantes acontecimientos devenidos en el ámbito laboral esta misma mañana, le hacían a un servidor acometer, contento y cargado de energía positiva, la siempre estresante situación, en el caso de hoy acompañando a mi suegra que, como ustedes imaginarán, es ya una abuelita. La verdad es que ha sido incluso divertido. Si quieren ustedes tomar nota de alguna estrategia, quizás les funcione.

Total, que con la bolsa cargada con la novela que estoy leyendo, un periódico y varias notas que leer, me dirigía esta mañana al hospital en pos del primer obstáculo: encontrar estacionamiento cerca de la puerta de acceso, objetivo especialmente necesario cuando se lleva a una abuela con ciertos problemas de movilidad.

Recordando las tesis de Dyer, un servidor se llevó todo el camino repitiéndose con mucha fe, lo de “seguro que encuentro un sitio justo en la puerta”, con el fin de que la energía positiva irradiada con este pensamiento hiciera que, en el preciso instante de doblar la esquina, otro conductor abandonara una plaza en la que estacionar quien les escribe.

Efectivamente. Girar por la curva y ver que otro vehículo salía de un estacionamiento, que ni hecho a medida, fue todo uno. Intermitente a la derecha y paciencia hasta que el hombre –entre nosotros, muy torpe- acabara de salir. Cuando iba a iniciar la maniobra de aparcamiento, observé que otro vehículo, que venía en dirección contraria, se disponía a girar en redondo para ocupar el espacio por el que un servidor llevaba ya unos minutos aguardando. Con vehemencia le indicaba yo a golpes de claxon que ése era MI sitio, que allí estaba yo esperando, pero la conductora ignoraba las advertencias e iniciaba el abordaje en diagonal hacia esos preciados nueve metros cuadrados que configuraban el estacionamiento.

Desdeñé de inmediato la opción de bloquearle el acceso con mi propio coche, pues se le apreciaba determinación suicida en la mirada. Aparcó y bajó del vehículo sin tan siquiera mirarme una jovencita de unos veintipocos años, con aspecto de garrula redomada, acompañada de una señora, probablemente su madre, que bajaba la cabeza, quiero yo creer que avergonzada, por no haber sabido darle a su hija la más elemental educación. Textualmente le dije: “Perdona pero yo estaba esperando para estacionar aquí desde antes de que llegaras; además llevo al hospital a una abuela a la que le cuesta andar”. La madre, tras mirarme, ladeaba la cabeza como pidiendo disculpas y la volvía a bajar en dirección a los pies. La niña, con el mismo tono que emplearía una reclusa en una disputa con su colega de celda por la última jeringuilla, va y me suelta: “yo he dado ya muchas vueltas buscando aparcamiento”, a la vez que, desafiante, me mantiene la mirada. Respirando hondo para ataraxizarme e intentando utilizar un tono amable y cordial –no exento de ironía, lo reconozco- le comuniqué cuán poco prudente resultaba su actitud, que bien pudiera yo ser un temible psicópata que ideara la más sádica de las represalias. Antes de ver cómo reaccionaba a mi despiadado contraataque me metí en el coche, pero la oía vociferar un discurso genital, en el que decía sudarle cierta parte y que un servidor no tendría otras. Un amable caballero, que se encontraba en el lugar, se solidarizó conmigo y me cedió su estacionamiento. “Yo estoy esperando, métalo en mi sitio que yo puedo aguardar en doble fila, si viene un guardia puedo ir a dar la vuelta y volver, y así la abuela no tiene que andar más”. Le di mil gracias, intercambiamos posiciones, conversamos brevemente sobre la educación de los jóvenes y nos despedimos, iniciando quien les escribe el rumbo hacia el siguiente obstáculo: la espera.

Quince minutos de adelanto sobre la hora de la cita. Hoy tocará esperar bastante. No me quito de la cabeza la actitud de la garrula y siento pena por su madre. Pero no la suficiente como para no idear mi sádica venganza. Diseño una estrategia en pocos segundos y no puedo evitar sonreír. Quizás se equivoquen los que me tienen por una buena persona, porque lo cierto es que disfruto al imaginar la cara que va poner la Choni cuando contemple mi represalia. Si tienen curiosidad por conocerla, ruego a mis queridos reincidentes que sigan leyendo.

Como ustedes sabrán, cualquier ciudadano puede denunciar una infracción de tráfico que presencien, si bien es verdad que, al contrario de lo que sucede cuando la denuncia la cursa un agente de la autoridad, ésta carece del principio de veracidad, por lo que la denuncia, para que llegue a convertirse en sanción, necesitará de pruebas irrefutables. Un servidor las tiene, o más exactamente las podría conseguir, y, de paso, amenizaría lo que tiene toda la pinta de ser una larga espera hospitalaria. Echando mano de la libretita que siempre me acompaña, y de un boli, redacto la siguiente nota, que irá a parar al limpiaparabrisas del Peugeot tuneao de la Choni.

“Te informo de que en breve recibirás en tu domicilio dos notificaciones de multa por dos infracciones de tráfico. La primera, por estacionar tu vehículo en contra del sentido de la marcha; la segunda, por no señalizar debidamente un cambio de dirección. La de invadir de forma negligente la parte izquierda de la calzada te la voy a ahorrar porque hoy me siento generoso. Si te estás preguntando cómo narices voy a demostrar estas infracciones, la respuesta es la siguiente: he hecho fotos de tu vehículo estacionado al revés de los demás y cuento con el inestimable testimonio de ese señor de la cazadora de cuero gris que se encontraba junto a ti y que, amablemente, se ha ofrecido a testificar en mi favor, o, lo que es lo mismo, a favor de la verdad (no contaba yo con este testimonio, pero ella no lo sabía). Todo esto te lo has ganado por solidaria, por simpática y por buena persona. Que tengas un buen día, que seas muy feliz y que Dios les dé mucha paciencia a tus seres queridos. Firmado: el señor que acompañaba a una abuelita con problemas de movilidad y al que le has robado, de forma ruin y traicionera, la plaza de estacionamiento que llevaba aguardando varios minutos”.

Concluida la nota -una cuartilla tamaño A5 escrita de arriba abajo, a doble espacio y en esmerada caligrafía para que la pudiese leer perfectamente-, mi primer y más fervoroso deseo era que el Peugeot tuneao siguiera en su sitio. El segundo, contemplar el momento en que la Choni volvía a por su coche. Descubro con alborozo que desde un ventanal de la sala de espera tengo el coche a la vista. Furtivamente salgo, me acerco al coche, miro a un lado y a otro como quien se dispusiera a cometer un delito, y, cuidadosamente doblada, dejo la notita bajo el limpia, como hacen los guardias cuando ponen una multa. Regreso a mi punto de observatorio a esperar. Jamás una espera hospitalaria me había resultado tan entretenida. Mi suegra, al tanto del plan, sonríe y me susurra: “mira que eres bicho…”.

Pasan veinte minutos y tras el cristal veo a la Choni y a su madre dirigirse al coche desde la parte posterior de éste. Me froto las manos y la sonrisa me llega de oreja a oreja. Constato que mis amenazas veladas han surtido efecto en la garrula, pues, en vez de dirigirse a la puerta del conductor, rodea el coche mirando los neumáticos, temiendo que quizás un servidor haya sido tan ordinario como para pincharle una rueda, ignorante de que nadie comete la simpleza de pinchar un neumático si ha leído a Maquiavelo.

Al rodear el vehículo observa la nota. La despliega. La m
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