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L que fuera ministro socialista con los gobiernos de Felipe González, que ahora desempeña el cargo de mister PESC en la Unión Europea, Javier Solana, no vive precisamente momentos de idilio con su partido. De hecho, se queja amargamente del maltrato al que le someten sus “compañeros” de la sede socialista de Ferraz.
La punta de iceberg que ha revelado el distanciamiento ha sido, en este caso, la postura favorable de Javier Solana a las pruebas que presentó el secretario de Estado norteamericano, Colin Powell, ante el Consejo de Seguridad de la ONU. Para mister PESC las pruebas que demostraban que Sadam disponía de armas de destrucción masiva fueron sólidas. Pero claro, esa posición no interesaba al PSOE, que ese mismo día decía justo lo contrario en el Congreso de los Diputados, así que --como elefante en cacharrería-- el portavoz socialista, Jesús Caldera, cargó contra su cualificado compañero de partido y despreció su opinión, expidiéndola como la de un simple “funcionario internacional”.
No parece que ahora mismo las cosas le vayan mejor a Javier Solana con su antiguo jefe y amigo, el ex presidente del Gobierno, Felipe González, quien en conversaciones con otros dirigentes socialistas se ha permitido bromear sobre “las desgracias de Javier, que no sabe si quedarse con Bush o con Aznar”. Si bien, hace sólo unos meses el ex presidente opinaba que Solana era el gran revulsivo del PSOE.
Y tampoco parece tener “feeling” con el actual líder del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero. En la pasada primavera, mister PESC, convencido por otros socialistas ilustres, estuvo decidido a abandonar sus tareas en Bruselas y regresar a la política española, para encabezar la lista del PSOE al Ayuntamiento de Madrid. Quería contribuir, con un triunfo electoral sobre el PP en la capital de España, a la victoria de Zapatero un año después, en 2004. Ese, al menos, era el planteamiento, pero no sólo de Javier Solana, sino de otros socialistas tan insignes como Felipe González o José Bono para los que mister PESC era el medicamento que necesitaba su partido. Durante tres meses, Solana llamó a la puerta del despacho de Zapatero sin que éste encontrase un hueco para recibirle. Meses después, cuando por fin lograron verse, Zapatero despachó la propuesta de Solana con un lacónico “ya tengo otro candidato”. La operación Trini Jiménez estaba ya demasiado avanzada como para dar marcha atrás.
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