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Época II - Año XIII
Edición Nº 3896
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 domingo, 19 de mayo de 2013 ESPAÑA
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 368
Semana del 18/03/2009
Yalta, 64 años después…


Miguel Ángel García Brera
C OMO dirían las cupletistas de mis tiempos estudiantiles, “complaciendo una simpática petición”, en este caso de mi amigo y compañero de página, Félix Arbolí , me dispongo a ofrecer unas pinceladas sobre la interesante ciudad de Yalta, en Crimea.

Del 4 al 11 de Febrero de 1945, Yalta era territorio de la URSS. Hoy, como geográficamente lo fue siempre, pertenece a Crimea, formando parte de Ucrania. En los alrededores de la ciudad, todavía se alzan imponentes edificios donde los obreros rusos afines al comunismo y los enchufados del Régimen terrorífico de Stalin, eran tratados de sus enfermedades pulmonares o descansaban. Yalta era –y es- una dulce urbe marítima, que, antes de la matanza bolchevique, -en Ekaterimburgo, el 17 de julio de 1918-, del zar Nicolás II, su esposa Aleksandra Fiódorovna y sus hijos, las Duquesas Olga, Tatiana, María y Anastasia, y el heredero Alexey, la familia había elegido para su veraneo en el marmóreo Palacio de Livadia, en tanto que, muchos años después, el buen clima y la serena belleza de la ciudad movería a Gorbachov a construirse una dacha. Dicen que en ese mismo Palacio, que he visitado por tercera vez, Roosevelt, Churchill y Stalin se repartieron Europa durante la célebre Conferencia que reunió a los tres grandes en la fecha con que he iniciado este artículo. Las fuentes más solventes piensan que sólo la traición a lo pactado, por cuenta del tirano ruso, permitió esa división que sumó a la Europa del Este en la asfixia y el terror, bajo la bota estaliniana. En todo caso, de la Conferencia surgieron duras penalidades para Alemania, como la de verse dividida en cuatro sectores, cuya decisión aún pesa muy duramente, desde el punto de vista económico, en la reunificada nación. También surgió la ONU, con sus luces y sombras. Y un acuerdo secreto para que la URSS entrara en guerra contra Japón, a cambio de recuperar lo que había perdido en la guerra ruso-japonesa. Además Stalin propuso el bloqueo a España por su no intervención en la contienda mundial.

La Conferencia de Potsdam, del 17 de Julio al 12 de Agosto de 1945, con la Alemania ya vencida el 7 de Mayo anterior, perfiló más esos acuerdos, en el Palacio Cecilienhof, construido con cierto aire rústico para el último heredero de Prusia. También he tenido ocasión de estar, en otro viaje, en ese recinto de tejados muy inclinados y típicos, donde están abiertas al público algunas habitaciones del la familia principesca y, en otras estancias, se ofrecen recuerdos del paso por allí de dos de los supervivientes de Yalta – Roosevelt ya había muerto –; aunque uno de ellos –Churchill- llegó tocado por la contienda electoral que dio el Gobierno al laborista Attlee, quien también acudió a esta reunión, así como el nuevo presidente norteamericano Harry Truman. La Conferencia debió ser enormemente tensa, pues, el 6 de Agosto, con la autorización del nuevo presidente de USA, se había lanzado sobre Hiroshima la bomba más brutal que el mundo haya conocido, en tanto que Stalin intervenía los Gobiernos del Este sin respeto alguno para lo convenido en Yalta y el conservador Churchill, tras ganar la guerra, era retirado del poder por el voto de sus conciudadanos. Potsdam, al margen de ese episodio de la Conferencia, tiene otro Palacio de emocionante contemplación: Sansoucci, que edificó Federico el Grande y es toda una sinfonía perfecta y entusiasta del rococó, en cuya contemplación, incluyendo sus preciosos jardines, uno no siente pasar las horas

Pero volvamos a Yalta para recordar el encantador hotel en que he estado alojado con mis compañeros del Comité Ejecutivo de FIJET. A cinco minutos del puerto, donde en esta ocasión las olas saltaban varios metros por encima de los muelles, el “Villa Elena” constituye una joya hotelera, tanto por su bello edificio de redondos balcones, como por su habilitación, de modo que el huésped siente que habita un aristocrático palacete del diecinueve, pero dotado de todas la comodidades y adelantos electrónicos e informáticos. Y con esa base de partida, subraya la emoción contemplar, en el Palacio de Livadia, los muebles – especialmente la imponente mesa donde las delegaciones negociaron- y la decoración que disfrutaron los poderosos de la tierra aquel año 1945 de la Conferencia, y las habitaciones donde, antes de ser asesinados por los bolcheviques, Nicolás II –fotógrafo de categoría excepcional según puede verse en muchas de las obras que se conservan expuestas – y la bellísima zarina educaban a sus hijas y a su único hijo para un futuro que se cortó bestialmente y dio lugar a una leyenda, la de Anastasia.

También es admirable el Palacio Vorontsov, a 17 kilómetros de Yalta, en Alupka, otra pequeña ciudad balnearia. Empinado sobre el mar, bajo la montaña Ai Petri, contiene interesantes estancias y recuerdos. Aunque la fachada de entrada es un tanto maciza, de estilo angloescocés, la situada al Sur, con amplia y suntuosa escalinata hasta el mar, es neomorisca. Se accede a ella tras atravesar una galería de esculturas, cuadros, muebles y objetos que reflejan la sensibilidad del príncipe constructor. Desde la escalinata se observa la parte central en forma de ábside con arco de herradura enmarcado entre dos pequeños minaretes; en el afán de su dueño, se quiso recordar a la Alhambra. La delegación inglesa vivió en este Palacio durante la Conferencia de Yalta, mientras Stalin y los suyos ocupaban el palacio, de estilo francés, de Massandra. Citaré, aunque esta vez no me acerqué hasta allí, el “Nido de Golondrina”, un palacio asomado al litoral en lo alto de un cabo, que perteneció a la nobleza rusa, y hoy es un icono popular. Por razones de espacio, dejaré para otra ocasión muchas otras citas imprescindibles para el gozo de quienes se acerquen a Crimea, con una nota brevísima sobre la casa de Chejov, pequeño museo que recoge su paso por esa casita bohemia, y la Bodega Massandra, fundada por el príncipe Golytsin, en 1894. Sus vinos -de los que hicimos amplia cata con verdadero placer- son muy apreciados y hubo que protegerlos de la rapiña nazi, depositándolos durante la guerra en tres lugares secretos y diferentes. Han conquistado 150 medallas de oro y plata. Dos de sus "vintage" han merecido, nada menos que el "Grand Prix". En el museo de la bodega, con más de cien mil botellas, muchas pertenecientes a la de los zares, descubrí, con lógico sentimentalismo patriótico, una de Jerez de la Frontera del año 1775 y una botella artística, vacía y ligeramente rota, con etiqueta de la “Viuda de Robert”, de Sitges. Espero que Carod no se moleste porque sentí saltar el corazón en una cava de Crimea al contemplar que, del Sur al Nordeste, España se hallaba presente en un Museo histórico tan importante.
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