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Época II - Año XIV
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 65
Semana del 30/05/2003
Las musas, el teatro… y la televisión


Alfredo Amestoy
U STED y yo, y todos, “somos nosotros y nuestras circunstancias”. Como la vida también suele ser… “así, si así nos parece”. Pero el teatro es lo que es; nada relativo, ni circunstancial, ni aleatorio. Tampoco es un “fenómeno” ni un “epifenómeno”; es un “hecho”. Para algunos un “hecho cultural”, para otros un “hecho social” y, para una minoría progresista, un “hecho político, ideológico”.
Entonces, al ser el teatro un hecho real, “tan real como la vida misma”, permite y se presta a ser analizado como cualquier suceso que aporte datos objetivos.
Este análisis cobra un valor especial porque el teatro es siempre un indicador muy polivalente y de lectura muy significativa.
¿Cuál es el panorama del teatro en España, transcurridos dos o tres años (según os parezca) del siglo XXI; después de cinco lustros de democracia y a diez mil días de la muerte de Franco?
Si tomamos como referencia la cartelera madrileña - que es lo que haríamos en Francia con la parisiense; en Inglaterra con la londinense y en Estados Unidos con la de Broadway, en Nueva York - en este momento hay en Madrid un poco más de teatro, no mucho más, que el que había hace treinta años pero no mucho mejor que el de entonces. Hay un “Shakespeare”; entonces también. Un “Valle”; entonces también. Y un “Mihura”; como hace treinta años. Hay media docena de “musicales”. Entonces, no. Entonces se llamaban “revistas musicales”. “Musicales”, como “El fantasma…” tampoco los había en Londres con la profusión de ahora. Y lo que sí hay en España es mucho “off Broadway”, mucho “ensayo”, mucho “teatro cocina”, mucho “cielo escénico empedrado de buenas intenciones”.
“Así que pasen treinta años”…Ya han pasado.

LO DE ANTES

EN la temporada 72/73, con Franco en El Pardo; con Carrero Blanco en Castellana, 3
(su asesinato se produjo en diciembre de l973); con Arias Navarro en Gobernación y, si no recuerdo mal, con Sánchez Bella en Información, en plena dictadura franquista, los teatros de la capital presentaban una oferta que poco tenía que ver con una rigurosa censura y con un país cerrado y aislado del resto del mundo.
Sin hacer distingos entre teatros “nacionales” (oficiales) o privados, puesto que todos estaban controlados -y bien controlados-, los más estatales, el Teatro Español, representaba “Otelo”, de Shakespeare, dirigido por González Vergel y la Compañía del Teatro Nacional María Guerrero, “Romance de Lobos”, de Valle-Inclán, con dirección de José Luis Alonso y con José Bódalo como protagonista. Otra obra de Valle en el “Bellas Artes”: “Luces de Bohemia”, con dirección de José Tamayo y un elenco de esta categoría: Carlos Lemos, Agustín González y María Jesús Lara.
En el teatro Lara, el teatro del muy conservador Conrado Blanco, “La llegada de los dioses”, de Buero Vallejo, con José Osuna de director y Concha Velasco, Francisco Piquer y Juan Diego, de cabecera de cartel.
Nuria Espert y Pellicena ponen “Yerma”, de García Lorca, con dirección de Víctor García, en ese teatro de la Comedia que oyó el discurso fundacional de Falange y que, impertérrito, veía ahora las “audacias” de Marsillach, con el “Marat- Sade” o el “Yo me bajo en la próxima…”
Más “osadías” increíbles en l973: el “Andorra”, de Max Fritz ; la “Historia del Zoo”, de Albee, dirigido por William Leyton, con José Carlos Plaza de protagonista; y entre otros estrenos, el más “escandaloso”, la versión de Arthur Miller de “Un enemigo del Pueblo”, de Ibsen, dirigida y protagonizada por Fernando Fernán-Gómez, con Emma Cohen de pareja; y, ambos, para más comentarios, ”pareja de hecho” en la vida real. Como Conchita Velasco y Juan Diego, abanderados de todas las reivindicaciones y protestas en aquel Madrid que jugaba a jacobino para “epatar a los burgueses” y asustar a las beatas.
Pero nadie se rasga las vestiduras ante el teatro de Arrabal o de Alberti. Se ha representado a Casona y se ha aplaudido a María Casares, como se hubiera aplaudido a Margarita Xirgu -tanto o más que a Lola Membrives-, si hubiera vuelto a España, antes de morir en Montevideo, en l969.
Que es inexplicable cómo pueden estrenar y triunfar no sólo Martín Recuerda, el de, primero, “Las salvajes…” y, a continuación, “Las Arrecogías…” sino, también, Olmo, Sastre y Rodríguez Méndez…, desde luego. Pero es más inconcebible, y eso maravilla y desconcierta ahora a estudiosos e investigadores, cómo, hace treinta años, con Franco y su más vigilante inquisidor, Carrero Blanco, vivos, se editan - ¡y venden!- en las librerías españolas “Teoría de las clases sociales”, de Gurvich; “Esquema de la evolución de las sociedades”, de Jacobs, y, sobre todo, “La imaginación Liberal”, de Trilling; “La ideología como lenguaje”, de Adorno, o la “Introducción a la Estética”, de Hegel. La propia “Teoría Estética”, de Adorno, Taurus la editó dos años antes, en l971.
Esta visión retrospectiva me obliga a recordar que en ese año pude comprar “El laberinto español”, de Gerald Brenan, y que en l973, pude realizar para Televisión Española un documental con el escritor inglés en Yegen, el pueblo donde vivió el antropólogo y escenario de “Al sur de Granada”.
Allí, donde ahora Colomo ha recreado una biografía -corregida y disminuida- de Brenan, trabajé, hablé, comí y dormí en la misma habitación, durante tres semanas, con el “perseguidísimo” por Franco y ya entonces octogenario escritor, que me confesó su sorpresa ante la positiva evolución del régimen autocrático del Caudillo.

DON “GERALDO” Y MORATÍN

ALGÚN día contaré interesantes confidencias que me hizo “don Geraldo”. Anticipo ésta: “Hay numerosos escritores británicos que han conocido España mejor que yo. Por ejemplo Graham Greene y Somerset Maugham, que era un experto en teatro español. Descubrió que Lope había escrito más obras que todos los autores ingleses isabelinos y jacobinos juntos. Y se lamentaba de haberle leído “sólo veinticuatro” de sus comedias. Somerset también se interesó por la estancia de Moratín en Londres”.
Brenan, que no vaciló al afirmar que Leandro Fernández Moratín fue “el mejor” (the greatest) dramaturgo europeo de su tiempo, me dijo no conocer el célebre memorial que Moratín dirigió a Godoy desde Londres en que denunciaba la situación del teatro en España y se postulaba para poner remedio a tantos males desde un cargo oficial que sería “Director de Teatros”.
El autor de “El sí de las niñas” escribe a su todopoderoso amigo: ”No hay premios para estimular a los buenos ingenios a que se dediquen a componer obras dignas y así desterrar los desatinos que diariamente se representan. No hay quien instruya a los cómicos en el arte de la declamación, de donde resulta que todos ellos son ignorantes de su ejercicio…La música teatral está, como los demás ramos, atrasada y envilecida; ni es otra cosa en la parte poética que un hacinamiento de frivolidades, chocarrerías y desvergüenzas, y en la parte musical, un conjunto de imitaciones inconexas, sin unidad, sin carácter, sin novedad, sin gracia ni gusto.” Y se hace una pregunta, válida también hoy: “¿Habrá quien se lastime de que no hay en España hombres de talento que se dediquen a escribir para el Teatro? Nadie ignora el poderoso influjo que tiene el Teatro en las ideas y en las costumbres del pueblo. Un mal Teatro es capaz de perder las costumbres públicas y las leyes, obligándolas a luchar con una multitud pervertida e ignorante.”
Pero es ahora cuando Moratín se despacha a gusto: “Como el Teatro ha caído en tal desprecio…los autores del día, no hallándose con talento suficiente para componer obras dignas del público decente e instruido, han procurado agradar a la canalla más soez, y así lo han hecho. En España se representa con admirable semejanza la vida y costumbres del populacho más infeliz. Taberneros, castañeras, pellejeros, tripicalleros, besugueras, traperos, pillos, rateros, presidiarios, y, en suma, las heces asquerosas de los arrabales de Madrid. El cigarro, el garito, el puñal, la embriaguez, la disolución, el abando
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