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  Firmas Invitadas - Edición Nº 372
Semana del 15/04/2009
Reconocimiento implícito de un fracaso


José Meléndez
L A insólita remodelación que acaba de hacer el presidente José Luis Rodríguez Zapatero de su gobierno, que ha sido acogida con asombro y estupor tanto en la clase política como en la opinión pública, tiene varias lecturas y todas ellas negativas. La primera es que representa el reconocimiento implícito de un fracaso en la forma con que el gobierno defenestrado ha venido gestionando la actual crisis económica y su total incapacidad para arbitrar una serie de medidas correctoras que puedan amortiguar los estragos que producen tanto en las empresas como en las economías familiares el paro incontenible, la recesión que atenaza cualquier posibilidad de recuperación de la atonía crediticia y la falta de liquidez y solvencia que se va extendiendo en el sector financiero, que repercute inexorablemente en el tejido productivo.

Pero esa, con ser de una importancia indiscutible, no es la única lectura para tratar de averiguar por qué ha elegido el presidente a los protagonistas de un paso obligado por la necesidad de salvar al país del caos en el que se encuentra sumido.

El portavoz del PNV en el Congreso de los diputados, sumando así la suya a las críticas de todos los portavoces parlamentarios, ha afirmado que Zapatero es un maestro de la improvisación. Es verdad. Le gusta el jugar a aprendiz de brujo y sorprender a todos con decisiones inesperadas, quizá porque con ello satisface su ego para seguir creyéndose un Merlín de la política. Pero no creo que vayan por ahí los tiros, aunque también. Mucho mas que la difícil coyuntura económica por la que atravesamos, lo que le importan a Zapatero son los cuatro puntos que las encuestas de opinión pública afirman que le saca el Partido Popular de ventaja, cosa que no sucedía en sus cinco años de mandato. Y también le importa mas el descontento soterrado de sectores influyentes de su propio partido, que comienzan a cuestionar su gestión de gobierno.

Solamente así se entiende que si los cambios ministeriales hubieran tenido el único y lógico afán de rectificar las políticas que nos han llevado a esta situación, Zapatero no elija a la gente adecuada y nombre a tres personas que no tienen ninguna experiencia en el terreno económico y que según él mismo y su fiel vicepresidenta Fernández de la Vega, vienen a imponer “un cambio de ritmo” en lo que se ha estado haciendo hasta ahora.. Si Zapatero, siguiendo el consejo de Jordi Sevilla, aprendió los difíciles entresijos de la economía en dos tardes, habrá pensado que personas tan leales a él como Elena Salgado, Manuel Chaves y Pepiño Blanco pueden hacer igual y arreglarán el entuerto.

Otra cosa que parece una incongruencia es que en una situación como la actual, donde la austeridad y el ahorro deben presidir todas las decisiones, se haya engrosado la nómina ministerial con una vicepresidencia mas y varias secretarías generales, en vez de suprimir los ministerios inútiles y costosos que existen hasta ahora o fusionarlos con otros. La transformación del ministerio de Administración Territorial en la tercera vicepresidencia, obedece a la intención secreta de Zapatero de afianzar su control del PSOE en un momento en que comienza a cundir el descontento en sus filas. Este descontento no ha llegado todavía al dominio público porque, a diferencia de lo que ocurre en el Partido Popular la disciplina entre los militantes es férrea y el dominio de los medios de comunicación afines que pudieran hacerse eco de las disidencias, es absoluto. Pero existe. La vieja guardia felipista, que tiene demostrada su experiencia política, está alarmada con el rumbo que ha tomado el zapaterismo dentro del partido y Zapatero ha creído callar la insatisfacción con el rescate de un viejo pendón del felipismo que, además, languidecía ya en las horas bajas de su largo virreinato andaluz donde el PP se ha puesto a su nivel en las encuestas y amenaza con superarle en las próximas elecciones autonómicas.

El nombramiento de Manuel Chaves como vicepresidente encargado de los asuntos territoriales parece mas bien una patada hacia arriba. Chaves es un político quemado y amortizado tras sus veinte años de inmovilismo en su reino de taifas, sustentado por un rancio socialismo de pesebre que tenía los días contados para soltar las riendas del mejor granero de votos del PSOE. Y Zapatero ha decidido traerlo a Madrid para abrir la renovación en el socialismo andaluz y, de paso, tratar de contener la voracidad financiera del catalán José Montilla, presionado por la pérdida gradual del apoyo popular a favor de Convergencia i Unió y por las demandas de sus socios del tripartito. Pero esta jugada también le ha salido mal a Zapatero, porque su abanderada de la renovación andaluza era Mar Moreno y el viejo zorro Chaves –que ya le lió cuando le convenció que se llevase de ministras a Magdalena Álvarez y a Carmen Calvo, que le traían de cabeza como consejeras de su Junta- se las ha arreglado para nombrar su sucesor a José Antonio Griñán, un político continuísta y que por edad ya está camino de la jubilación.

La designación de Pepiño Blanco como ministro de Fomento pudiera tener como explicación la tendencia de matiz masoquista o franciscano, según se mire, de nuestro presidente por hacer ministros a los que se han llevado un varapalo electoral. A Trinidad. Jiménez la destrozó Ruiz Gallardón en las elecciones del 2003 para la alcaldía de Madrid y ahí la tienen de ministra de Sanidad y a Miguel Sebastián, el que quería hacer correr de nuevo a los tranvías por la Castellana, no solo lo vapuleó Gallardón, sino que lo humilló en las elecciones del 2007 y ahí está, de ministro de Industria, prometiendo bombillas de bajo consumo que todavía no han lucido por ninguna parte. Pero la explicación del nombramiento de Pepiño es mas profunda que todo eso. Aparte de que Zapatero le debe el puesto que actualmente ostenta en el PSOE, por sus maniobras maquiavélicas en la elección de secretario general frente a José Bono y otros candidatos, Pepiño Blanco ha llevado hasta ahora la organización del partido con mano férrea, imponiendo una disciplina espartana, pero ha tenido el serio revés de las elecciones gallegas, cuya campaña diseñó y en la que se involucró en ellas personalmente. Pero ni eso ni su condición de gallego –es de Lugo- pudieron frenar el triunfo del popular Alberto Núñez Feijóo, que ha levantado ronchas entre los socialistas. De esta forma, con otro ascenso casi de castigo, Zapatero ha podido entregar las riendas del partido a su nuevo descubrimiento, Leire Pajín. Pero Pepiño es todavía mas duro de pelar que Chaves y, aparte de que estaba de siempre loco por ser ministro, se ha llevado el mejor ministerio para permitirle seguir teniendo un cierto control sobre sus militantes. Fomento es el ministerio del gasto y puede hacer llover maná sobre las autonomías o ayuntamientos que desee.

En los pocos días transcurridos desde el nombramiento de los nuevos ministros, el gobierno de Zapatero ha desplegado una inusitada actividad de reuniones entre ellos con la inevitable consecuencia de fotos y titulares buscando las portadas y los telediarios. La máquina propagandística funcionando a tope. Y esto tiene también su lectura, por lo que representa de temor a lo que se les viene encima. Hay que dar la impresión de que se está trabajando sin descanso para arbitrar soluciones, en las que no faltará la ayuda del amigo Obama, en la nueva e incipiente amistad constantemente aireada, ahora que ha desaparecido la amenaza capitalista del descortés George Bush. Pero no bastan las manos de barniz para disimular la gravedad de la situación. Zapatero tendrá que encontrar soluciones viables y concretas sino quiere perder la batalla. Y entonces, ya sin la protección del poder y sus privilegios, podrá percibir la inmensidad de la crisis que siempre negó y saber por propia experiencia lo que cuesta un café, cosa que no sabía cuando se lo preguntaron.
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