¿
QUÉ deducciones o indicaciones de futuro pueden obtenerse de los resultados en las elecciones para el Parlamento Europeo? El observador está obligado a dejar a un lado las interpretaciones de los dirigentes de los partidos implicados, de los columnistas escorados hacia unas u otras candidaturas y de los medios succionados por el poder si quiere sacar agua limpia del pozo de la confusión. Ha de abstraerse y levantar la piel equívoca de lo aparente para descubrir qué corrientes subterráneas mueven el humor del electorado. Y si son ocasionales o de más o menos larga duración.
No es jugar con los números lo que, en efecto, importa del resultado de las elecciones europeas, sino las corrientes de fondo que se esconden tras los números. Y son éstos deslizamientos los que hemos de tomar en consideración para un correcto diagnóstico en al menos tres de sus vertientes: el arraigo o no de la Unión Europea en las sociedades que la componen; el trasfondo ideológico de la nueva composición del Parlamento Europeo; y los fenómenos de cambio que en cada nación, y especialmente en España, pueden señalar los resultados.
Es necesario esclarecer ante todo si la baja participación electoral, inferior a los anteriores comicios, se corresponde con una débil conciencia europea que pone en entredicho la autoridad de la Comisión Europea y le augura un porvenir incierto. Cuando una mayoría del electorado se aleja de las urnas queda en entredicho la entidad democrática del sistema, tanto si se trata de elecciones europeas, nacionales o de menor ámbito. Un despego que, en el caso de las recién transitadas, hace saltar por los aires la autoridad democrática de las instituciones comunitarias y pone de manifiesto que se asienta sobre la fragilísima cimentación de una inconsistente minoría. Se impone como consecuencia una cuestión previa: ¿Por qué ha sido tan baja y deslucida la participación en todas las naciones de la Unión Europea?
ANTECEDENTES Y DESFONDAMIENTO DEL SUEÑO EUROPEO
LA respuesta a la anterior interrogante requeriría un pormenorizado análisis crítico de la entera historia del proceso encaminado hacia la unidad de Europa desde sus comienzos, cuando todavía las naciones europeas mostraban los terribles efectos humanos, materiales y políticos de la guerra. También de sus antecedentes y la posición de los dos colosos, los USA y la URSS, que la emparedaban. Y sin olvidar, por supuesto, el cambio de escenario derivado de la aparición de la llamada “guerra fría”, amén de su encaje en la estrategia mundialista. Pero el intento excede con mucho de las dimensiones de un artículo y sólo cabe una síntesis aproximativa.
Podría remontarme a Carlomagno o a Carlos V como antecedentes lejanos del sueño de una Europa unida. Y en tiempos más recientes, al fallido empeño imperial de Napoleón. Pero sin ir tan lejos, y ya en el siglo XX, también existen precedentes. El primero partió de la fracasada Sociedad de Naciones con sede en Ginebra e ideológicamente en la misma clave relativista que prevalece en la actualidad. La segunda, en vísperas de la guerra mundial, fue de índole económica y relacionada con dos factores que condicionaban severamente a Europa: la dependencia del petróleo y del dólar, moneda internacional de pago. Me refiero a lo que se dio en llamar la “cesta de monedas”. Fue un sistema, ideado por Alemania (sin el centro de gravitación de Alemania la unidad europea siempre naufragará), en virtud del cual se pagaba a los productores mediterráneos del petróleo con exportaciones industriales y la balanza comercial resultante se cerraba con un depósito de monedas múltiples derivadas de las exportaciones a terceros. El sistema lo cercenaron pronto los Estados Unidos.
El Mercado Común Europeo fue una creación de Schuman y Monet con el respaldo de Adenauer y De Gásperi, todos ellos democristianos. Primero fue la CECA (Comunidad Europea del Carbón y del Acero). Europa quedó arrasada tras la II Guerra Mundial. Los ya citados promotores comprendieron que a cada país le sería muy difícil reponerse por sí mismo y que Europa estaba aprisionada por los colosos norteamericano y soviético. Era necesaria la unión. Y como en aquel momento el potencial económico de una nación se medía por su producción de acero y para elaboración era indispensable el carbón, se comenzó por la CECA, en la que se integraron Francia, Alemania, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo.
El Mercado Común Europeo fue la ampliación al entero sistema económico de aquella inicial Europa de los Siete. Sus fundadores comprendieron que la contienda mundial había dejado tras de sí muchas heridas y resentimientos, especialmente respecto de Alemania, motivo por el cual era indispensable orillar la posibilidad de una unión política en tanto la marcha de una economía en común y sus resultados positivos no crearan un hábito de confianza mutua y se abatieran los recelos. Pero tanto la CECA como el MCE se alzaban sobre la convicción de que el sustrato histórico de Europa era el cristianismo. De ahí el color azul celeste de la bandera y la corona de estrellas, símbolos de la Virgen María.
LA DERIVA RELATIVISTA DEL SUEÑO EUROPEO
HOY se hace evidente que fue prematura la transformación del MCE en entidad política, la cual se produjo, además, en un momento en que los grandes estadistas cristianos de postguerra daban paso al frente de los países a políticos de menor entidad, enzarzados en luchas partidistas y en un clima de recuperación del relativismo materialista. La creación de un centro de poder en Bruselas generó una pesada estructura burocrática con ansia creciente de intervencionismo regulador. Luego se pretendió dotar a la Comisión Europea de una fachada democrática con la creación del Parlamento Europeo, aunque su carácter consultivo lo convertía en una costosa ficción.
El proceso descrito sumariamente desembocó, como era predecible, en un pernicioso divorcio entre la maquinaria europea y la opinión pública de los países miembros, crecidos en número mientras tanto. Nada de insólito encierra que una fuerte abstención caracterizara a las elecciones europeas desde su primera convocatoria. Todo se reducía a un tira y afloja entre la cada vez más crecida pasión reglamentista de Bruselas y los gobiernos de las naciones, en tanto el flamante Parlamento de Estrasburgo cumplía el papel de mera caja de resonancia. De teatralidad democrática.
Tampoco fue una feliz iniciativa de promulgar una constitución europea como instrumento para la creación de una Europa en vestes de federación de Estados independientes con un gobierno central. Se cometió asimismo el error de encomendar su elaboración a Giscard d´Estaing al frente de una comisión confeccionada a su medida. No es cosa de entrar en las vinculaciones sectarias de Giscard d´Estaing, las cuales se dejaron ver durante su presidencia de la República Francesa, ni en su ambición por serlo de esa nueva Europa federada. El parto fue un texto asaz extenso, prolijo, laicista y centralista que despreciaba los fundamentos cristianos de la cultura europea y entronizaba como su esencia ideológica un rancio relativismo jacobino. La polémica fue muy encrespada en este aspecto. Pero tampoco algunos países, a comenzar por Francia, estaban dispuestos a ceder parcelas sustanciales de su soberanía nacional. Y menos todavía, admitir la posibilidad, larvada en el texto constitucional, de dejar una puerta abierta, muy en la línea de las directrices trazadas por David Rockefller, a la descomposición de las viejas naciones en multiplicidad de Estados ahormados sobre pretensiones étnicas y diferenciales del común. Algo muy parecido al galimatías de las “nacionalidades” alumbrado por nuestra constitución de 1978 y al despiece de Yugoslavia.
Fue consecuente que el fracaso acompañara al proyecto constitucional de Giscard d´Estaing. Pero las fuerzas ocultas que lo respaldaban no se dieron por vencidas y buscaron rehacerse mediante el Tratado de Lisboa de 13 de septiembre de 2007. Una edulcorada versión a la baja y con trampa. Se presumía, en efecto, que escollos como el repudio de Irlanda, se superarían al limitar su aprobación a los gobiernos, eludiendo así someterla a referendos nacionales de resultados siempre inciertos.
He creído necesaria la anterior síntesis del proceso paneuropeo, aún a riesgo de que algún lector lo tache de simplista e incluso de parcialidad antieuropea. Espero, no obstante, que sirva para entender la persistente abstención en las elecciones para el Parlamento Europeo. Y también el euroescepticismo generalizado y creciente en los países de la UE a causa de la recesión económica , así como la crecida de los partidos radicalmente contrarios al proyecto que no son sólo los tachados tópicamente de ultraderecha. Un rechazo en el que subyacen muy variados factores reactivos, desde el miedo a la masiva inmigración musulmana, el recelo a la dictadura reglamentista de Bruselas o el repudio instintivo a un mundialismo impuesto desde los centros de poder iluministas que amenaza con anegar la soberanía y la razón histórica de ser de las naciones.
UNA ELECCIONES DISPUTADAS EN CLAVE NACIONAL
NO ha sido casualidad, por lo antedicho, que las campañas electorales se hayan debatido en clave nacional en todos los países de la Comunidad, aunque la española haya destacado en virulencia, forzada por el gobierno socialista y su monopolio mediático, la cual no supo esquivar la oposición. La recesión económica que acosa a Todos los países de Europa, aunque en diferente medida según cada gobierno la haya afrontado, ha influido sin duda en el comportamiento electoral. Pero en mucha menor medida de lo que en España arguyen los socialistas para justificar su derrota, puesto que en la mayoría de ellos, incluso en Italia, ganaron los partidos al frente de los respectivos gobiernos. El federalismo europeo, tan deseado por algunos, sigue siendo una entelequia. Al menos, en la conciencia colectiva.
Respecto de las tendencias políticas dominantes es evidente que se han llevado el gato al agua los partidos conservadores, de centro derecha y liberalistas. Socialistas y socialdemócratas han reculado de manera incuestionable, hasta el punto de que en las portadas de numerosos periódicos europeos se califique de “hundimiento”. Y como antes señalé, han aumentado su presencia los nacionalistas a ultranza y los euroescépticos. Está por ver si éstos últimos, dadas sus diferencias, llegarán a entenderse para formar grupo parlamentario. Pero serán un constante incordio. Condicionarán la actividad del Parlamento Europeo estas nuevas incrustaciones, la notable reducción del grupo socialdemócrata y la retirada de los conservadores británicos del grupo popular. Salvo que, como ha sucedido anteriormente, exista una mayoría sumergida que aúne voluntades a despecho de la pertenencia a unos u otros partidos. Me refiero a la vinculación masónica de un gran número de los parlamentarios a izquierda y derecha, así como a la dependencia de sus partidos y gobiernos de los instrumentos operativos del Nuevo OrdenMundial. La defección del conservadurismo británico para mermar la influencia del PPE tiene ese origen.
No es el momento de abordar un análisis profundo sobre las causas del espectacular retroceso de los partidos socialistas y socialdemócratas. Pero sí apuntar que una de ellas radica en la doblez de un apego dogmático a tópicos de la izquierda superados por la realidad, al tiempo que en la práctica hacen el juego al gran capitalismo del que, unas veces subterráneamente y otras sin disimulo, son dependientes. Es evidente, además, que en una sociedad de clases medias, como la que hoy prevalece en Europa, éstas, amenazadas de reproletarización, confían más en el pragmatismo conservador que en la demagogia “progresista”. Una parte de éstas, la más angustiada, ha nutrido de votos a las formaciones euroescépticas y a las llamadas genéricamente de ultraderecha.
HABRÁ CHO UES ENTRE ESTRABURGO Y BRUELAS, Y CON OBAMA
AL haber aumentado las competencias del Parlamento Europeo, su nueva composición condicionará la gestión de la Comisión Europea y la renovación de su presidencia. La mayoría de los gobiernos respaldarán las reelección del portugués Barroso, cuyo bajo perfil y ductilidad es beneficiosa para ellos, en particular para los grandes. Pero el nuevo Parlamento Europeo podrá topar con resistencias nada desdeñables, aunque a la postre no sean efectivas.
No sólo el reparto de ayudas y subvenciones amenaza con convertirse en lucha despiadada, habida cuenta de que una parte sustancial de los fondos se destinarán a los países deprimidos del este recientemente incorporados, de los que también precisan los socios del oeste acosados por la recesión. En materia agrícola y ganadera, sobre todo, España llevará las de perder a causa de la pésima negociación y defensa de nuestros derechos que ha caracterizado la gestión europea del gobierno Rodríguez, consecuencia no sólo de su incompetencia, sino recuelo también de la apresurada e incondicional incorporación de España a la Comunidad Europea. Hasta el punto de que en algunas de las parcelas que convienen a España era más beneficioso el Acuerdo Económico Preferencial de 1970, logrado laboriosamente por Ullastres y su equipo. Sin ser socio de pleno derecho, España se beneficiaba de las ventajas de los que sí lo eran. Se demostró una vez más que el pragmatismo y la política de Estado resultan a la postre más rentables que la improvisación y la demagogia.
Uno de los asuntos más polémicos a los que en la campaña europea apenas si se ha prestado atención es el de la debatida incorporación de Turquia a la UE. A los Estados Unidos de Norteamérica interesa sobremanera satisfacer las aspiraciones turcas. Turquía es para Washington una pieza militar importante para su estrategia en el avispero del Oriente Medio. Washington no vacilará en sacrificar los intereses europeos a su estrategia militar. Pero la presión norteamericana se ve condicionada en Europa, sobre todo en la central, por razones obvias: Turquía no es europea ni geográfica ni culturalmente; la masiva inmigración turca provoca indeseables tensiones, especialmente en Alemania; el ingreso de Turquía en la UE, con cien millones de habitantes y grandes bolsas de pobreza, acarrearía una auténtica invasión musulmana en el espacio europeo, acentuaría las actuales reacciones sociales y auguraría el incremento, ya inquietante para los partidos convencionales, de los calificados de ultraderecha, los cuales se nutren en gran medida de obreros procedentes de la izquierda que sienten amenazados sus puestos de trabajo. Puede afirmarse en este aspecto que también los europeos han dicho no a la exigencia norteamericana para el ingreso de Turquía en la UE.
Obama lo tendrá crudo pese a la restauración de la concordia atlántica encabezada por Sarkozy y Merkel. Obama, durante su visita a Turquía, apoyó la Alianza de Civilizaciones, atribuyendo su logro al presidente turco y olvidándose de Rodríguez. Esta toma de posición rechinó en Europa. Hirieron el sentimiento de muchos europeos sus almibarados discursos en El Cairo y Estambul hacia el Islam, escondiendo la brutal realidad del totalitarismo coránico incluso en países a los que, con falsedad evidente, se considera “moderados”. Obama no es sólo prisionero del imperialismo mundialista. También de los intereses petrolíferos de la grandes compañías que financiaron su campaña electoral.
SE DESVANECE EL SUEÑO PLANETARIO DE RODRÍGUEZ
NO es aventurado afirmar con tales antecedentes que se ha desvanecido el esperpéntico sueño planetario de Rodríguez, expuesto por la Pajín con grotesco énfasis. Carece de sustento, y aún más de respaldo europeo, la apuesta retórica como alter ego de Obama al frente del eje “progresista” Washington-Madrid. La ocasional y semestral presidencia de la Comisión Europea amenaza con convertirse en un calvario para Rodríguez. No dispondrá en el Parlamento Europeo del respaldo “progresista” que presumía. Salvo que cambie el rumbo y se someta. No sería la primera vez en un sujeto que no ve más allá de sus narices, aunque la adversidad de los resultados electorales en España parece inducirle a enrocarse en el rincón de su sobrestimación paranoide.
Rodríguez, cuya mitomanía alcanza ya grados extremos, cometió el error de plantear las elecciones europeas como una apuesta personal, hasta el punto de hacerse responsable de los resultados. Estaba persuadido de que le daría un triunfo holgado sobre el PP la sucia estrategia de acoso y derribo emprendida desde meses atrás: valerse del casi monopolio de las cadenas de televisión y radio de ámbito nacional; utilizar la dependencia de un creciente número de prensa impresa en crisis financiera y necesitada de ayudas del Estado; el caso Gürtel, arbitrado por el siempre solícito y enfatuado juez Garzón para minar el voto popular en Madrid y Valencia, sobre todo; la facciosa ocultación de los numerosos casos de corrupción en los ámbitos socialistas; el cambio de guardia pretoriana en Andalucía con la patada hacia arriba a Chaves, encaminada a silenciar sus múltiples y satrápicos manejos; las promesas de inversiones en infraestructuras de Pepino Blanco en su recorrido por todas las taifas; la satisfacción de los bajos instintos humanos encomendada a la Aído; la falsedad de que el PP implantaría el despido libre y pondría en grave riesgo las pensiones; y tantos otras arteras manipulaciones. Pero el tiro le ha salido por la culta.
¿SON INDICATIVOS LOS RESULTADOS EN ESPAÑA?
¿PUEDEN constituir los resultados de las elecciones europeas un indicio de cambio en España respecto de unas elecciones generales? Las interpretaciones son variadas e interesadas, según sea la inclinación política de quien las haga. Las tendencias escondidas tras la voluminosa abstención hacen comprometido prejuzgar comportamientos futuros.. Pero los resultados, pese a la cortedad de la participación, sí son indicativos.
Aseguran los expertos, o los que presumen de tales, que los partidos disponen de una masa fiel de militantes que los votarán por muy mal que lo hagan. Y que son éstos los que acudieron mayoritariamente a las urnas. Una lectura de tal naturaleza evidenciaría que el Partido Socialista ha perdido fuelle nada desdeñable entre los suyos y el Partido Popular los recuperó, aunque no en demasía. Es obvio que entre pérdidas del uno y ganancias del otro, el PP saca al PSOE una ventaja de casi seis puntos respecto de los anteriores comicios europeos..
La distribución taifal y provincial de los resultados acaso sea más significativa. Resulta especialmente expresiva la abultada derrota de los socialistas en Madrid, Valencia y Murcia, los feudos populares contra los que Rodríguez ha descargado toda su artillería pesada. Pero alcanza para mí superior entidad la derrota socialista sin paliativos en el feudo bonista de Castilla-La Mancha y Canarias, amén de la remontada en Navarra.
¿Mérito de Cospedal o demérito de Barreda en el feudo bonista? Creo que, con independencia de los escándalos de corrupción aparecidos tras la quiebra e intervención de la CCM, han pasado factura al PSOE sus marrullerías, grosera demagogia y notoria incapacidad para resolver los problemas de deterioro económico y social en aquéllos ámbitos que estaban al alcance de la Junta para al menos paliarlos.
López Aguilar, al que se presumía equilibrio dada su brillante trayectoria universitaria, hizo suya la táctica agreste del partido y, con la anuencia de Pérez Rubalcaba, se valió de la Policía Nacional para montarle a Soria, cabeza del PP en las islas, un falso escándalo de corrupción que la Justicia desmontó. El socialismo canario cayó en picado y arrastró tras de sí a los nacionalistas.
Navarra es un caso aparte. Se recuperó espectacularmente el PP después de la forzada ruptura con UPPN al que le arrastró Sanz, encastillado en una suerte de nacionalismo foralista a imitación del PNV. Está por ver, sin embargo, si los votos de UPN que dieron la victoria al PP volverán o no a su matriz en próximas elecciones.
LOS RESERVORIOS SOCIALISTAS DE VOTOS UN RETO PARA EL PP
CATALUÑA, Extremadura y Andalucía siguen siendo los principales reservorios del voto socialista, si bien los populares han mejorado sus expectativas. La valoración de los resultados está sujeta a a las peculiaridades de la taifa catalana y las casi gemelas de Andalucía y Extremadura. Conviene advertir, no obstante que Cataluña y Andalucía son las taifas con mayor censo de población. Y que por eso mismo han contribuido a paliar los malos resultados socialistas en el conjunto de España.
El PSC montillano cedió posiciones en Cataluña y ERC se derrumbó en beneficio de CiU, conservador en lo económico y cada vez más radical en irredentismo secesionista. Le sucede lo que al PNV, mayoritario en Vascongadas. Una vieja historias de contradicción que se amengua cuando la plutocracia catalana benefician de una política proteccionista que le permite chupar del resto de España y se acentúa en periodos de librecambismo para convertirse en chantaje político sobre los partidos dominantes en las Cortes si no disponen de mayoría absoluta.
La masa inmigratoria española de Cataluña vota en gran medida al PSC, aún a pesar de que la desaforada inmersión lingüística le oprime y asume el mayor índice paro. Todavía sigue prisionera del tópico que identifica su condición trabajadora con la izquierda. Muchos de sus hijo y nietos votan separatismo, llevados por el estúpido complejo social de que sus padres y abuelos provienen de la inmigración de “la alpargata”. Montilla y Carod Rovida, Pérez en realidad, son exponentes acabados de esta disfunción psicosocial.
El Partido Popular no ha sabido luchar contra la citada doble proclividad que aqueja a la población proveniente de la inmigración interior, similar a la de Vascongadas. Cometió un grave error al sacrificar a Vidal Quadras y su grupo en aras de un entendimiento de cambalache con CiU y apostar por un respeto excesivo al “hecho diferencial” que hizo suyo, en vez de perseguir que la masa inmigrante recuperase el orgullo de haber contribuido al despegue económico de Cataluña con su esfuerzo y sus inocultables sacrificios. Lo ha pagado caro, aunque se ha haya rehecho algo en estas elecciones. Si el PP no acierta a rectificar y desligarse de las mentalidades afines al sempiterno tránsfuga Piqué, instrumento de la alta burguesía barcelonesa, seguirá siendo una fuerza marginal en Cataluña.
Los resultados en Andalucía y en su gemelar Extremadura reclaman una especial valoración. El PP avanzó notablemente en las capitales de provincia y en los grandes núcleos urbanos más o menos industrializados y con un sector servicios desarrollado, en tanto el PSOE hizo su agosto electoral, como siempre, en las áreas rurales. El PER sigue siendo el gran caladero de votos socialista. Un sistema de protección que ha derivado en una desmesurada picaresca. No se entiende, en efecto, que teniendo Andalucía el más alto índice de paro de toda España, compartido ahora con Canarias,sea necesario el empleo masivo de mano de obra inmigrada, especialmente en épocas de cosecha y en cultivos intensivos. Hay municipios bajo regiduría de radicales de izquierda que incluso firman las peonadas que dan derecho al PER sin haberlas trabajado Trasgresión ésta de la que se habla con asiduidad por aquellos pagos. Sucede, además, de que socapa de tales mecanismos crece la economía sumergida.
El PP no se trabajó asiduamente durante años los poblachones andaluces de las áreas rurales y no se movilizaba hasta que sonaba el toque de salida para elecciones. Arenas se ha esforzado en corregir el problema durante los últimos tiempos. Pero sólo lo ha conseguido en parte. Le resta un duro esfuerzo de corrección de errores para desbancar a la izquierda de su predominio. Abandonar, por ejemplo, la corriente del falso y autonomista andalucismo político que le condujo a trapichear en la negociación y aprobación del engendro estatutario. Las elecciones no se ganan en las disputas parlamentarias de Sevilla, aunque influyan, sino a pie de obra con equipos ajenos al caciquismo agrario y dispuestos a sudar la camiseta cada día en el tajo político y social.
No me pronuncio acerca de si Arenas es o no el líder apropiado para desbancar al socialismo en Andalucía. Acaso lo sea al no vislumbrarse otro. Pero es evidente que está obligado a modificar su estrategia. Frente al clientelismo del PER y los chanchullos coactivos del chavismo, que no modificará Griñán, habrá de ofrecer el PP propuestas atractivas de desarrollo que saquen a Andalucía de un atraso endémico.
EL CASO DE LOS PARTIDOS MARGINALES
EL PDN es Rosa Díez quien lo define y gracias a ella logró entrar en el Parlamento Europeo. Su más de cuatrocientos mil votos los arrancó a la derecha y a la izquierda debido a sus dos caras: la de afirmación a ultranza de la unidad nacional; y la radical de izquierda en todo lo demás. Una contradicción difícilmente sostenible salvo en situaciones coyunturales como la actual. Habrá de decidirse por la una o por la otra con todas sus consecuencias o acabará su encanto.
Debemos alegrarnos de que el II proetarra no haya alcanzado los votos necesarios para incrustar un representante del terrorismo en el Parlamento Europeo. Pero el volumen de los votos obtenidos es inquietante. Más aún si se toma en consideración el porcentaje nada desdeñable de sufragios obtenido fuera de Vascongadas y Navarra. Existen por doquier grupúsculos de una izquierda radical y violenta que pueden servir de cobertura a las bandas terroristas para la comisión de atentados.
Los partidos marginales de diversa orientación cosecharon en torno a un millón de votos. Una cifra nada desdeñable. Pero que debe advertirles de que a ningún puerto llegarán los más afines entre sí de no orillar personalismos o encapsulamientos ideológicos y unirse en una mismas oferta original y atractiva. A lo que hay que añadir, para completar el cuadro electoral, lo abultado del voto en blanco, claramente de protesta contra el sistema.
EL PP NAVEGA ENTRE LOS VALORES Y EL RELATIVISMO
MAYOR OREJA apeló a los valores morales durante la campaña electoral, y lo reiteró a la hora del triunfo desde el estrado triunfal de la calle Génova. Le avalaban su fidelidad a ellos y su propia trayectoria. Caló su mensaje entre quienes lo escucharon directamente en los mítines o en sus dos debates con el enardecido, fabulador e insultante López Aguilar. Pero quedó oscurecido a efectos mediáticos por el sectarismo informativo y el aplastante protagonismo de Rajoy, tras aceptar el reto de Rodríguez de que en las elecciones europeas se dirimía la suerte política de uno y otro. Y exultante por el triunfo afirmó Rajoy desde el estrado de la sede central en Madrid que la victoria se la debía al “espíritu” del Congreso de Valencia del que salió vencedora, y no sin artimañas, la facción centrista aquejada de una carga inquietante de relativismo. ¿Pero ha sido así?
La composición del electorado popular es asaz heterogénea. Al igual que el PSOE dispone de una base fiel que lo votará pase lo que pase y esté a su frente quien esté. Otra parte del electorado, siempre a la defensiva, lo votará tapándose las narices para que no gane la izquierda. Y otra, nada desdeñable, acaso la mayoritaria asida a los valores morales y patrióticos defendidos por Mayor Oreja, rechaza la deriva relativista de la dirección popular. Es la que engorda progresivamente la abstención. Conozco a bastantes de éstos y es notoria su presencia en los foros de Internet.
Estoy persuadido de que si en la campaña electoral del PP hubiera prevalecido una apelación vigorosa a los valores morales defendidos por Mayor Oreja, y también los religiosos frente al arcaico, jacobino y neomarxista anticatolicismo socialista, se habría movilizado este segmento para hacer aplastante la victoria popular. Dudo mucho, sin embargo, que Rajoy y los suyos asuman la lección y prescindan de los cantos de sirena laicistas de los Arriolas de turno y otras infiltraciones “progresistas” y dispersivas, una de cuyas evidencias radica en su equivocidad estatutaria.
EL PELIGRO DE UNA HIUÍDA HACIA DELANTE DE RODRÍGUEZ
EN España ha ganado Rajoy y ha perdido Rodríguez. Los números cantan. Y tan profunda ha sido la decepción de Rodríguez que huyó despavorido a la hora de asumir públicamente la responsabilidad personal de que había galleado durante la campaña. Eludió con evidente cobardía la comparecencia pública junto a López Aguilar, formalidad generalizada entre los que triunfan y los que son derrotados. Cedió el compromiso a la frívola e inexperta Patín y estuvo callado como un muerto en la Moncloa rumiando el revés. La hondura de su desengaño la escenificó la vicepresidente Fernández de la Vega a la hora obligada de anunciar oficialmente los resultados. Fue patética su intervención. Rostro descompuesto, incapacidad para enhebrar frases, tartamudeos y traspiés en la lectura de los números, hasta el punto de que un apesadumbrado y avergonzado Pérez Rubalcaba hubo de acudir más de una vez en su ayuda. Compuso la imagen d lasl frustración socialista por una derrota que creyeron imposible.
La estampida de Rodríguez, su falta de educación al eludir la felicitación a Rajoy, las desangeladas justificaciones de la Patín y lo que ha trascendido de la posterior reunión de la ejecutiva socialista, hacen que muchos se pregunten sobre el camino que en adelante tomará el presidente del gobierno. Un sujeto tan amarrado a sus muchos complejos y a su convicción de político de talla mundial nunca se sentirá propicio recapitular. Está persuadido de que la derrota ha sido ocasional y culpa de otros, de que sus mañas arrinconarán al PP, de que sus medidas demagógicas le permitirán la remontada, de que la recuperación norteamericana de la crisis económica saneará también la muy maltrecha española, de que saldrá triunfante de la presidencia semestral de la UE y, en fin, de que llegará a las elecciones generales de 2012 con ancho margen de credibilidad para ganarlas.
La inevitable intervención de Rodríguez en el Senado, tres días después de la derrota, no augura un cambio de dirección. Se aferra como gato panza arriba al cumplimiento del programa electoral que le aseguró la continuidad en las elecciones de 2007. Nada le importa que el programa fuera tan falso como los Presupuestos Generales del Estado para 2009. Vive imperturbable en su nube autista. Le reaniman los halagos y los aplausos de la corte de mediocres y aduladores alimentados por la ubre del Estado. Y considera traidores a los socialistas de la vieja guardia que le advierten de sus errores.
Será lo más probable que Rodríguez extreme los comportamientos ya conocidos y conduzca España al borde del estallido. La declarada y disparatada determinación del de cerrar la central nuclear de Garoña, ofrece una pista inquietante acerca de desarrollos posteriores. Parece que ha dado un paso atrás, al escudarse en que esperará hasta que, dentro de dos, se cumplan los cuarenta años de la concesión. Le atan sórdidos compromisos con Francia, oscuras dependencias de los suministradores de petróleo y sus débitos con el poder mundialista que lo elevó al poder y en él lo mantiene hasta, que cumplida su tarea desintegradora, convenga amortizarlo.
Rodríguez intentará comprar a cualquier precio, sea político o económico, el apoyo parlamentario de las minorías que le sean necesarias para llevar adelante sus perversas embestidas deshumanizaras y anticatólicas, amén de persistir en una política económica descabellada. Le importa un rábano que junto a Rusia, y sin disponer de los grandes recursos energéticos de ésta, seamos el país con mayor dimensión de deuda en Europa, con el el mayor índice de paro y a la cola en otros muchos índices, desde el educativo a la productividad, la creación tecnológica y otros parámetros vitales. Tenemos al frente de los destinos de España a un sujeto que deberíamos entregar a los cuidados de un psiquiatra.
EUROPA SE ENFRENTA A UN FUTURO INCIERTO
¿Y el nuevo Parlamento Europeo? El análisis de las políticas seguidas en sus respectivos países por los partidos conservados y centristas evidencian que todos ellos se sometieron hace tiempo al imperio del relativismo materialista y se alejaron definitivamente del espíritu cristiano de los promotores del sueño europeo. Están mas cerca de de Giscard D´Estaing que de Schuman, Monet, Adenauer y De Gasperi. Sus diferencias con socialdemócratas, verdes y marxistas declarados serán de nuevo más retóricas que efectivas. Votarán de consuno , como lo hicieron anteriormente, todas aquellas propuestas y normas encaminadas a la demolición de los valores morales de la sociedad defendidos por Mayor Oreja, utilizado en el PP como ocasional coartada electoral por los celadores del “espíritu” del Congreso de Valencia. Está llamado a protagonizar en Estrasburgo una digna soledad, a la que no contribuirán en los momentos decisivos algunos de sus acompañantes en l candidatura.
La nueva etapa de la Unión Europea se concretará en el progreso encubierto hacia un acoplamiento más o menos sostenible de federalismo que facilite en el futuro la estrategia del Nuevo Orden Mundial. Con esa finalidad se instrumentó la actual crisis mundial que a todos se les ha ido de las manos. Y que, como la de 1929, acaso no tenga otra salida que la de conmociones nacionalistas y de estímulos al expansionismo islámico, susceptibles de justificar una guerra de gran alcance que cumpla análoga función a la emprendida por Roosevelt con el pretexto de ayudar a las democracias europeas amenazadas por el III Reich hitleriano.
|