V
UELVE María Zambrano a Madrid, en el otoño de 1984, después de cuarenta y cinco años de ausencia, y lo primero que dice es que la luz de la tarde madrileña, esa luz que tanto ha pensado, la deja extasiada.
He aquí una versión filosófica de la permanencia de la luz y del aire de Madrid como señas radicales de la ciudad, más que su patrimonio, su propio ser por encima de todas las mudanzas y de todas las contaminaciones.
"¡Dios mío, qué luz!" exclama Emilio Castelar en "Cartas y viajes", al describir la profundidad resplandeciente que ve desde su despacho madrileño. Y yo lo repito un siglo después al ver desde mi ventana la ola quieta de Guadarrama.
Todo el ingenio de Madrid, agudo y universal, está empapado de este aire luminoso, de este donaire madrileño, que es un aire que tiene don. "Tierra que toda es aire", según Lope. "Luz vivísima, contraria a toda melancolía", según Azorín.
Aquí, en este aire, a esta luz, se aprecian los contornos y los contrastes como si acabaran de acuñarse. Por eso aquí todo es realismo o espíritu. Por eso aquí no vale andarse por las sombras o a medias luces.
Madrid se defiende de su implacable cristal con las gafas sin cristal de la ironía. Porque el espíritu de Madrid y Madrid mismo, con su rectorado y sus hechuras, son el producto histórico, el resultado de esta luz palpitante en este aire.
Pasan los tiempos, las gentes y las cosas; pero el aire de Madrid, que afila las esquinas y enamora los geranios, el aire capital que todo lo envuelve y vivifica, como residencia celeste, es su constante urbana.
Pasan y vuelven a pasar las contaminaciones; pero al final prevalece el aire de Madrid. Madrid tendrá oscurecimientos pasajeros pero nunca perderá su luz que vendrá, desde la nieve, renaciente y fina, describiéndolo todo con todos los destalles.
Ya pueden echarle anhídrido sulfuroso o monóxido de carbono o partículas impertinentes, que Madrid, según lo vio el gran Ramón, Ramón Gómez de la Serna, seguirá asimilando cada día, con el poso de su luz inimitable, una reveladora filtración de eternidades.
El poder del aire madrileño está tan asentado que con las suciedades transitorias crea bellezas secundarias, hermosamente derrotadas por el viento que tiene todas las anchuras y forma el remolino impar de la junta de la calle Fuencarral con la Gran Vía.
Le he preguntado al moderno pregonero de la luz de Madrid, al pintor Antonio López, que ha pintado la primera luz matinal de la Gran Vía, que ha sido capaz de pintar el aire de Madrid de nuestros días.
Le he preguntado y me ha dicho que la luz de Madrid es luz de Castilla, de su Mancha, y que, por real, quiere a esta luz, luz contaminada, luz en debate, en esa discusión del aire en que Madrid siempre se salva luminosamente .
Aquí se entiende mejor el misterio del viento, lorquiano "galán de torres", metáfora cabal del espíritu. Si Madrid es sobre todo una inteligencia, un espíritu, ¿que otro emblema puede tener, si no es el viento, cuerpo del aire que en la luz galopa?
Para Dámaso Alonso, poeta en Madrid, el viento es tal vez la maravilla mayor que tiene el mundo y no nos damos cuenta. Pero él se ha dado cuenta en la luz de Madrid y ha escrito: "Me podrían enterrar en la ancha fosa del viento. !Oh, qué dulce descansar!"
La impronta de la luz de Madrid, está, por ejemplo, en la claridad de Ortega y Gasset y así se ha estudiado. La madrileña claridad de Ortega, por encima de las estampitas locales, nos justifica en la brava luz de Madrid, que él tranquiliza.
Del cielo a Madrid, como don del cielo, llega en el aire la luz de los atardeceres sobre la Ciudad Universitaria, la luz otoñal que dejó extasiada a Maria Zambrano y que todas las tardes es el éxtasis de Madrid.
En Madrid, a su luz, todo se ve más claro y terminante, tanto si es un verso de Vicente Aleixandre, como si se trata del mosaico infantil de un puesto de pipas. Porque esta luz no es metafórica, sino luz ensimismada.
Hay fachadas de Madrid que parecen construidas con el único objeto de recoger la luz, para que se vea en el mayor lienzo la luminosidad de la mañana, del mediodía, de la tarde. Hay fachadas en las que la luz de Madrid se expone en todo su esplendor gratuitamente .
A la escrutadora luz de la ciudad, escribe Aleixandre su poema "Antigua casa madrileña" y sobre los casi cuatro siglos de la casa, siglos del Madrid radiante, el poeta de tanta luz lo convierte todo en transparente.
El aire de Madrid, acabo de decirlo, no es metafórico, no es un invento literario que a fuerza de repeticiones nos lo hemos creído. También los científicos han bebido los vientos por Madrid y han aclarado las ideas.
El doctor Hauser llega a Madrid en 1883 y, tras muy tenaces estudios, en 1902 publica su "Madrid bajo el punto de vista médico-social, su policía sanitaria, su climatología, su suelo y sus aguas, sus condiciones sanitarias, su demografía, su morbicidad y su mortalidad"
En su ya clásica obra, Hauser ha acumulado todo género de datos sobre el aire y la insolación de Madrid, datos que con su característica objetividad constituyen un fondo científico de importancia básica.
A principios del siglo llega Madrid el meteorólogo alemán Hergessell para estudiar el extraordinario fenómeno de visibilidad que permanentemente se produce en el aire madrileño y que justifica todas las metáforas.
La diafanidad del aire de Madrid, presente en las apreciaciones literarias, también fue sometida a ponderaciones técnicas como comprobación de lo que anticipadamente los escritores habían elevado a categoría madrileña.
Categoría madrileña es y muy fundamental la conjunción del aire y de la luz que se trasfunden en el carácter de la ciudad y de sus habitantes, en ese estilo que el gran Ramón define así en "Las tres gracias":
"Madrid no tiene apenas nada, pero se ha notado en él siempre cierta importancia en la calidad de su tiempo, de su luz, de su aire y en ese éter de inteligencia que forman y destilan esas tres cosas reunidas".
Bien se puede decir ya que Madrid vive del aire en cuanto que su industria esencial es la cultura y la convivencia; es decir el espíritu, el viento iluminado que transforma la realidad y consigue que aquí ocurra lo que en otro lugar seria inimaginable.
Al margen de la política, el hecho de que el alcalde de Madrid sea un andaluz no tiene traducción porque sólo se puede concebir naturalmente en la capacidad integradora del aire y de la luz que no admite sombrajos.
Este aire y esta luz son, por supuesto, una consecuencia de una naturaleza; pero, a su vez, crean nueva naturaleza urbana cuando la historia, la política, la cultura y la economía aquí coinciden en un mismo proyecto .
Vuelvo a mi ventana. Es la hora de la última luz del día. El sol toca el horizonte y el cielo entra en una tensión de claridades que crecen para apagarse. Guadarrama, impávido, cambia los colores de sus perfiles. Es la fiesta mayor de la luz con el cristal del aire. En esos momentos, antes de que las iluminaciones impongan su artificio, es cuando se entiende Madrid , cuando Madrid nos salva.
NUEVO LIBRO
El libro "José Antonio" (Cara y Cruz), de Aguinaga y Payne será presentado por el ex ministro Fernando Suárez el viernes, 14 de marzo, a las ocho de tarde, en la Gran Peña (Salón Azul).
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