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Época II - Año XIV
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  Firmas Invitadas - Edición Nº 442
Semana del 18/08/2010
Fiesta Nacional
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Ricardo Navas-Ruiz
S E cuenta un chiste en Estados Unidos, - quizá también aquí, -, que no deja de tener miga para ilustrar cómo se percibe lo español por aquellas tierras. Estaba Dios en el cielo tratando de dormir la siesta y no podía porque unos cientos de españoles, - ellos siempre tan gritones, bullangueros, amigos del ruido y de la música- , andaban cerca molestando. Llamó a san Pedro y le pidió que les hiciera callar. Súplicas, amenazas. Nada. Al fin se le ocurrió al santo portero una idea genial. Abrió las puertas del cielo de par en par, se llevó el altavoz a la boca y gritó: “A los toros.” Los españoles se precipitaron en manada al abismo y el cielo quedó en silencio. Dios roncaba con una gran sonrisa.

No hace todavía tanto tiempo cuando, al llegar un español a un país extranjero, lo identificaban con las corridas de toros, las castañuelas y el flamenco, la llamada España cañí o de pandereta. Más de una vez, al comienzo de mis clases, tuve que aclarar: ni toco la guitarra, ni sé nada del cante y a los toros sólo los he visto pastando en el campo. No faltaba a veces la atrevidilla, siempre chica, que respondía con una sonrisilla: “¡Qué aburrido debe de ser usted, señor profesor! ¡No parece español.” ¡No parece español! La coletilla se me quedaba clavada como una banderilla en el corazón y me obligaba a reflexionar por qué para ser español tenía uno que asumir ese cliché con el cual no sólo nunca jamás había comulgado sino que me parecía humillante.

Costaba bastante esfuerzo convencer a mis oyentes de que, al estudiar la historia, el arte, la literatura de España, lo más probable sería que sólo ocasionalmente se encontrasen con toros, mucho menos con corridas, toreros, castañuelas y bailes andaluces. Mal se habrían de topar con ello en las páginas épicas del Cid, en los sentidos lamentos de Garcilaso de la Vega, el aliento místico de San Juan, el ponderado clasicismo de fray Luis, la divertidas aventuras de don Quijote, las graves reflexiones de “La vida es sueño,” la visión amarga de Larra, las enamoradas rimas de Bécquer, las lanzas victoriosas de Velázquez, los anhelos divinos de El Greco o la sobriedad imponente de El Escorial. Pues, no me lo tomen a burla o mala fe mía, ni aun así se lo creían. ¡Tan fuertes son los clichés!

Y es que, sin duda alguna, esa otra España, la de toros y pandereta, no deja de tener el fulgor deslumbrante del color y el movimiento, de la pasión y la muerte, de la copla y los amoríos. Bien lo vio el que la inventó o al menos la configuró en una metáfora impecable, Próspero Merimée, el creador de “Carmen” [1845]: militares, toreros, cigarreras, bandidos, cante, baile, pasión, asesinato. Porque esa España, en efecto, no existía antes del siglo XIX, antes del romanticismo. Estaban, eso sí, sus componentes aquí y allí, pero sin constituir nada homogéneo que pudiera considerarse representativo de una conciencia popular. Ahí cabían por ejemplo las famosas cuanto estúpidas quintillas de Nicolás Fernández de Moratín, “Fiesta de toros en Madrid,” donde el Cid aparece en el coso árabe como valiente alanceador. Fueron los románticos extranjeros, los Byron, los Gautier, los Mussett, los que imaginaron “esa renombrada tierra romántica”, llena de castillos góticos, inquisidores, matadores, apasionadas hembras, corridas de toros. A la mayoría de los españoles como que todo eso les caía frío en un principio y hasta muchos hablaban de la falsedad de esa imagen, aunque terminaron por asumirla al avanzar el siglo.

No voy a internarme en un análisis sociológico de por qué ocurrió este fenómeno que revelaría aspectos muy interesantes de nuestra historia. Simplemente basta aceptar que ocurrió y que todavía nos acompaña. Es otro el hecho que me preocupa ahora, puesto de relieve en estos días por la decisión del parlamento catalán de suprimir las corridas de toros. No me refiero a la legitimidad de la supresión ni a la moralidad del contenido, que son otra cuestión. Es otra cosa. He aquí que cuando nos íbamos acostumbrando a una España seria asociada con la modernidad, la investigación, la tecnología, el AVE y hasta con antes desconocidos triunfos deportivos, resucitan algunos el problema de la españolidad de la otra y quieren identificar las corridas con el ser de España bajo el nombre de fiesta nacional. Eso no ocurre en Francia, sino aquí, en Madrid, en el mismo corazón de la España imperial. O le gustan a usted los toros o no es español, vienen a decir. Basta abrir algunos periódicos madrileños para encontrar titulares como éstos: estocada final a la fiesta nacional, Cataluña se distancia de España y lo español prohibiendo las corridas de toros, otro paso de Cataluña hacia la independencia, la fiesta nacional se muere, la prohibición no es por los toros sino contra España, hay que salvar la fiesta nacional declarándola patrimonio histórico. No falta quien seriamente sentencia: sin la fiesta nacional no se puede entender la cultura de España. Cierto que hay quienes piden calma, aconsejan no llamar fiesta nacional a lo que no lo es, y creen que esa prohibición no va a romper nada.

¿Qué tienen que ver las corridas u otros espectáculos taurinos con ser o no ser español? Inevitablemente se impone la sensación larriana de que en España no cambia nada, que la pesadilla del eterno retorno, del paso adelante y dos atrás, nos persigue implacablemente. Surge ante nosotros la figura del defenestrado Esquilache, el que quiso abolir capas y sombreros de peligroso corte en el siglo XVIII, frente a los españolísimos castellanos viejos. Otra vez asume un bando la bandera de la españolidad para acusar al otro de antiespañolismo. Otra vez se alza el espectro de lo que unos creen España contra lo que para ellos no es España. No es la división de aficionados y no aficionados, de amigos y enemigos, es la españolidad contra la antiespañolidad, es comulgar con la nación o declararse hereje, es la guerra incivil, que de la que llaman civil mejor ni acordarse.

¿Y todo por una corrida de toros? Nada mejor que poner cierta distancia para obviar el dramatismo, tranquilizarse y encontrar respuestas, y nada mejor que hacerlo en este día de un caluroso verano a la sombra de un árbol frondoso junto a un río. Fluye el agua, fluye la historia, serenas, silenciosas, lentas. Y arriba un cielo azul intenso ilumina la tierra abrasada. En deliciosa duermevela imagino en tan idílico contexto que se me acerca un extra terrestre y entabla una conversación sobre el tema. Mejor así, alguien ajeno al asunto que no va caer en necios acaloramientos. Empieza preguntándome asombrado por qué los españoles llaman a las corridas de toros fiesta nacional. Le restrinjo el supuesto: no los españoles, sino unos cuantos, cada vez menos, que la mayoría no pierde el sueño por ello.

Continúa un tanto filósofo: - ¿qué es una fiesta nacional? Se supone que una fiesta en la que una nación celebra una efemérides importante. La lógica impone que la tal fiesta sea la fiesta por excelencia de un país, la que conmemora un hecho magno de un pueblo en la que todos se sienten actantes y partícipes. El 4 de julio recuerdan los estadounidenses su independencia que dio origen a su existencia; el 14 de julio los franceses, la Bastilla, el día de la libertad. ¿Y los españoles? Antes, -ahora ya nadie sabe nada de confusos que estáis,- el 12 de octubre honraban el trascendental acontecimiento del Descubrimiento de América y el 2 de mayo el comienzo de la guerra contra los franceses que les garantizó la supervivencia como nación. He dicho nación. ¡Palabra delenda!

- Bueno, bueno, ¿y?, me aventuro a interrumpirle para que no se ponga pesado. - Pues, y nada, me dice un poco amoscado, ya me contarás qué tiene que ver una corrida de toros con la esencialidad o nacionalidad española o con un fausto importante del país, como no sean las preciosas canciones de Sara Montiel que, por cierto, me fascinan, o su mantón de Manila ondeando al aire en algunas películas. - Calla un instante, se ec
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