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ARA los que crecimos en España bajo la dictadura franquista, -para algunos por lo menos -, democracia era poder no ir a misa los domingos, hojear revistas porno importadas clandestinamente por algún amigo, permitirse algún día de mal humor gritar “muera el presidente.” Pavadas, que dicen los argentinos. Ideas estúpidas de adolescentes inmaduros. Pero eso era lo que se podía hacer en Francia, o así iba el cuento. No, la democracia no era eso, pero se le acercaba por todo lo que había en estas tonterías de afirmación de libertad y desafío del poder, al fin y al cabo elegido por el pueblo.
El concepto se fue aclarando por diversos caminos. Los enemigos la criticaban por la inoperancia de los parlamentos donde unos individuos cobraban sueldos más que altos para debatir problemas que nunca resolvían. También hablaban del poder controlado por las oligarquías financieras y de la emergencia de las masas imponiendo en todo ignorancia y mediocridad. Imagen distinta surgía de lecturas y conversaciones muchas veces clandestinas. Desde los textos clásicos de Locke, Rousseau, Tocqueville, hasta los más modernos, devorábamos cuanto se ponía al alcance mientras charlábamos con nuestros maestros de historia y de literatura sobre el tema en el pasado. Nada nuevo, por supuesto, para los educados en la democracia; deslumbrante para los otros.
¡Qué descubrimiento, la democracia! Votar a nuestros representantes; discutir en voz alta, en la calle, en la prensa, los asuntos más acuciantes, los problemas más nimios, todos, absolutamente todos, sin censura; saberse depositario de derechos ciudadanos, igualdad ante la ley, libertad de expresión y movimiento, acceso al trabajo sin apoyos de una cuña, no ir a la cárcel sin debido proceso, tantas, tantas cosas que garantizan la dignidad personal y el respeto al mérito. No es extraño que el uruguayo José Enrique Rodó escribiera estas palabras con entusiasmo en “Ariel” [1900]: “El espíritu de la democracia es esencialmente para nuestra civilización un principio de vida contra el cual sería inútil rebelarse….La democracia y la ciencia son los dos insustituibles soportes sobre los que nuestra civilización descansa.”
No creo que haya nadie que no las suscriba, -por lo menos en nuestro entorno -, porque la democracia es el sistema de convivencia social más alto inventado hasta hoy por la inteligencia del hombre. No creo que haya nadie que no las suscriba aun a sabiendas de sus imperfecciones, de sus fallos, de sus adulteraciones. La democracia, como praxis, ha sido en efecto traicionada innumerables veces, nadie lo ignora. Ello era de esperar porque, si se admite el dónde irá el buey que no are, debe admitirse también dónde habrá seres humanos que no broten pillos, listillos, aprovechados, manipuladores, y aun malvados, que lo manejen o traten de manejar todo en su provecho. Bien decía un buen conocedor que los sistemas dependen para su funcionamiento de la calidad de sus servidores más que del mérito mismo de las ideas.
Pocos habrá en estos andurriales que llamamos mundo que no hayan vivido en carne propia o ajena las traiciones cotidianas a la democracia. Nuestras instituciones son, en mayor o menor grado según los países, escasamente democráticas por más que lo parezcan. El “not what you know, but whom you know” es infelizmente verdad bastante extendida. ¿Mencionaremos el dedazo, el puesto que se lleva el hijo o el amigo por encima del que lo merece, el trato de favor, el jefe prepotente que tiene a su secretaria subiendo y bajando escaleras a base de gritos, el equipo mafioso e impenenetrable que controla la empresa o el departamento, la decisión arreglada en una sobremesa o por teléfono que se lleva luego hipócritamente a votación pública, las presiones y amenazas para doblegar posturas, los votos apañados? ¿Para qué seguir la letanía?
Pueden parecer intranscendentes o nimias estas traiciones cotidianas. Pero no lo son. De un lado suponen el desprecio más absoluto de los principios democráticos mismos y de la dignidad personal. De otro acarrean muchas veces consecuencias nefastas para los afectados y para el buen funcionamiento de las instituciones. Muchas veces hemos visto condenados al silencio y al ostracismo a quienes se atrevieron a disentir de su jefe o de una opinión. ¿Habrá que empezar a colgar carteles advirtiendo que “es peligroso hablar en una democracia”? Muchas veces hemos visto aplicado el doble rasero al mismo delito, siguiendo aquello de “a los enemigos la justicia, a los amigos el favor.” Lo peor de todo es que se ha terminando por aceptar como normales e inevitables tales aberraciones de la convivencia y por trasladar a niveles más altos tales comportamientos.
Estas traiciones, no obstante, palidecen en relación con otras de magnitud incomparablemente mayor, históricas y actuales. ¿Qué hubieran dicho, si hubieran tenido voz, los esclavos que sustentaban la democracia ateniense, tan ejemplar y fecunda en logros? Nadie ignora a estas alturas que nuestras democracias occidentales nacieron apoyadas en el capitalismo más salvaje, la explotación implacable del obrero y el colonialismo más devastador. ¡Qué ironía! Algunos escritores, sobre todo anglos, hasta se atrevieron a exaltar como hazañas épicas episodios sangrientos de la subyugación de otros pueblos. El cine todavía lo hace retrospectivamente. Menos mal que a los obreros los tenían más cerca y no pudieron menos de denunciar su miserable condición en manifiestos y novelas.
EL DESENGAÑO
CREíAMOS, - ¡pobres ingenuos! -, que tras las huelgas y represiones sangrientas de los dos pasados siglos, tras los experimentos del socialismo y del fascismo con su hecatombe de vidas humanas, tras descolonización que acabó con los imperios europeos, tras la caída del comunismo en Rusia, la asendereada democracia se había finalmente librado de sus pecados originales, se había purificado, inauguraba un ciclo de paz, de convivencia, de realización de sus mejores ideales de libertad, igualdad, fraternidad y paz, al menos en una parte del mundo. ¡Qué desengaño, querido lector, qué desengaño!
Malos tiempos corren para nuestras democracias. Las crisis del último decenio han puesto al descubierto su fragilidad. La presente, la de la guerra de Iraq, las ha llevado al borde del abismo. No conviene, sin embargo, ser apocalíptico porque de todo ello ha de salir más limpia, si no la praxis, la idea de lo que entendemos por democracia. Mejor, mucho mejor que en el pasado, por habérsenos puesto justo en el filo de la navaja, se nos ha dado la oportunidad de entender quién la vende, quién la desprecia, quién está dispuesto a prescindir de ella si le molesta para sus fines, quién la invoca en vano o con falsedad. Mejor que nunca hemos entendido que la superioridad de una doctrina se aquilata por la altura moral de sus principios, por la fidelidad a los mismos, por su aplicación universal y sin excepciones, no por su imposición con métodos impropios y discriminatorios, mentiras, decepciones, o violencia.
El Gobierno de los Estados Unidos se viene comportando en la crisis de Iraq, - artificialmente creada por él mismo sabrá él con qué propósitos -, como el tirano que dice querer eliminar para la salvación del mundo. Sadam Husein no es ciertamente un santo. Seguramente merece por sus pasados crímenes comparecer ante el recién creado Tribunal Penal Internacional, - por cierto no reconocido comprensiblemente por Estados Unidos –. Pero la supuesta destrucción de su régimen no justifica bajo ningún pretexto, mucho menos por las estupideces que el Gobierno de Estados Unidos quiere hacer pasar como razones, machacar un país asesinando a miles de sus ciudadanos en una masacre sangrienta que quiere justificar como guerra necesaria. Hay otros medios. Nadie puede tampoco recurrir a los procedimientos groseros y brutales a los que ha recurrido el Gobierno de los Estados Unidos para obligar a los que no concuerdan con él a aprobar sus accio
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