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STÁN como locos: ¡Aznar se cae!, ¡El PP se rompe! ¡Los “populares” han perdido la calle!, ¡El “prepotente ensoberbecido”, está pensando en dimitir!... Es una lástima que la nueva izquierda haya regresado a los viejos cuarteles del resentimiento y de los sueños de opio. Y es lastimoso porque habíamos llegado a creer, con ilusión y alegría, que la izquierdona arcaica y rencorosa de siempre, estaba a punto de transformarse en una izquierda moderna, sin complejos de discriminación ni de marginación, esos complejos que antes les obligaba a mantener la imagen de obrero perseguido, en mangas de camisa o con ropas aparentemente raídas. Una izquierda de hoy con militantes aseados y decentemente vestidos, que supieran usar y se sintieran a gusto tanto con ropa informal como con atuendos de ejecutivos tecnócratas. En fin, una izquierda a la conquista de la socialdemocracia y del centro que les habían arrebatado los “pepes”.
Pero, ¡qué va! Dejaron en el armario la chaqueta de pana, o las camisas de faena Se colocaron sus trajes de ejecutivos, pero sus cabezas siguieron amuebladas con las mismas arcaicas ideas y sus viejas argucias a las que se le ve la oreja.
Y si hasta ahora me he referido a la izquierda española, las demás no se diferencian un milímetro, salvo excepciones de algunas de larga tradición zurda.
Las calles del mundo se han llenado de voces que claman “no a la guerra”. Es un grito que nunca fue tan unánime. Yo también pienso igual. Miles y miles de personas piensan igual que yo. Pero ¿quién nos aglutina a los que somos antibelicistas? ¿Nos congregamos espontáneamente?
Las respuestas a esas preguntas son fáciles y evidentes. Se les quiere hacer aparecer como movimientos espontáneos de “pacifistas”. Tan espontáneos que, en las manifestaciones del día 20 de marzo, en todos los países, se exhibieron las mismas pancartas llamando a Bush genocida. ¡Qué casualidad! ¡Qué coincidencia, no ya de opinión sino hasta de calificativos!
Está claro como el agua (bueno, como el agua no, porque en estos tiempos el tema del agua es un poco oscuro), pero está bien claro que es un movimiento organizado contra el imperialismo, el gran enemigo de la izquierda, motivación a la que en España se le une el deseo del mayor partido de la oposición, de reconquistar, en las próximas elecciones, el poder perdido. También a la estrategia de otros partidos, siempre incordiantes, pero que no cuentan.
Pero ¿por qué los “pacifistas” sólo unen el “no a la guerra” al rechazo de Bush, Blair y Aznar? ¿Es que la guerra es cosa de una parte?... Dice un viejo refrán que dos no pelean si uno no quiere. Aquí, en esta guerra de Iraq, pareciera que los dos quisieron pelear, y que Saddan, con independencia de su condenable historial, es tan culpable de la guerra como Bush. ¡Ah!, pero en las manifestaciones pareciera que Hussein no existe.
Es el milagro del engrase “petrolífero” de Saddan: sus dineros profusamente repartidos entre las organizaciones de izquierdas del mundo. Debe ser esa la causa por la que nadie “ha parado bola” en la situación en la que el Presidente iraquí ha colocado a su pueblo.
Un pueblo, diezmado por la huida del horror, escondido en refugios rudimentarios y defendido por un ejército reducido a su mínima expresión, secundado por civiles, equipados con anticuadas armas, convencionales, y protegidos por barricadas de sacos terreros, como en la Primera. Guerra Mundial.
Y Saddan ha abandonado a su pueblo “a su valiente pueblo”, como le llamó al iniciarse la agresión, después de escudarse en él, frente a los ejércitos más poderosos del mundo, con equipos sofisticados y armas de última generación. Es como poner a un niño con un tirachinas a defenderse de un pistolero con un bazooka.
Cuando los proyectiles inteligentes alcancen sus objetivos en Bagdad, no van a pedir el documento de identidad, ni a combatientes, ni a civiles, ni a mujeres, ancianos o niños, que se encuentren por allí. Saddan los habrá aniquilado a todos, sin distinguir entre culpables o inocentes, condenándolos a muerte, pero los “pacifistas” protestarán contra Bush, Blair y Aznar.
Mi tío el del pueblo, que usaba pantalones de pana, pero no sabía distinguir entre la izquierda y la derecha, decía que todos los políticos eran iguales porque sólo estaban movidos por intereses personales o de sus partidos, mientras un hombre de Estado sí se distinguía porque es el que sirve a los intereses generales de su pueblo.
Y uno se pregunta si los ciudadanos de a pie somos capaces de hacer esa distinción, como mi tío. Si observamos las manifestaciones se diría parece que no. No cabe duda de que los destinos de Iraq no han estado regidos por un hombre de Estado. Por eso, ahora, en las calles de Bagdad se van a escenificar historias que en ningún caso recordarán a los cuentos de las Mil y una noches.
Pero cuando el moderno ladrón de Bagdad, también protagonista, (como el del pasado), de muchos metros de película en technicolor, haya desaparecido, o se haya escabullido, y las calles queden llenas de cadáveres, los “pacifistas” deben atribuir las culpan por igual a Saddan Hussein y a Bush, sin que olviden, eso sí, que, efectivamente, el “nuevo orden imperial”, que parece se está imponiendo, necesita que de alguna forma se equilibre, para que en el futuro sigamos siendo ciudadanos “en libertad” en un mundo libre, y en esa tarea los “pacifistas” pueden ser útiles..
Todo ello, sin perjuicio de que Zapatero y su colega Llamazares, sigan dándole caña a Aznar, a quien parece que eso le divierte, y que, sin tener en cuenta sus intereses ni los de su partido, hay que creer que está procediendo de la forma que estima sirve a su país. Si no fuera así, no habría manera de entender su conducta.
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